miércoles, 8 de junio de 2016

200 y más






No sentía nada y sin embargo no dejaba de sentir. El corazón roto en mil pedazos le devolvía esos recuerdos de antaño que dicen, solo vuelven, cuando envejeces. Hacía ya un tiempo que recordaba vivencias olvidadas, retazos de una vida que ya no era suya y sin embargo, un día le perteneció. Era inútil perderse en esa bruma, pero dolía, dolía muchísimo, cuando no podía despojarse de una frase, de un olor, de una risa, o de una caricia, ya inexistentes.
No sabía cómo hacer frente a tanta tristeza, a tanto cambio en su vida, a tanta responsabilidad y constatación de su inminente entrada en la tercera edad. ¿Cómo seguir adelante, cuando sabes que ya estás tan cerca del final? pero lo que más la atormentaba de todo, era la vida que vislumbraba que le esperaba junto a él.
Todo había cambiado, cuando la miraba, ella ya no notaba su mirada, no como en aquel principio donde hubo realización y absoluta certeza. Cuando la abrazaba, tan pobremente, ella se arropaba mentalmente para olvidar su frialdad. Reconocía los signos. Y la evidencia, enmascarada en cotidianidad, no engañaba a nadie.
Puntos indefinidos en un horizonte no tan lejano.
Ahora recordaba escenas de cariño con sus seres queridos, esos que ya no estaban, recordaba una frase dicha con gracia, al salir de clase, recordaba una excursión que jamás creyó haber hecho, recordaba una cena con amigos que nunca volvería a ver. Recordaba tantas cosas… pero lo inaguantable, realmente, era recordar aquellas frases que ella ya había olvidado, por el bien común, después de alguna desagradable pelea y que ahora volvían para demostrarle que el olvido es un espejismo.
No sabía cómo expresarle todo lo que en su mente se consumía, tampoco habría podido hacerse escuchar. Sabía que ya no había interés o misterio en ella, que a él pudiese interesarle.
Leía sin cesar novelas para perderse en ellas, era lo único que podía abstraerla de su realidad, aunque hubiese dado la vida, esa vida que ya estaba llegando a su fin, por volver a sentir ese juramento que le hizo hacía ya mucho tiempo, de que siempre la amaría como el primer día.

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Es otoño, me gusta esta estación del año. Me sienta bien. Y me hace sentir serenamente nostálgica. Hoy me he decidido a releer escritos que hacía muchísimos años que no revisaba, y entre ellos he encontrado este. Es un poco simplón y lleno de estúpidas lamentaciones. Imagino que en su momento, o lo inventé o lo viví. No recuerdo a cual de mis maridos iría dirigido si hubiese sido real, aunque no importa. Tanta ñoñería haría vomitar a quien lo hubiese leído en su momento, imagino que por eso no lo publiqué en aquel blog que tenía por aquel entonces. A mis setenta y dos años, la vida se ve de otro color y es tan corta, que solo tienes ganas de disfrutar intensamente de los pequeños placeres. Ojalá viviera doscientos años, y poder seguir sonriendo como ahora.


Doscientos. Doscientos escritos publicados.

Gracias, mis niños, mis adorados destellos de fantasía. Vosotros nunca me abandonéis, por favor, o moriría.

viernes, 3 de junio de 2016

Ognuno di noi




Sentado ahí como una estatua, como si fuera una más de las que había a mi alrededor y que añadían más hipócrita tristeza al entorno silencioso y claustrofóbico al que me habían llevado, casi sin ser consciente de ello, me di cuenta de lo complicado que es dar una imagen exacta de ti mismo, o de cómo nos ven los demás a través de sus percepciones.  
Mucho más tarde pude discernir a mis anchas esta verdad.

La primera en sorprenderme fue tu amiga de la Universidad. Cuando subió a la plataforma creada para esa ocasión, sencilla y recatada, como debía ser para ese evento, empecé a interesarme por sus palabras y poco a poco a salir de mi ensimismamiento.
Tu amiga, te describió con un sinfín de adjetivos calificativos, fruto de su imaginación o elegidos para la ocasión. Yo solo recordaba a tu amiga, por tus comentarios sobre ella considerablemente despectivos.

Alguien se me acercó y posó su mano en mi hombro para decirme “no somos nada”. En pleno proceso de abstracción como estaba, lo único que pude pensar fue “somos algo, pero no aquello que piensan los demás que somos”. Esta fue la segunda filosofada que me llegó y se posó sin contemplaciones.

El segundo personaje que subió a explicar lo injusta que es la vida, que nos hace tener que soportar tan terrible pérdida y sobrevivir a ella, fue alguien que yo no conocía para nada, pero por lo visto, tú sí. Y así, de nuevo, pudo más mi curiosidad y me despejé todo lo que pude para poder seguir su relato. Otra vez, alguien te describía como yo jamás te había visto ni percibido.

Empecé a sentirme terriblemente aquejado de una incipiente jaqueca que me hacía sentir más vulnerable ante toda esta parafernalia. Y empeoraba mucho más la apreciación que tenían los demás de mí, porque de nuevo sentí como alguien me cogía la mano y me la apretaba fuerte ante mi cadavérico aspecto (es agotador mantener el tipo tanto tiempo).

Después de más descripciones sobre ti, que dejaron de interesarme porque seguían sin cernirse a tu verdadera personalidad y de unas palabras de culto, dictadas por un pequeño y absurdo hombre cubierto de estandartes de su fe, me sacaron de allí otros brazos, para depositarme, al cabo de un tramo pedregoso y no muy prolongado, en un campo lleno de cruces, lápidas y demás parafernalias aberrantes, mientras empezaba a caer la tarde.

Cuando por fin acabó todo, pude, gracias a mi dolor desgarrador y comprensión de la gente, quedarme solo en casa finalmente y tomándome un buen bourbon a oscuras, reflexionar sobre ese día… y sobre otras cuestiones, que por fin podía expresar en silencio y solo para mí.

Tu muerte no me afectó. Hacía tiempo que debería haber tomado la decisión de dejarte, pero era prisionero de tu historia. Reconozco que me intrigaba ver como saldrías de tanta perversidad sin ser dañada y que no podía dejar de complacerme ser un testigo oculto y privilegiado junto a ti.
El destino quiso que un conductor despistado acabara con el problema. Mala suerte para él, pobrecillo.

Nunca pensé que tu final fuera tan vulgar, ni tan repentino. Esperaba mucha más grandeza, creo que la merecerías. Un gran Mal, habría merecido un fin más apoteósico.

Lo más destacado de todo fue, que me olvidé de ti en el mismo instante en que me dieron la noticia y seguí leyendo el periódico, acabándome el café antes de que se enfriara, con total tranquilidad.

Pero lo que más de desconcertó, después de ver la reacción de la gente y de esas bellas palabras en tu funeral, parte de las cuales no pude ni quise escuchar, fue que nadie supiera como eras realmente. No se puede hablar mal de un muerto, como dicen los chinos, eso no está bien, así que no voy a perder el tiempo enumerando tus engaños, estafas y perversidades.

Dejemos que aquellos que creían conocerte, sigan pensando que eras como ellos te veían, dejemos que también piensen que tu perdida me ha vuelto loco de dolor. 
Dejemos que todos nos vean como quieren vernos… ¿Quiénes somos realmente ante los demás? Cada uno de nosotros damos tantas imágenes como queremos dar, pero aun así, seguimos siendo pasto de la percepción de los demás.


Tomándome un buen bourbon a oscuras, seguía enfrascado en cuestiones que por fin podía expresar en silencio y solo para mí.

martes, 17 de mayo de 2016

Chacal






La notas. 
Notas mi debilidad. 
Notas esa sensibilidad que en días de luna llena, me hace ser un ser indefenso. 
Será tu instinto depredador y carroñero. 
Oculto mis lágrimas, entre sábanas, almohadas o rincones que casi tengo que crear allá por donde paso, porque estas estúpidas gotas de sal amarga, solo sirven para mitigar mi ira y dolor. Y mi impotencia. 
Y solo harían que empeorar mi situación. 
Y mejorar la tuya.

Siento como mi sensibilidad me asfixia y paraliza, y tú, te alejas de mí, pero solo para preparar el ataque final. 
Una, dos o tres frases con palabras hirientes, mirada feroz, saliva espesa, tensión de músculos y tu cena está servida.

Algún día lograrás tu cometido final y no podrás escupirme de tus fauces antes de devorarme. 
Y yo descasaré por fin, sin vida y arropada por mi sangre, pero en paz y fuera de tu ferocidad para siempre.


No puedes evitarlo, lo llevas en la sangre. 

jueves, 5 de mayo de 2016

Secreto





Lo escondió bajo la tierra fértil del jardín, ese mismo jardín que en otro tiempo había creído que le había hablado entre susurros y que tantos secretos había ocultado. Y ahora tenía que volver a celar, siendo el guardián y el protagonista, de un secreto más. Uno más.  

domingo, 7 de febrero de 2016

Un instante






Me perdí. Estaba en una calle oscura y sin indicaciones, sin gente y sin tráfico de vehículos. Pasé de un temor a otro, cuando en mi nuevo y desconocido itinerario, encontré árboles y más oscuridad. Y allí, olvidé hacia donde me dirigía, cuando fui testigo de una escena extrañísima.

Un luz cegadora me mostró a un hombre, un hombre vestido de blanco pero sucio hasta las cejas de barro. Rápidamente y con un frenesí enfermizo, cogió tierra mojada, la convirtió entre sus manos en barro y creó a un animal. Un perro precioso, peludo y grande que me miró con ojos marrones y bellísimos y que en cuanto reconoció en mí la admiración ante tan extraña escena y extraña belleza, dejó caer una lágrima… y en ese instante, se petrificó. 
Lloré ante esa muerte inesperada, lloré al ver a su creador sollozando de desolación mientras miraba sus manos y me acerqué a esa obra de arte y de efímera vida y al tocarla, se desintegró.
El hombre, antes de desaparecer, desintegrándose también, ante mis ojos, me dijo: Es a lo único que puedo aspirar. Solo puedo crear una obra por noche y en cuanto alguien la ve, desaparece… como desaparezco yo, en cuanto  ya la he creado.

Me desperté con una sensación tan extraña, que decidí escribir este sueño. A veces, no se necesita inventar nada, si un sueño, te ofrece una historia que no puedes dejar de recordar.

lunes, 4 de enero de 2016

Inversión





Me acomodo en mi sofá, abro mi regalo con ilusión, y me pierdo gratamente entre las páginas de esta joya titulada “la escritura-memoria de la humanidad”… no sé cuánto tiempo ha pasado cuando de repente, un murmullo extraño, hace que emerja de sus grabados y recovecos históricos: ¡Estoy en una terminal de aeropuerto, de una ciudad y en un momento, en el cual yo no debería estar!
El pánico me paraliza. Sé que estoy soñando. Debo estar soñando. No encuentro una explicación más coherente y si la hay, mi cerebro no la asimilaría.

Normalmente, era siempre a la inversa: yo viajaba constantemente y en todas esas horas de espera, me imaginaba ser la protagonista de un millón de historias. Era fascinante como pasaba el tiempo y como más de una vez, perdía el vuelo porque mi historia ficticia me atrapaba de tal modo que no podía desengancharme. Si el término soñadora, tuviera algún matiz menos despectivo en esta sociedad, me lo habría tatuado en la frente, por la de satisfacciones que recibía a través de esos momentos.
Pero, lo más impactante era que, el ochenta por ciento de las historias que inventaba para mí, al cabo de un tiempo, se plasmaban en una realidad que, cuando la volvía a vivir, me hacían creer que era un ser con poderes mágicos que podía lograr todo aquello que desease. Fascinante.

Pero ¿qué hago aquí? Hay un sinfín de etnias, pero por los caracteres que veo en todas partes y el mayor número de una de ellas, diría sin dudarlo, que estoy en Japón.
Al fondo, bajo un neón con letras de Coca-Cola, leo: enero, 7 enero 2026.
Un sudor frío está envolviéndome y cambiando mi temperatura.
No entiendo nada, aunque extrañamente, lo entiendo todo. Puedo entender cualquier idioma, leer cualquier rótulo e incluso casi, casi, leer las mentes de quien me lo proponga, si el miedo no me paralizara.

Me siento porque no puedo más, creo que voy a desmayarme. De repente, alguien se sienta encima-dentro-a través de mí y grito. Grito como jamás he hecho en mi vida. Grito, como si fuera mi último y definitivo Grito.
Y entonces, cuando logro calmarme, entiendo que nadie me ha oído, que nadie me ve… soy etérea y me pregunto si estoy muerta. ¡¿Muerta?!

Yo estaba leyendo en el sofá de mi casa, un siete de enero de 2016, un libro recién regalado y tan ricamente…

¿Qué está sucediendo?



Continuará… 

viernes, 18 de diciembre de 2015

Feliz Navidad



Seguir sonriendo y volver a ser niña... seguir soñando... ¡Te tengo, Vida!

martes, 13 de octubre de 2015

AUTUMNUS



Un momento de pausa. Escuchar atentamente o simplemente, fijarnos en pequeños detalles, en un gesto, una mirada. Un momento mágico donde se descubre mucho más allá de las apariencias y se constata con sorpresa que no todo es como creemos...

Nunca creí que perdería mi libertad tan salvajemente, nunca creí que sentiría con la intensidad de ahora, pero así ha sido y si alguien me preguntara como he llegado a esto, no podría más que decir: el amor me obligó a ello. Lo demás no importa, siempre y cuando mi sonrisa sea autentica, mi estado de ánimo sea el adecuado y sobre todo, siempre, cuando me refugie  entre mis sábanas al llegar la noche, sienta paz y crea que ha sido la elección adecuada. La libertad, ahora, en estos momentos de mi vida, se compone de la felicidad desconocida que supone dejar de ser libre, aunque elegido libremente. Y cuando me lo está explicando su mirada no pierde un ápice de brillo, bien por ella, que ha renunciado a mucho, para obtener mucho más.

Un café un cigarrillo, me transportan a otro lugar. El otoño adorado, dora mis recuerdos con placer. Y sigo con la narración, un momento de silencio que ofrece palabras casi nunca pronunciadas de profunda sinceridad…

Me comenta que cuando sale al escenario, su imagen es aquella que él quiere ofrecer: melena larga y alborotada, mirada de locura incontenida que acompaña a sus gestos violentos y escabrosos, música ensordecedora y todo aquello y más, que el público presupone que tiene que ofrecer el líder y el grupo heavy más salvaje… no ven, como él sonríe al pensar que tras los focos, hay un arqueólogo de corazón lleno de romanticismo, un hombre educado y culto, amable, sincero, e incluso con un pasado donde la religión estuvo a punto de hacerlo suyo para llevarlo por otros caminos, con otro tipo de atuendo y puesta en escena. La verdad, no me lo imagino en este último escenario y rio con ganas, agradeciendo sus confidencias y rogando mentalmente que me dedique una canción y jamás una oración. 

Me explica azorada, un hecho acontecido hace tan solo unos días, y yo, que sé que tiene un corazón de oro, que es educada y correcta, que perdona cuanto puede y que siempre regala sonrisas sinceras, me hace estar atentísima a sus palabras… en el entierro de su tía, aquella odiosa mujer que durante años intentó destrozar la vida de su madre y la de sus hermanos, y que su madurez ayudó a perdonar, cuando fue a visitarla a su ataúd, para ese último adiós que de nada sirve, surgió de lo más profundo de su ser un “¡bruja!” que la dejó sin aliento, desconcertada y asustada… en algún lugar de su mente, de nada había servido su perdón, sus buenas maneras y sus intentos de que sus pensamientos hacia ella hubiesen sido controlados.  Ganó la verdad. Y yo aplaudo sin remedio, mientras ella me mira consternada.

Soy su vecina, y cada día la veo más triste en el rellano. Al final me explica que sufre como nunca en su vida. Nunca había sentido tantas maléficas palabras salir de una boca y lo que es peor, todo lo acompaña con eructos, ventosidades y miradas a todas partes, menos a ella… que no puede más, que necesita buen rollo, y que cuando lo mire, no tener esa sensación de que se equivocó en su elección. Quiere devolverlo, pero la fecha de caducidad ha caducado. Cree que en Navidad tendrá un regalo nuevo. No sé cómo explicarle que por mucho que un juguete de garantías, cada día los hacen más sofisticados y complicados. Con seis años y un robot graciosillo no debe ser nada fácil seguir con tu infancia como si nada.

Historias simples y llanas, que aunque cueste creer, dicen mucho más de lo que parece… 

sábado, 5 de septiembre de 2015

Leyendas sin pasión




Verano, era un clasista y un tirano.
Primavera, era un sensiblero, afeminado y un soñador.
Otoño, era un nostálgico empedernido.
E Invierno, un egocéntrico cascarrabias.
Hace muchísimo tiempo,  se implantaron unas pautas climáticas que tras muchas luchas, ganaron estos cuatro. Se dividieron el  planeta. Aunque Invierno y Verano, en la batalla inicial, consiguieron más terreno para ellos… los cuatro se avinieron a la perfección… aunque entre ellos subsistía alguna que otra rivalidad oculta.

Verano, ya desde un principio, demostró que lo suyo era hacer sufrir a unos pocos. Demostraba un clasismo y una tiranía, a veces, completamente insoportable. Según de que medios contases, se hacía adorar u odiar con la misma intensidad. Pero ahí estaba siempre, para recordar a quien osara dudar de su amistad con el astro rey.

Primavera, era una dulzura. Todo le parecía bien. Los colores impregnaban su momento. A todo daba un sentido, un halo de belleza, de romanticismo… era tanto su empeño, que había empezado a sobrepasarse un poco creando incipientes alergias, pero a él le tenía sin cuidado, lo importante era demostrar que él era el mejor, el que mejor vestía al mundo y el que mejor lo dibujaba. Sí, era un poco sensiblero, pero casi todos lo admiraban.

Otoño, sin embargo, lo empapaba todo de nostalgia, de colores ocres y marrones, de suave y fría brisa, de hojas caídas que ayudaban a los escritores a encontrar inspiración. Se sentía siempre en perpetua melancolía y se dejaba mimar, con canciones de antaño, guisos caseros y pañuelos en el cuello, que prometían un reencuentro en casa, cálido y especial.

Invierno. Invierno, era terrible cuando se levantaba de mal humor, escupía, bufaba y lloraba continuamente. Era un cascarrabias de cuidado, a la menor provocación, causaba estragos. Tenía un humor tan cambiante, que a veces resultaba temible, aunque extrañamente, casi todo el mundo lo adoraba en un modo u otro.  


Así me lo contaron hace muchos años, cuando era niña y así se siguen narrando estos estados climáticos entre nosotros, aquellos que vivimos en un entorno maravilloso y acogedor de  perfecto hormigón, felices de nuestro entorno antiséptico y monocorde. Todos sabemos que son leyendas absurdas de los mayores, pero algunos, como yo, a veces nos preguntamos, si hay algo de verdad en esas fantasías… ¡Nah!

martes, 25 de agosto de 2015

Cambios




Tanta cebolla, me va a matar. 
Lloro cuando la corto e incluso, solo cuando la miro. 
Debería cambiar esa manía de poner cebolla a todo. Y dejar de llorar.

Voy a cambiarme al ajo, a ver si también cambia mi manera de llorar. 
Mi aliento se resentirá, pero mi mirada dejará de sangrar. 

jueves, 13 de agosto de 2015

Tormenta





Nunca supieron quien empezó, aunque tampoco, algunos de ellos, recuerdan muy bien, como acabó…

Siete amigos, una cala desierta, mucho alcohol y la adrenalina disparada… cuando despertaron entre vómitos comprobaron con terror, que el agua azul estaba teñida de rojo, la arena marrón era un manto blanco y grisáceo y el cielo… el cielo presagiaba tormenta.

Se conocían desde pequeños, eran vecinos y compañeros de juegos. Con casi los mismos intereses y sueños. Educados y con la justa sensibilidad para querer luchar, de mayores, contra las injusticias. Leían los mismos cómics y novelas, y jugaban a los mismos videojuegos. Eran siete amigos orgullosos de su amistad.

Esa noche, jactanciosos por cómo les había ido la vida y exultantes ante sus nuevos destinos, celebraban su partida a diferentes universidades, así que tal vez, durante un tiempo se distanciarían, pero creían poder con ello sin perder un ápice del compañerismo que sentían.

Al alba, los restos de comida, estaba esparcida por doquier, una gaviota se acercó sin sigilo, es más con su estridente graznido avisó a sus compañeras del festín que había encontrado. Y así, por algo tan inocente como la supervivencia de un ave carroñera, se desató la tragedia… no, nunca supieron quién de ellos despertó primero y empezó a tirar la primera botella que impactó rompiéndose en mil pedazos y matando a traición a una de ellas, tampoco supieron nunca que les sucedió, cómo llegaron a despertarse con ese instinto asesino sin control. Las botellas detonaban contra ellas sin tregua, uno de ellos,  para facilitar la labor, blandió el cuchillo con el que horas atrás habían untados inocentes rebanadas de pan y ahora se había convertido en objeto letal, y otros, las remataban retorciéndoles el cuello, allí donde el cuchillo no había logrado penetrar. Sus escasas ropas, sus caras, sus brazos, impregnados de sangre, alguna pluma cubría sus cabezas, el rumor era ensordecedor. Y las gaviotas, no paraban de llegar y ellos no cejaban en su empeño de asesinarlas a todas. O a casi todas. Era una visión dantesca.

La devastación. La violencia. En unos instantes, seres imberbes, educados, agradables y sin un precedente de violencia en sus vidas, se habían convertido en unos vulgares y violentos asesinos. Cayeron desfallecidos y cuando despertaron entre vómitos comprobaron con terror, que el agua azul estaba teñida de rojo, la arena marrón era un manto blanco y grisáceo y el cielo… el cielo presagiaba tormenta.

Lo recuerdo como si fuera ayer, aunque han pasado treinta y cinco años… siempre lo cuento a modo de relato de terror a mis nietos, que se entusiasman con esta narración como si fuera real, si ellos supieran… nunca más volví a ver a mis cuatro amigos. Desaparecimos el uno para el otro, después de aquella demostración de instintos desconocidos e impensables en nosotros.
Estudié la carrera de psiquiatría intentando averiguar que empuja a un ser humano a perderse en la violencia en el momento más inocente e inesperado, la respuesta está en mí desde entonces y ahora.
Nunca pude dejar de matar desde ese maravilloso crepúsculo. Llevaré mi secreto a la tumba, mi idílica familia nunca sabrá, mi entorno, mis  nuevos amigos, seguirán respetándome y mi nombre quedará inmaculado y recordado, generación tras generación. Aunque antes de que este final llegue, tengo cuatro ciudades que visitar… en ellas moran aquellos que saben la verdad.

Presagiaba tormenta… me quedé solo con los dos más valientes, con los que pude aunar fuerzas para limpiar un poco esa masacre. La cabeza me daba vueltas. Mis manos manchadas de sangre me estaban hablando en susurros, encontré el cuchillo entre el manto de cuerpos inertes y algo se desató en mí. En un abrir y cerrar de ojos, mis dos amigos yacían con los ojos abiertos ante mí, sin vida… la sensación de absoluta libertad y éxtasis que se desató en mis venas, me produjo un poder inexplicable. Borré todo indicio de mi acto. 
Horas más tarde mi avión tomó rumbo a una nueva vida…

domingo, 9 de agosto de 2015

Silencios






Y ahí lo tenía, enfrente de ella, ajeno a todo… y en silencio.
Había huido de él y de lo que representaba, durante más tiempo del que quería admitir, porque no solo fue el periodo en el que se fue de casa para liberarse por fin, sino, mucho antes.
No era un ser con el que se pudiera razonar, comunicar, o pedir un simple consejo, no se podía acceder a él, y no era por su complejidad, sino por su estúpida sencillez. Solo le importaban las apariencias, su trabajo y su dinero (parte del cual, escondía muchas veces para no tener que derrocharlo en cosas tan superfluas, como en un regalo para sus hijas).
Y ahí lo tenía ahora… exigiendo cuidados y atenciones, creyéndose merecedor por derecho.
Sus frases seguían siendo las mismas; sus creencias fingidas, las de siempre y su modo de demostrar  su extraño cariño, inmutable… así que todo seguía igual.
Cuando tomó la decisión de acogerlo para ofrecerle esos cuidados que necesitaba, creyó que tal vez, por fin, podría haber un acercamiento, un despertar de emociones, un acuerdo, o simplemente, un poco de gratitud o alegría, pero no fue así.
Muchas veces lo observaba, creyendo ver un brillo en su mirada, un guiño a un momento de ternura, un reconocimiento a la buena vida que ahora gozaba, un agradecimiento al cielo por su buena suerte… pero eran imaginaciones suyas… nada de eso existía ahora, como nunca existió antes.
Pero ahí estaba… y ella decidió que olvidaría, silenciaría sus pensamientos. Era inútil querer que los demás sean o sientan como uno desea y que, aunque fuera su padre… aunque fuera su padre y jamás hubiese demostrado ese cariño paternal, ella ejercería de hija y le otorgaría ese amor incondicional.

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Y ahí la tenía… atenta a todo, pero en un forzado silencio... agotada, con brillo en los ojos, al cual no sabía darle un sentido muy acertado, pero temía que fuera producido por lágrimas ocultas en la oscuridad.
Querría decirle tantas cosas, pero no sabía cómo hacerlo, no conocía muy bien las palabras que debía utilizar y además, cuando encontraba una adecuada, la olvidaba enseguida o si tenía la suerte de retenerla unos instantes más, no lograba encontrar el momento adecuado para expresarla, y los gestos… los gestos eran parcos y sin memoria, así que era inútil intentar abrazarla, cuando costaba tanto acoplar ahora algo tan simple, a tantos años de carencia afectiva.
Era consciente a veces, de no haber sido un padre atento a otras necesidades que no fueran  comer, vestir y estudiar, pero por aquel entonces, no podía permitirse arrumacos superfluos cuando tenía que dedicar su tiempo a trabajar y ofrecerle lo básico. Sí, escondía muchas veces el dinero, para no tener que gastarlo en cosas inútiles, pero lo guardaba porque nunca se sabía que podía pasar.
A veces, creía ver en ella destellos de desilusión, tristeza, sacrificada aceptación y dolor, y de nuevo, cuando intentaba explicarse, su mente se refugiaba en alguna parte, donde los sentimientos no dolían y donde se sentía seguro. Había cosas de este mundo que no entendía y una de ellas, era la complejidad de los sentimientos.

Ahora se sentía mimado y cuidado, y aunque ella no lo supiera, él se lo agradecía enormemente. Era consciente de su carácter agrio y de su egoísta comportamiento, pero… ahí estaba ella, con esa mirada, compleja e intensa, inaccesible a su mente simple y llana… pero antes de morir, intentaría ofrecerle un gesto o una mirada, donde ella encontrara la paz y entendiera, que, ante todo fue padre y después se dejó llevar, por la simpleza de su carácter, la imposición social y la simple y absurda rutina vital.

lunes, 5 de enero de 2015

Cosas de la Luna






Mi querido niño, mi creación… te miro y me das pena… abandonado y casi sin vida. Me recuerdas esos parajes desérticos donde solo se oye el viento y el siseo de tiempos mejores gravado y súbitamente borrado en el polvo.
Nunca quise atarme a ti, pero me exigías cada vez más y más, y me aterraste con tu constante demanda ficticia, llegando al punto de creerte siempre desnutrido y yo tu constante fuente de alimento. Absurdo, lo sé, pero real.    
Te he casi abandonado, sí… pero sigues conmigo, porque no puedo dejar de tenerte en mi vida, eres mi pequeña gran obra, mi pequeño gran logro… mi pequeño gran oasis de cuentos aún por finalizar.
Muchas veces, entro a visitarte a oscuras, en las noches sin luna, con la sola iluminación de una pequeña pantalla que te trae a mí, con más cariño que nunca… con más intimidad. Y te leo, te releo, pensando en que todas esas historias, sus comentarios, mis amigos, las risas y sorpresas regaladas y la vida inmensa tras una pantalla… te echo de menos, mi querido niño, mi creación… perdóname si puedes, y si no, olvida que te he arrinconado solo por un instante efímero y… por un bien mayor.










Mis queridos jueveros… mis queridos Juan Carlos, Natalia, Pepe, Alfredo, San, Matices; Rodolfo, Demiurgo, Gloria, Sergio Astorga… mi querida Mari Carmen Azcona, y mi querida y salerosa, Elena; mi querido Spaghetti, estimada Victoria…no os nombro a todos los que habéis estado pero todos seguís estando gravados con mil especiales letras… gracias y ¡feliz año a todos, feliz vida! 
Y… hasta ahora.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Fractura



Se acercó a mí, con seguridad y presteza, casi con fastidio. Imagino que ser médico no implica que se deba ser amable con los pacientes y mucho menos, con esa molestia llamada parientes, que tantas reacciones absurdas tienen cuando se les comunica el estado del ser más querido. Faltaría más. 
Y lo único que recuerdo de aquel fatídico momento, fue mi cobardía, mi soledad y mis ganas de huir, su cara bronceada y su corbata lila. Y su última frase: os la podéis llevar si queréis para pasar las navidades en familia, pero dudo mucho que dure mucho más. 
Los ojos vidriosos, distorsionaron su cara, e incluso el color de su corbata y él se alejó con su paso de soy médico y no tengo tiempo para estas tonterías, y yo allí, sin poder moverme, intentado evadirme de esa realidad y cogiendo fuerzas de no sé dónde, para volver a entrar a la habitación, donde moraba el ser que más quería, para darle la noticia, sonriendo y feliz, de que volvíamos a casa.

Pasaron diez meses, hasta que se cumplió la sentencia proclamada por el simpático y amable doctor.

El corazón se rompe. Literalmente. Puedes recomponerlo y rellenarlo con mil excusas y engaños, pero nunca volverá a ser el mismo. 
Durante esos meses de esperanza y espera, volví a ser un ente hipócritamente despreocupado y feliz, engañando a esa espada de Damocles, que pendía despiadadamente, burlándome de ella. Fraccionaba las opciones de supervivencia, relativizaba absolutamente todo y rellené los huecos de mi gran ser amado, con todo aquello que pudiera ayudarle a sonreír.

Nunca he olvidado ese dolor. Esa fuerza sobre humana para cambiar mi estado de ánimo y encubrir la verdad.

Y esa puta corbata lila. 

viernes, 5 de septiembre de 2014

El primer paseo...




Es mi primer día de vacaciones, acabo de llegar con enorme dificultad a este pintoresco lugar y tengo avidez de empezar, antes de deshacer las maletas, a adentrarme de lleno en los campos de este, llamémoslo pueblecito, que yo sola he encontrado por Internet.  
Me gusta esto de que empiece a oscurecer y no haya alma viva por los alrededores.
Me da por cantar una cancioncilla… Tralará, tralará… Se está haciendo de noche precipitadamente y divago y la luna me empieza a seguir y hasta camino dando saltitos de alegría y al cabo de un número impreciso de éstos, la rodilla me cruje y duele, y me paro para disimular, hasta que soy consciente de que nadie me ve y sigo dando esos saltitos estúpidos, que son el mero reflejo de mi libertad.
Y de repente, no sé… tengo una sensación extraña, todo cambia, mi alegría se desvanece… empiezo a sentirme observada.
Reconozco que la información del pueblo en sí, era muy escasa, el lugar remoto y desconocido, de hecho no salía ni en mi GPS y que no sé absolutamente nada de la fauna que pulula por estos parajes… al menos, creo poder afirmar que no hay osos ni lobos, y eso ya es un alivio… pero, entonces ¿qué o quién me observa? Tengo el vello de la nuca erizado y eso no es buena señal.
Para combatir el miedo que empiezo a sentir, el dolor de rodilla que me empieza a molestar, y las ganas de salir gritando de este idílico lugar y encerrarme en mi aun no estrenada casucha pintoresca, sigo tarareando como una inconsciente, para no sucumbir a mi miedo de habitante de urbe y así demostrar que estoy hecha para esto, como si lo llevara en la sangre… sangre… no sé por qué ahora pensar en ese líquido viscoso, me enerva aún más…

Esto empieza a ser ridículo. ¡Anda! Mira que extensísimo maizal… 

sábado, 26 de julio de 2014

Sinceridad




Mi querido amigo:

Eusebio, el chofer, sigue con su manía de dormir con la ventana abierta, haga frío o calor. Y sus ronquidos me llegan, desde esa considerable distancia que separa el garaje con su estancia arriba, hasta mi suntuosa habitación. Eleonor, la cocinera, también impregna de sonidos guturales mis noches insomnes. Ferdinand, el mayordomo, parece incluso que obligue a sus desapacibles cacofonías, a expandirse por los recovecos de la casa, con gentileza e intermitencia, para lograr un mayor equilibrio, entre unos y otros… y yo, que soy el dueño y señor de este inmenso palacete, soy el único que no puede dormir.

Podría mentir, diciendo que no duermo por culpa de esos sonidos que me regalan mis empleados, pero no sería nada acertado culparlos por algo que, si pudiera conciliar el sueño, nunca me habría dado cuenta, como nunca lo hice antes. Podría mentir también, aludiendo a que mi inexistente descanso, es debido a problemas económicos o de cualquier otra índole financiera, pero seguiría mintiendo.

Permíteme que te ponga en antecedentes…

Como bien sabes, cuando mi esposa falleció hace menos de un año, intenté disipar el dolor de su ausencia, hinchiendo mi tiempo con un sinfín de obligaciones que me impuse, que consistían en viajes, visitas sociales, conciertos y demás vacuas demostraciones de que la vida seguía siendo la misma. Y cuando creía que había engañado al tiempo de duelo, a todos vosotros, y a mí mismo, con mi fingida fortaleza, ha sucedido lo impensable.

Te suplico, mi querido amigo, que no me consideres un esposo afligido que ve aquello que no existe, que imagina aquello que no puede ser, que se deja llevar por el recuerdo y ello nubla su mente… Elisabeth, ha vuelto, o tal vez nunca se fue, pero, juro por mis antepasados y mi honor, que ella sigue aquí, conmigo, en esta casa. De aquí el motivo de mis noches insomnes y de esta misiva.

Necesito ayuda, mi querido amigo… pero no creas que te la pida para disipar su espíritu o para esclarecer mi mente, sino para ampliar y reformar nuestro más bello rincón del jardín, el cual por mucho que me pase las noches sin dormir estudiando su diseño, no logro darle una forma y acabado, como solo tú sabrías crear.

Espero tu visita lo antes posible para estudiar el proyecto.

Con afecto,

Robert de Bresnich

domingo, 20 de julio de 2014

Bruschetti



Bruschetti,  se alejó del lugar de los hechos con paso firme y sin mirar atrás. 

Nunca se arrepentía de hacer desparecer a un arrepentido. El honor lo era todo para él, viniera el vínculo de donde viniera. Para él, un juramento era algo por lo que dar la vida. Le asqueaban aquellos que sucumbían y derrotados y sin honor, hablaban.

No entendía la debilidad, no entendía la cobardía y no entendía por qué acababan haciendo tratos con aquellos que tiempo atrás habían despreciado infinitamente. En los dos sentidos. Porque odiaba con la misma intensidad, a aquellos que habían jurado defender la ley y con deshonor, se pasaban a su mundo.

Se estremecía cada vez que veía de refilón a altas horas de la noche, en una cadena desfasada a Michael Corleone, besar a su hermano Fredo. Él mismo derramó una lágrima, la única en su extensa vida, que ofreció al sacrificio de tener que pasar por la misma situación. Y lo entendía. Lo entendía muy bien, porque cuando quien te traiciona es alguien de tu familia, de tu misma sangre, entonces el dolor es inconmensurable. Pero, el honor, lo es todo, y no entiende de conciencia, porque se rige por sí mismo.

Animales, calaña, delincuentes, asesinos, bestias inmundas… así eran calificados por los medios, por la gente de la calle, por los hipócritas políticos, pero nunca veían más allá… nunca encontró a nadie que aceptara que antes de nada estaba la dignidad, sí, la dignidad con la que acarrear, hasta las últimas consecuencias,  el destino que cada uno elige para sí mismo.

Y ahora, alejándose más y más de su último trabajo… sentía como el corazón se le empequeñecía, derrota tras derrota, porque su percepción del honor, lo sabía, era una quimera arcaica que ya existía tan solo entre unos pocos… de uno y de otro bando.