jueves, 29 de diciembre de 2011

Soñando sus vidas






Mayo, 2011

María se ha levantado, como casi cada noche, a horas indefinidas de la madrugada porque el sueño y su miopía jamás la dejan identificar la hora con precisión, para irse a dormir a su otra cama.
Y como cada noche, tras pasar el marco de la puerta, entra en otra dimensión, llena de visiones donde nunca ha sabido si las sueña, o le llegan por algún canal ignoto de alguna ley cuántica que ella desconoce. Tampoco recuerda como llega hasta la cama, aún despertándose en ella, porque en esos momentos su cuerpo es etéreo y una fuerza extraña y a la vez irreal, la arrastra sin remedio como espectadora de retazos de vidas ajenas como si fueran la suya propia.


La farola

A mis setenta años, la voz me tiembla, la vista cansada me hace ver sombras donde no las hay, mi piel está arrugada y ajada, mi nariz, mi boca y mis orejas, me insultan con su tamaño, y mi cuerpo ya no me responde.
Pero, no quiero morir, no quiero irme mañana o dentro de unos días o si hay mucha suerte, dentro de unos años, sin haber vuelto a sentir un beso, una mirada de aprobación y el deseo, que aunque tal vez no pueda concluirlo, puedo grabar la experiencia de nuevo en mi memoria para morir con él.
Encarnación, lleva veinte años cuidando de mi, desde que murió el amor de mi vida y aunque sigo recordando, como si fuera ayer, todo lo que me ofreció la dicha de amar y ser amado por un ser tan excepcional, ahora, no quiero morir sin un beso, así que, aquí estoy, sentado en este banco, bajo una farola, observando su casa, sin atreverme a moverme, porque son ya las nueve y esa es la hora en la que he quedado.
“No quiero morir sin un beso”.
Eso es lo que le he escrito en una hoja de papel blanco inmaculado, con un bolígrafo rojo, plegada en cuatro y que furtivamente le he metido en el bolsillo de la chaqueta color naranja chillón, que siempre se pone, desde hace veinte años a principios de mayo; eso y que si se atrevía a darme ese último capricho, la esperaría bajo la farola del banco de madera enfrente de su casa.
Son ya las nueve y medía y Encarnación no ha venido.
Moriré sin un beso.



-Te amo cuando sueñas; te amo porque sueñas.
María, ha sido despertada con esta frase susurrada al oído, con el abrazo dulce y pasional de Daniel, junto con sonoros besos y un café recién hecho. Él, sigue sintiéndose culpable de que ella tenga que irse, por culpa de sus ronquidos, a dormir en mitad de la noche a la habitación de invitados, pero por mucho que han estudiado como solucionar el problema, nunca han podido encontrar una medida más adecuada que la del traslado temporal y nocturno de María, en cuanto los ronquidos se convierten en un abrupto concierto gutural, imposible de soportar.

Cuando María ha acabado de relatar ésta última, los dos se han sentido tristes, pero nada más han podido hacer, que prepararse para dirigirse a sus respectivos trabajos.
A las seis de la tarde, cuando María ha salido del trabajo, aquellas farolas que iluminaban un banco, eran objeto de su más atenta observación, pero ninguna era como la de su sueño… se sentía un poco desanimada, pero intentó abstraerse, como había aprendido a hacer, desde hacía un año, tiempo en el que los ronquidos aumentaron, el traslado nocturno inició y los sueños, visiones o lo que sean, empezaron a invadir su vida.


Junio, 2011

María, despierta entre brumas, ruido y un ligero dolor de cabeza. La hora imprecisa, como siempre, pero si tan solo se fijara detenidamente, o más bien, si se pusiera las gafas, constataría que son las dos de la mañana.
Y de nuevo, en el momento en el que entra en la habitación…


El inglés

Jamás habría pensado que Sevilla fuera tan maravillosa y especial. Si no fuera porque cada vez que salgo de casa me ahogo con este calor, me quedaría a vivir aquí para siempre.
Al principio no entendí muy bien, cuando me leyó el testamento Sir John, este deseo de mis difuntos padres, dado que, curiosamente, nunca habían salido de Leicester, así que, cuando recibí la noticia de que su último deseo era que sus cenizas se esparcieran por el rincón más bello -lo dejaban a mi elección- de Sevilla, me pareció tremendamente excéntrico, pero sin pensármelo mucho, cuando salí del bufete, me dirigí a la primera agencia de viajes para comprar un billete.
Y aquí estoy desde hace cinco días, porque sigo sin decidir cual es el rincón más bello de esta ciudad, para cumplir sus deseos.
Ahora, que son ya las ocho de la noche y se apacigua lentamente el calor que sigue impregnado en mi piel, mientras paseo siguiendo con mi búsqueda, pienso en la gente que ha cambiado de vida, que ha decidido surcar mares, conquistar continentes, o simplemente, han sido tan tremendamente fuertes y decididos como para, sin pensárselo, no mirar atrás y empezar de nuevo.

Daría lo que fuera, para ser tan fuerte y decidido. En fin, ahora, lo único que tengo que hacer, es cumplir la última voluntad de mis padres y volver a mi gris vida.


María ha despertado lentamente y se ha quedado en la cama unos minutos, sintiendo en su corazón la tristeza del inglés, las ansias irreconocibles y su necesidad de dar un cambio en su vida, hasta que el olor a café, la música de fondo y el traqueteo de su marido en la cocina, la vuelven a su realidad y sin pensárselo, se desnuda y va a buscarlo a la cocina para sucumbir a la pasión que siente y que le hubiese gustado que su inglés conociera. Cuando acaben, decide, y solo cuando acaben, le contará la historia a su marido, porque ahora es tiempo de dar rienda suelta a su pasión.

La tía de María, es una mujer que aún a sus sesenta y cinco años, hace girar alguna que otra cabeza para admirar su belleza. Altiva, independiente y por convicción, soltera hasta la médula, sigue viviendo como si la sociedad actual y en el hemisferio que le ha tocado vivirla, fuera una completa estupidez, así que siempre que ha podido ha hecho las maletas y se ha dejado llevar por el último impulso del momento, refugiándose en algún poblado remoto y recóndito para apaciguar su alma.
Ha visto y vivido situaciones de lo más variopintas y a su edad, pocas cosas la sorprenden ya, pero reconoce que, lo que le sucede a su sobrina cada noche es extraño y fascinante.
Es curioso como a veces la realidad está impregnada de magia y es ese pensamiento el que la hace decidir llamar a María para saber de las últimas visiones –a ella le gusta definirlas así- y poder deleitarse con tan fascinantes vidas ajenas.
Mientras marca el número, recuerda la última de ellas, en lo que duraron las visiones de su sobrina, en el caos inicial por la incomprensión, en como nadie esperaba ese desenlace y en la suerte que tiene su sobrina por ser tan afortunada sintiendo una inmensa dicha de formar parte de todo esto, casi en primera persona.
-¡Hola, tía favorita!
-¡Serás descarada! ¿Es que acaso tienes alguna tía más y yo no lo sé?
-¡Esa es mi tía! Siempre dispuesta a luchar por su cachorra. Dime, ¿cómo estás?
-La verdad, es que nunca me he sentido mejor. Esta noche he quedado con Carlo, ¿te acuerdas de mi amigo italiano?, vendrá esta noche para ayudarme a reorganizar las fotos de mi último viaje y de paso…
-Vale, tía, no sigas, que ya soy mayorcita para saber lo que sigue.
-Ja, ja, ja, ¿no te habrás vuelto mojigata desde que eres una mujer casada, verdad?
-No, tía, lo que pasa es que prefiero no saber las acrobacias que haces, porque después me das envidia.
-Bueno, pues entonces, dado que ya nos hemos puesto al día sobre nosotras, ahora, necesito que me pongas al día sobre tus últimas visiones.
-Tengo que reconocer que, desde que me diste la idea de titularlas para poder recordarlas mejor, me resulta más fácil, así que allá vamos… ¿nos quedamos en “el vestido verde”, verdad?
-Así es.

Dan, aún reconociendo que las excentricidades y modo de vivir de esa mujer, resultan de lo más variopinto, adora a la tía de su mujer, a la que ha acabado acostumbrándose y aceptando con cariño.
Sonríe, mientras oye como su mujer empieza a relatar las últimas vivencias-visones-sueños.
Es curioso como les ha cambiado la vida desde el inicio de estos extraordinarios sucesos y como han ido acostumbrándose a ellos paulatinamente, después del pavor inicial de María y el gran desconcierto de él mismo… y pensar que todo empezó con unos ronquidos con decibelios prohibitivos, el oído extremadamente sensible de María y una habitación de invitados que apenas hacía unos días habían reformado y rebautizado como tal.
Ahora, mientras sigue escuchando la voz armoniosa de su mujer de fondo, decide que será mejor volver un poco a la realidad cotidiana y pensar en que preparará de cena, porque aunque mañana sea sábado y no tengan que madrugar al día siguiente, estaría bien regalar a su amada algún plato suculento para recobrar fuerzas, después de la larga conversación, que sabe que, irremediablemente, tendrá.


El vestido verde

Me encanta como me miran los hombres cuando me pongo este vestido, y pensar que me lo compré en una tienda de segunda mano y destartalada de New York, por apenas veinte dólares. 
Cuando me vea Kent, seguro que se siente orgulloso de tener una novia tan guapa y hoy se decide a pedirme que me case con él.
Quien me lo iba a decir hace tan solo seis años.
Llegué a New York como una turista más y al final, enamorada de esta ciudad, y gracias a las influencias de mis amigos, pude encontrar trabajo y casa y sentirme en cuestión de meses, totalmente integrada.
Aunque últimamente, añoro mucho mi tierra y reconozco también, que, en suma, me siento demasiado nostálgica y más de una vez he pensado en proponerle a Kent de irnos a vivir a España.
Ahí está Kent. Como me mira… se le ve enamoradísimo de mí (¿y yo de él?). Sé que hoy será el gran día.

¡Que es gay!, ¡¿cómo se puede soltar algo así, después de un año de relación y quedarse tan tranquilo?!
Odio a los hombres. Odio New York. Odio este país y sus costumbres.
¿Cómo he podido estar tan ciega?
No pienso ponerme ese vestido nunca más en mi vida. Nunca más.
Creo que es hora de volver a casa.


Agosto, 2011

Primer empleo

Mi madre puede decir lo que quiera, pero a mí esto de hacer de camarero no me gusta. Y más en este restaurante de señoritingos y comida que, si a mi me la regalan, la escupo, y sin embargo, cada noche, esto está a rebosar. ¿Qué le pasa a la gente, es que ya no saben lo que es el pescaito frito y las migas de pan?
Ya puede llamarse “El paladar feliz”,  porque a mi no me engañan.
Y si al menos, don Anselmo no me diera la lata toda la noche, con eso de “niño, a ver si aprendes”, “niño, un buen camarero es un tesoro”, “niño, que a la próxima te despido”, “niño, que si te tengo aquí es por la santa de tu madre”, “niño, que saques el dedo del suflé antes de servirlo”, igual lo soportaría mejor.
Pero aquí estoy, sirviendo mesas, cuando lo que querría hacer es estar con Laura y matarla a besos, y siendo más exagerao -como dice mi madre- comérmela a bocaos y demostrarle que soy el mejor actor del mundo.
Porque yo quiero ser actor, por mucho que diga mi madre, que eso no es un oficio. Yo quiero tener muchas vidas en una, ser muchas personas en una sola, hacer estremecer a la gente viéndome de romano, de banquero, de mafioso, de espía, de seductor.
No tengo la noche.
 


No tengo la noche… concluye, finalmente, María, con los ojos brillantes de emoción, porque por fin tienen una pista: el nombre de un restaurante y una buena descripción del camarero-actor.
El sur de España será su cometido. Y aunque haya cientos de restaurantes con ese nombre no perderán la esperanza de encontrar el que merece su atención. No saben, como la vez anterior, cual es el camino a seguir y que tienen que ver una historia con otra, pero lo que si que saben es que están entrelazadas y, como ellos dicen: Lo que no se hará por un beso…


La moda

Llevo más de diez años sin comprarme ropa y si no fuera porque ya no puedo ponerme nada que no esté zurcido por enésima vez, no pondría el pie en ninguna tienda. Hay que ver a lo que llaman moda, cuatro trapos mal cosidos y tallas para anoréxicas.
En fin, algo tendré que comprarme o acabaré pareciendo una pordiosera.
Tendré, entre otras prendas, que tirar mi chaqueta de la suerte, y no lo haré porque mi hijo insista constantemente en que el color está pasado de moda, ¿qué sabrá él, que lleva los pantalones arrastrando y enseñando los calzoncillos?
Voy a entrar en esa, a ver que tienen, pero como se les ocurra decirme, que no tienen tallas de señora mayor, les pienso pedir el libro de reclamaciones, porque a mis sesenta años, creo que aún estoy y me siento como una jovencita, bueno, sin engañarnos, me siento más bien como una jovencita-viejecita-rellenita, que el cuerpo ya no responde como antes, pero eso no les da derecho a juzgarme y descartarme como clienta con tan solo un vistazo.



-Voy a salir, Dan, después del sueño de esta noche, me han entrado ganas de comprarme algo de ropa.
-¿Una chaqueta color naranja, tal vez?
-No bromees, cariño, sabes que no soporto los colores estridentes, pero aún así, a ella le quedaba tan bien ese naranja chillón… es una pena que vaya a tirarla sin poder avisarla de que en su bolsillo hay un grito de socorro…


Pasó el verano y sin darse cuenta, porque el tiempo es tirano cuando deseas que pase despacio, burlándose de nosotros con su insistencia en desaparecer cuando deseamos retenerlo, llegó diciembre y  María, por fin, con más sueños visionarios, con la ayuda de Dan y su tía, lograron encajar todas las piezas.


Diciembre, 2011

El inglés
Me pareció lo más lógico en su momento, dado que toda la ciudad me hipnotizó con su belleza, así que, las cenizas de mis padres, las esparcí por un sinfín de rincones, plazas, calles, iglesias y demás lugares de Sevilla.
Tres días antes de mi partida, esa fue mi decisión y así, metiendo la mano disimuladamente en mi maletín, donde había colocado una bonita bolsa de tela para contener tan preciado polvo, iba esparciendo sus restos por doquier.
Ahora, en pleno mes de diciembre la locura de volver a esta ciudad, me ha cogido totalmente desprevenido por esta impulsividad que desconocía poseer, pero aquí estoy ahora, a las nueve de la noche, tres horas después de haber llegado a esta adorable ciudad, a punto de entrar en el restaurante “El paladar feliz” que tanto me ha recomendado el recepcionista del hotel y así empezar mi primer día de vacaciones navideñas.


Primer empleo

La culpa es de Don Anselmo, porque ya le dejé bien claro, que lo de coger las reservas por teléfono no era mi tarea y ahora tengo a este inglés larguirucho y blanco como la nieve, diciéndome que tenía mesa encargada para las nueve.
Que yo sepa, el hotel de la esquina, había llamado solo para una persona, pero por lo visto, son dos y ahora no tengo más mesas… si Don Anselmo sale y ve la que he liado de nuevo, seguro que esta vez me despide.
La mujer preciosa, del vestido verde sin mangas, que para ser diciembre, en Sevilla, es adecuado, -diría mi madre, como si la oyera- ha sido la primera en llegar, ¿no?, pues ha ella le corresponde la mesa y no a este estirado… ¿y si se le ocurre protestar? Voy a decirle que espere, mientras hablo con la guapa y haber si soluciono este lío.
-Señora, si fuera tan amable de compartir mesa con ese señor de ahí, le estaría gratamente agradecido, porque verá… la verdad es… bueno, seré totalmente sincero: me he equivocado con las reservas y si usted no acepta compartir mesa, mi jefe me va a despedir.
-Ningún problema, joven, aunque, tal vez al señor no le apetezca compartir mesa conmigo.
-De eso me encargo yo. Gracias por su amabilidad.
-Señor, hemos tenido problemas esta noche con el ordenador, así que todas las reservas han sufrido variaciones a nuestro pesar. Si fuera tan amable de compartir mesa, con aquella bella señora, mientras solucionamos lo de su mesa… a ella le parece bien.
-Yes… sí, no problema.


¡Y ahora suena otra vez el teléfono! Que noche de locos.
-¿Qué haga qué? Perdone, pero ¿Usted quién es?

María expuso como pudo, pero con todo lujo de detalles, la historia y los retazos de sus visiones al hijo de Encarnación. Y sobre todo, le instó, después de la llamada que tenía que hacer inmediatamente a su madre, que bajo ninguna circunstancia dejara marchar a la pareja que había unido en la misma mesa sin darles sus datos y presentándose como el actor que era o desearía ser, porque el inglés acabaría formando una compañía de teatro junto a la mujer del vestido verde, que acabaría siendo su esposa y así por fin, para él, el camarero soñador, habría llegado también su destino.


La moda

Creo que va siendo hora, de que haga limpieza de armarios y de que me despida de mi vieja chaqueta naranja de la suerte y la tire sin más a la basura, si paso otra Navidad con ella en el armario al final no la tiraré, como me pasa desde hace más de veinte años.
¿Quién llamará a estas horas?
-¿Qué estás diciendo, hijo mío? Sí, sí, aún la tengo pero estaba apunto de tirarla, junto con... No entiendo nada. Vale, vale, ahora miro.
¿Qué es esto?
¡Dios mío!
No había vuelto a ponérmela desde aquel día ¡y no miré en los bolsillos!
¡OH! Pobre Manuel… si él supiera. Yo le habría dado todos los besos y todas las caricias de este mundo, porque quiero a ese hombre desde el primer día en que lo conocí.
Se que es una estupidez, pero voy a mirar por la ventana… a veces la magia existe...
¡Ahí está! ¿Pero por qué no me ha dicho nada en estos meses? Y ¿por qué ha seguido viniendo cada noche al banco enfrente de mi casa? Y esa farola, con esa luz… le hace ser tan bello aún a su edad…


La farola

No se porque he seguido viniendo noche tras noche a este lugar. Quedó claro que a Encarnación no le interesó mi propuesta, y ¿qué te esperabas, viejo tonto? Una mujer tan guapa aún, no podría haberse fijado en mí y menos habría aceptado besarme. Menos mal, que tuvo la delicadeza, de al día siguiente y en los días y meses sucesivos, no hacer referencia alguna a la nota, sino, no habría soportado tanta humillación.
Así que, desde aquella noche, esta farola me ha acompañado con su luz, en estas noches solitarias, y he cogido la costumbre de venir aquí, sentarme y soñar durante veinte y nueve minutos, y a los treinta, me levanto, como aquella noche de mayo y con el corazón roto, vuelvo a mi casa. 

-Manuel, bésame.
-¡Encarnación!
-Lo siento. Lo siento mucho. No había vuelto a ponerme la chaqueta desde aquel día y si supieras como lo he descubierto… verás que historia más increíble… 


María sigue soñando… ¿quién sabe qué nuevas vidas podrán iluminar en sus sueños una farola y que no harán esas extrañas visiones y ella, para que nadie se quede sin un beso?


                                                                        

¡FELIZ y MÁGICO 2012 PARA TODOS!


martes, 27 de diciembre de 2011

Alegre frustración





Dos o tres horas antes de la cena de Navidad, compartíamos información de los acontecimientos más o menos relevantes que han surgido estos meses para algunos miembros de la familia. La casa, enormemente grande, ayudaba al revoloteo de una habitación a otra y con las diferentes edades de los miembros que la componen, la mezcla de información fue de lo más variopinta, se tocaron incontables temas, entre ellos, el último concierto al que alguien asistió, el nuevo noviazgo de quien menos te esperabas, un recuerdo casi olvidado y muchas anécdotas recientes. Todo era perfecto, hasta que con gran entusiasmo saqué el tema Blog y fue frustrante.
Solo una persona de mi familia me lee, “solo muy de vez en cuando, porque a veces escribes mucho y no puedo seguir tu ritmo”, los demás dejaron caer más perlas como: “no tenía ni idea de esa pasión tuya”, “¿eso para que te sirve?”, “yo solo leo novelas, porque eso de los mini relatos me parece una tontería”, “¿y eso de un blog, qué es?”, “yo no tengo tiempo para esas cosas”, “eso lo hace cualquiera y está plagada la red de esas tonterías”, “te cansarás enseguida, como me pasó a mí con el mío, que lo tengo abandonado hace dos años”…
No supe que decir. Y me odié por haber sacado el tema. Mis letras dejaron de tener sabor, o más bien percibí en ellas un sabor amargo… después me sumé al karaoke improvisado, con el mismo ahínco de los demás y olvidé… era una noche para estar bien y lo estuve.
La cena fue estupenda, la compañía idílica, y los buenos recuerdos, de esa noche, para grabar, seleccionar y recordar cuando fallen otras cosas…

sábado, 24 de diciembre de 2011

Navidades





Busca y encontrarás.
O espera y te llegará.
Desea y lo conseguirás.
Sueña y se realizará.
Besa y abraza y obtendrás.
Sonríe y reirán.
Ama, ama mucho y mucho te amarán.
Feliz Navidad a todos.
Feliz día.
Feliz vida.
Felices sueños por realizar.

martes, 20 de diciembre de 2011

Soy bruja





Soy una bruja.Una bruja buena.

Lo supe con apenas seis años. Cogí la mano de mi primo Juan, para irnos los dos al patio de casa a jugar, y en ese preciso momento vi su muerte. La solté llorando,  dirigiéndome a casa en un mar de lágrimas, cosa que le costó a mi pobre primo una regañina de mi tía y una mirada de desaprobación de mi madre. Mi pobre primo, que tenía dos años más que yo, no supo nunca del porqué de esas reprimendas, como tampoco nunca supo, que serían las últimas que iba a recibir.
Murió al cabo de tres días, atropellado por el tractor de don Antonio, jornalero que tenía mi familia y que cuidaba de nuestro pequeño trozo de tierra cuando él creía conveniente y solo cuando la luna, viento y demás pronósticos antiguos de precisión casi exacta, lo hacían aparecer por el portón de la pequeña finca, decidiendo que ese y solo ese, era el día idóneo para plantar lo que él decidía, o para arrancar hiervas, si se terciaba.
Con once años, edad en la que tuve mi primera menstruación, mis visiones, siempre tenidas en secreto ante mi familia y ante el mundo, desaparecieron. 
Tuve así un período donde por fin, fui normal, y pude llevar la vida que cualquier adolescente ansía, es decir, una vida despreocupada y llena de sueños.

Con dieciocho años, mi mundo cambió de nuevo, pero esta vez, la intensidad, de lo sucedido, fue lo que marcó para siempre mi vida y la que estableció mi futuro.

Estoy esperando a mi visita de las once.

Compramos esta casa, mi marido y yo, cuando él, una noche fresca de la apenas iniciada primavera del dos mil cinco, soñó con ella.  A la mañana siguiente, cuando me la describió, saqué la foto de una revista, que había recortado un año antes de conocerle a él, se la mostré y le dije, si era esa la casa que había soñado. Asintió desconcertado, ya que aún no se había acostumbrado del todo a estar casado con una bruja, término que él detestaba aún por aquel entonces, y que intentaba disfrazar con terminología moderna, tipo, médium, vidente y demás joyas lingüísticas de la premonición, pero al que yo me aferraba y aferro, con todo mi ser.
La casa, que seguía cerrada y en venta, desde que yo vi el anuncio, la compramos sin cuestionarnos absolutamente su ubicación, su estado ni su precio. Era nuestra casa y los dos lo sabíamos.

Mi visita de las once, es un hombre de unos sesenta años.

-Buenos días, Sra. Asia, usted no me conoce, me llamo Manuel de Fernández y Soto, y le ruego que antes de echarme de su casa, deje que me explique.
Yo sonrío, sin poder evitarlo, mientras le pongo la mano para que pueda aferrarla y así estrechar un saludo, mientras le digo:
-Le estaba esperando, adelante.
Me gusta ver, como la gente asimila esta frase. Dice mucho de ellos. Y me ayuda a saber como acogerán aquello que tengo que decirles.
Tras sus ojos inmensamente grises, centellea una agradable sorpresa que expresa con palabras, diciendo:
-Veo que aquel que me ha hablado de usted no exageraba. Es un placer, comprobar que mi búsqueda ha llegado a su fin. Llevo tres años, visitando a médiums de media Europa y por fin he encontrado a una verdadera bruja. Sí, señora Asia, también se de su predilección por ser designada como tal.
Lo invito a pasar a la habitación del Saber.
Es una de mis estancias favoritas de la casa. La decoré palmo a palmo, con toques de loca genialidad pensando en todas y cada una de las personas que acabarían pasando por ella. La integran, el ventanal, que siempre, con las cortinas descorridas, ofrece la visión lejana de las montañas, regalando así, calma a aquellos que van a recibir malas noticias y más belleza, si cabe, a aquellos que reciben buenas nuevas. Un sofá inmenso y cómodo, varios sillones, dos mesas con sendos jarrones repletos de flores silvestres, que cada día cambio, tenga visitas o no y una pequeña estantería llena a rebosar de libros.
La habitación del Saber, bautizada así una noche de tormenta de verano, fue mi decisión o más bien, mi aceptación, de que esta casa, aún alejada de todo, sin casi un camino transitable e inexistente en los mapas, sería fruto de peregrinación para aquellos que realmente necesitaran saber. Ya fuera de su futuro o del de otros.
Sentados, por fin, el uno junto al otro, lo miro y digo:

-Sr. Manuel, tuve la primera visión de Usted, hace tan solo unas semanas. Estaba sentado en el andén de una estación, cuando, en silencio gritaba ayuda, con desesperación por saber de ella, su amor perdido. Me llegó con una ráfaga de aire violento y sosegado a la vez. Es difícil de explicar, pero en esos momentos, supe que Usted, a cientos de kilómetros de su casa, por fin, iba a encontrar lo que necesitaba. Y ahora, por favor, explíqueme como ha sido esta vez… adoro saber que ingenio utiliza el destino, para traerles ante mi puerta.


-No deja de sorprenderme, señora Asía. Ese día al que usted alude, estaba en la estación de Ostbahnhof en Berlin y es cierto que silenciosamente gritaba ayuda.
La amo. La amo desde que tengo uso de razón. Nos conocimos en el colegio y no nos separamos hasta acabar la carrera universitaria. Ella, que había optado por la carrera de Derecho, entró a formar parte de un bufete de su tío, un hombre sin escrúpulos ni moral, que le llenó la cabeza de negras visiones respecto a la vida que tendría si se casaba con un infeliz como yo. El infeliz en cuestión, había optado por la carrera de Historia, así que, acabé dando clases en un colegio de secundaria, en un pequeño pueblo de Burgos. La distancia entre Barcelona y Burgos, que cada vez se hacía más pesada y las excusas que ella empezó a ponerme, cada vez que yo preparaba mis viajes de fin de semana, minaron nuestra relación y poco a poco nos fuimos distanciando.
Seis meses después, decidí ir a aclarar nuestra relación con Anabel, dispuesto a volver a Barcelona, a buscar un trabajo más renumerado, si hacía falta, para demostrar a su entorno que era digno de ella y para pedirle que se casara conmigo. Encontré a un amigo de universidad en la estación de Barcelona y así supe que, Anabel, el amor de mi vida, iba a casarse en dos semanas, con un socio del bufete de su tío. El mundo se hundió a mis pies. No salí de la estación. Compré un billete de vuelta a Burgos y allí, ante la imposibilidad de superar tanto dolor, decidí que tenía que cambiar de vida y continente y seguir adelante, fuera como fuera.
Pasé los siguientes años, dando clases en aldeas y pueblos de Sudamérica, a los que nadie querría ir a ejercer su profesión, a no ser que huyas o busques algo.
Y en todos esos años, jamás olvidé a mi gran amor. Cuando me jubilé hace tan solo cinco años y volví por fin a España, decidí que mi destino y mi vida seguían ligados a ese amor para siempre.
Sé que podría perfectamente tacharme de cobarde, por no haber querido informarme sobre ella como cualquier mortal haría: cogiendo un teléfono o informándome con los medios a mi disposición que la modernidad nos ofrece actualmente, pero, no puedo. No puedo ensuciar nuestro encuentro, si éste se produjera, con tanta vulgaridad, como una simple llamada, o con un correo electrónico.
Por eso, desde que volví he estado empleando mi dinero en fantasías necias, como averiguar mi futuro y el de ella, pagando a todo tipo de personajillos que han llenado mi cabeza de tristes o alegres expectativas, según le convenía al charlatán de turno.
El día al que usted alude, después de pedir ayuda calladamente, ésta llegó de la mano, ironía del destino, del mismo amigo que años antes me hundió en la miseria con su noticia. Como un pago, por el mal que me hizo en otro tiempo, en otra estación, con una conversación, que de nuevo, inicialmente, podría haber parecido intrascendente.
Creo que usted debe recordar aún a su mujer, Adela, ¿la recuerda?

-Claro que la recuerdo. Bonita historia y bonito el desenlace. Pero, siga, por favor.

-Bien, Jaime, que así se llama mi amigo, al preguntarle por su vida, como se hace en estos caso, sin dejar entrever que la mía seguía ligada a un amor imposible, me habló de la incapacidad de su mujer, como usted recordará, después de superar un cáncer que la devolvió a la vida con renovadas expectativas y sueños,  de encontrar el negocio adecuado al que dedicarse y de la paulatina pérdida de energía, ilusión y dinero y del malestar que empezaba a sentir su esposa, hasta que ésta, supo de usted, gracias a una amiga americana cuya abuela, también vino a visitarla hace unos años. Le pedí su dirección y aquí me tiene.
Como ve, mi querida señora, todos, todos los que deseamos saber, acabamos en sus manos, de la manera más insospechada.

-Señor Manuel, déme su mano.
Mientras la aferro, veo a Anabel, está triste, muy triste, está observando una fotografía. No distingo claramente de quien se trata, pero se, que es de un Manuel mucho más joven. Lo sé.
Aprieto un poco más su mano y ahora ya sé todo lo que necesito.

-Señor Manuel, Anabel le está esperando. Siempre lo ha hecho. Nunca llegó a casarse con aquel hombre, porque nunca dejó de amarlo. Cuando usted desapareció, ella lo buscó desesperada e infructuosamente durante años y aunque ya ha perdido la esperanza, no pasa un solo día en el que usted no esté en sus pensamientos.
Mi querido señor, he visto la dirección de la calle en la que vive, por fin, podrá declararle su imperecedero amor. Les veo juntos en esta vida y en otras.

Lo veo alejarse, sendero abajo, como si todo el peso de este mundo hubiese desaparecido de su corazón. Siento su felicidad y doy gracias por haber vuelto a recuperar mi don de Bruja aquel día de otoño, con dieciocho años apenas cumplidos.

Hacía tan solo dos días que había cumplido dieciocho años y para ser otoño, el calor era aún morbosamente estival. Me sentía ligera como una pluma y llena de renovadas ilusiones, porque por fin, era mayor de edad. Me dirigía hacia la casa de mi amiga Patty, la americana, para pasarnos unos apuntes, cuando en la esquina a cien metros de mi destino, vi a un hombre sentado en la acera.
Sangraba por el labio superior y llevaba parte de la manga de su americana, rota. La mirada perdida y un ligero tic en el ojo izquierdo denotaban que estaba al punto del colapso, aún así, su porte era señorial, incluso en las circunstancias en las que se encontraba.
La gente pasaba por su lado sin darse cuenta de su existencia, y si lo hacían, miraban hacía otro lado, porque seguimos temiendo aquello que desconocemos y seguimos sintiendo terror por las desgracias de los demás, por si, como de un virus se tratase, pudieran llegar a colarse en nuestras vidas. Me acerqué sin poder evitarlo, le puse mi mano en su hombro y le susurré al oído, si necesitaba mi ayuda. Su respuesta me impactó.
-Ni una bruja podría arreglar algo así.
Sonreí, pensando en que hasta los once años, lo había sido y que tal vez, podría haberle contestado algo adecuado ante tal ocurrencia, pero lo único que instintivamente hice, fue cogerle la mano.
Mil colores estallaron en mi cerebro, luces blancas aparecieron después, una fuerza desconocida me zarandeaba hasta hacer de mí un espantapájaros a merced de una tormenta. Cuando volví en mí, aquel a quien había ofrecido mi ayuda, estaba mirándome preocupado y ofreciéndome, esta vez la suya, mientras tenía mi frente entre sus manos y susurraba, un: tranquila, niña, ahora te pasa, es este calor que engaña.
Sonreí.
Me acababa de llevar una buena tunda: su tunda. Rocé mi labio superior, porque me dolía enormemente y allí, sentada en la acera con un desconocido, supe que de nuevo volvía a ser una bruja.
Lo miré intensamente, le cogí de la mano y le dije:
- Realmente, su hermano ha sido demasiado duro con usted, pero le pasará, es tan solo una riña entre hermanos, un poco violenta, sí, pero tiene que comprender que él no quiere que usted se marche porque teme perderlo para siempre.  No debería inmiscuirse en una guerra que ya no tiene sentido y, créame, vaya usted o no, el desenlace de la misma no variará.
Recuerdo su expresión de asombro y desconcierto ante mis palabras. Recuerdo como sonrió, mirándome intensamente y apretando mi mano, me dijo:
-No se quien eres, niña, ni quien te ha enviado, porque yo no creo en Dios ni en los Ángeles, pero, ¿sabes? Tienes razón, he querido irme a una guerra para proteger a gente que creía que podrá necesitarme, sin darme cuenta, que mi hermano menor, me necesita aún más.
-Verá, Señor- le dije, usted debe quedarse aquí porque su hermano, bajo su influencia llegará a ser un gran hombre, un gran científico cuyo descubrimiento nos beneficiará a todos dentro de unos años. Y usted, gracias a ello, por su profesión de médico, cada vez que administre ese medicamento, sentirá el orgullo de haber sido, el promotor invisible, de tal milagro.
Me fui dejándolo allí sentado, pero sabiendo que la vida de esos dos hermanos iban a ser espléndidas y que, la mía, de nuevo, había vuelto a un nuevo inicio.

Después de la agradable sensación que me ha dejado la visita del sr. Manuel, tengo que prepararme para mi nueva visita, ésta llegará dentro de tres días, ya la he presentido y… bueno, no adelantaré acontecimientos, lo escribiré en cuanto suceda.



sábado, 17 de diciembre de 2011

Carta abierta




Tú no lo sabias, mi querida amiga, pero hacia unos días, que tenia esas dudas que a veces me asaltan, sobre la escritura... sobre, para que sirven mis letras, aparte de para dejar volar mi imaginación, si nada más aportan.
Cuando abrí mi correo... y en él, tus sentimientos expresados en palabras me tocaban el alma y seguidamente leí (copio textualmente):  
“… no te llamé ni te contesté pues no tenia el ánimo como debía y en vez de palabras me hubieran salido lágrimas. Suerte que se me ocurrió conectarme a tu "blog", leí el "Mireuste" y me descojonaba, por fin algo que me hizo reír!!!!, solo por eso, vale la pena que sigas escribiendo en tu blog”.
Sin proponértelo, disipaste mis dudas con una dulzura indescriptible. De hecho, esta vena humorística, que desconocía tener hasta ahora, me asalta solo, muy de vez en cuando, pero… me haría payaso, o contaría chistes, si con eso pudiera arrancarte más risas, créeme.
Si uno solo de mis escritos, uno solo, puede hacer reír a una amiga en un momento delicado, pues... bienvenidas seáis letras mías.



viernes, 9 de diciembre de 2011

Mireusté...




-Repítamelo otra vez, por favor, porque sigo sin entender, porqué el hombre, con quien dice que tenía su primera cita, se tiró del balcón de un tercer piso.

-Pues eso digo yo, señor agente, sigo sin entender que ataque de locura le cogió... aunque yo a ese hombre es la primera vez que lo veía en mi vida. Si es que no te puedes fiar de nadie. Lo conocí en un Chats de esos, que me dijo mi sobrina que se ligaba. Quedamos aquí en esta pensión y después de tomar un vinico y hablar de cuatro tonterías, pa caldear el ambiente, pues me quise poner cómoda como hago en casa y ahí empezó todo. Bueno, en principio, lo único que hice fue quitarme la faja que me esconde de barriga y me levanta el culo, porque sino, ya me dirá usté, señor agente, como íbamos a follar. Pues eso, aunque ya lo vi rarillo, seguí y me saqué las lentillas de color azul, que ya me molestaban esas cosas en los ojos, que mi amiga Maripili la muy zorra mentirosa, me había dicho que eran muy cómodas, pero ¡que va! y me puse mis gafas, que soy miope, señor agente, ¿sabe usté? Es que tengo los ojos marrones y un poco bizcos y las gafas aunque están un poco antiguadas, es lo más cómodo que existe... pero bueno, que me pierdo, que le decía, señor agente, que ya empecé a ver en él signos de locura, porque empezó a sudar y a tener ese nervio en el ojo que tiene los locos. Cuando me quité el guanderbrá, o como se llame, no vea como le fue aumentando el tic y el cambio de color de su cara... uf, señor agente, le digo yo, que ese hombre no estaba bien y que no había visto en su vida unas tetas, porque sino, tampoco habría puesto esa cara de susto, porque las tengo caídas, señor agente, pero muchos las querrían tocar. La coleta postiza, que Maripuri, mi peluquera, me dijo que era lo que más se lleva ahora, viendo el estado lamentable en que se encontraba el hombre, me la quité como una estrella de cine, o sea se, señor agente, usté ya me entiende, con movimientos suaves pa no asustarlo, y ahí ya empezó a murmurar algo así como "dios mío, dios mío...me quiero morir" y cuando me quité las uñas de porcelana a mordiscos pa no perder tiempo, porque pensé que le iba a dar un patatús antes de follar conmigo, va y se tira por el balcón el muy desgraciado.
Mireusté, señor agente, si es que no te puedes fiar de nadie.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Sin alma





Perdí mi alma.
La perdí unas horas después de lo que aconteció, una noche de invierno, ante la ventana de mi habitación. Oí los gritos desgarradores de una mujer y su llanto incesante cuando me disponía a meterme en mi plácida cama. Tras la seguridad del cristal vi como dos hombres intentaban violarla, lo distinguía casi nítidamente aun cuando la tenue luz de la farola dificultaba la visión. Ella se debatía como una leona, pero la superaban en número, en fuerza y en crueldad.
Juro que intenté reaccionar de algún modo, pero el solo hecho de, por ejemplo, llamar a la policía me irritaba, por los trámites y preguntas que me habrían impuesto. Bajar a ayudarla, estaba descartado porque hacia demasiado frío y habría tenido que vestirme de nuevo adecuadamente para salir a la calle. Avisar a algún vecino, también se me hizo una ardua tarea, ya que mis vecinos, personas de bien como yo, no aman las complicaciones.
Así que entre opción y opción la pobre infeliz iba perdiendo poco a poco su fuerza y sus esperanzas. El último grito desgarrador que inundó trágicamente la noche, me hizo suponer que habían conseguido por fin sus horribles propósitos y... no pude soportarlo más: Me metí en mi cama para conciliar un sueño reparador e intentar olvidar algo tan atroz.
Cuando a las dos de la mañana el teléfono sonó y medio adormilado contesté, vi como una luz se desprendía de mi cuerpo y sentí como si mi cuerpo dejara de pertenecerme, agolpándose en mi mente la comprensión de eso que llamáis conciencia, cuando el policía me informó del estado en el que se encontraba mi única hija y único familiar que me queda, tras haber sido violada esa noche por dos hombres en un callejón.  

lunes, 5 de diciembre de 2011

El regalo




Se encontraba en la más absoluta oscuridad, tumbado en su cama, pensando. No eran pensamientos cuyo estudio le dieran un resultado satisfactorio, de hecho, ni el mayor y más potente de los ordenadores, habría sabido dar una respuesta coherente, tal era el caos mental con el que los exponía. ¿Cómo habían podido regalarles algo así?, se repetía una y otra vez.

En la otra habitación, la escena era más o menos la misma, solo que ella tenía muy claro cual sería el desenlace y consiguiente resultado de sus pensamientos. Haber optado por una noche de reflexión para saber si se quedaban con el regalo le parecía una bobada, pero su marido, poco propenso a incluir en sus vidas más obligaciones, aunque fueran acompañadas de gran satisfacción, la había instado a ello.

Había que tomar una decisión.

Él, no llegó a nada concluyente cuando sus ojos se cerraron. Ella, se adentró en el mundo de los sueños con una sonrisa.

A la mañana siguiente, mientras desayunaban juntos, ella supo por como evitaba su mirada, que él no había llegado a ninguna conclusión durante la noche, así que tendría que ser ella la que despejara la incógnita.   

- Nos lo quedamos.

Y como si el cachorro chao chao, entendiera las palabras, se aproximó a los pies de ella y allí se posó.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Destellos brillantes en el cielo




- Echa un vistazo a tu alrededor y coge el primer libro que veas.
- Ábrelo por la página 89.
- Localiza la quinta frase.
- Léela y escríbela en el blog.


“... Sujeta un libro en sus garras. Si el libro está abierto, la estátua o el relieve fue tallado en un momento en que Venecia vivía en paz. Cerrado significa que venecia estaba en guerra...”

Pertenece a el libro “La historiadora” Elizabeth Kostova

Y así, entrando en el juego, me siento premiada :)

viernes, 2 de diciembre de 2011

Serenidad




El 13 de octubre de este año que pronto nos dejará, creé este rinconcito para expresarme, reírme, jugar con las historias y las palabras, crear fábulas nuevas y publicar parte de las que tengo en el cajón y sobre todo, para inhibirme de esta timidez que siento cada vez que expongo “ante el mundo” cualquier escrito.

Puse un reloj, admití la opción de seguidores y puse un marcador… porque creía que todos estos detalles, sobre todo los dos últimos, me enriquecerían visualmente y me animarían a seguir.

Ahora estas tres opciones han desaparecido.

-El reloj era superfluo, porque nadie mira la hora cuando está leyendo algo que le interesa (frase dicha por alguien que adoro y que me ha abierto los ojos, en este aspecto y en el de los demás).

-A los seguidores, hay que mimarlos y agradecerles que hayan tenido la deferencia de leerte y hacerte el regalo de su visita y consiguiente lectura, actos a los cuales, me siento en la obligación de corresponder en la misma manera, aún cuando mi tiempo, limitadísimo, me lo impide tal y como yo desearía.
(Desde aquí, os mando un abrazo inmenso a mis únicos y constantes tres seguidores por vuestra presencia).

-Y, por último, el contador de visitas, que era una pequeña espada de Damocles, que me estaba creando un estrés innecesario y totalmente fuera de lugar. Porque llegar a casa y lo primero que haces es mirar “cuanta gente te ha leído” no era muy sabio por mi parte.

Entiendo perfectamente, que para “estar en el mundillo” tienes que darte a conocer, tienes que estar siempre ahí y tienes que ofrecer lo mejor de tu escritura…  y yo no tengo tiempo, ni puedo entrar en ese juego que tanta energía requiere.

Escribo, porque lo necesito, aunque no entienda de donde me viene esta necesidad.
Escribo, porque, como relaté no hace mucho siempre tengo historias que me dicen “plásmame, necesito existir”.
Escribo, porque me desahoga, me anima y me hace feliz.
Soy tremendamente consciente, de que no soy escritora, no al menos una de calidad, sino una más de las que pululan por este inmenso universo de las letras, pero eso no me desanima, simplemente lo acepto y sigo adelante, porque aunque no me engaño y reconozco en lo más íntimo de mi ser que “me gustaría gustar”,  a la larga, lo único que deseo es ser feliz sintiendo íntimamente el sabor de mis letras.
Así que escribo para vivir con ese deleite íntimo que adoro, pero no vivo para escribir.
Solo quiero serenidad… y seguir escribiendo

Y a aquellos que comenten, que sientan, rían o se emocionen leyendo en este pequeñísimo rincón: bienvenidos a mi pequeño mundo y gracias por pasaros por aquí, aunque ya nunca sepa cuantos seáis, lo importante es “que seáis”.

Un abrazo y hasta la siguiente historia….

domingo, 27 de noviembre de 2011

Otra amistad





Ahora descanso en una caja de cristal, con fondo de terciopelo, presidiendo un rincón iluminado de un bello, acogedor y austero salón. Lo presido solo, porque a mi compañero, el derecho, lo perdimos una noche de lluvia, tres meses antes de nuestra actual y ven estante nueva vida. Mi portador, hombre sabio, me enaltece cariñosamente con mi perenne presencia y exhibición aún con mi ajado y sufrido aspecto. Sabe que así nunca voy a dejar de recordarle por lo que pasamos juntos y eso le honra.

Hace tan solo un año, mi portador era un vagabundo, y no por elección, como hacen algunos para sustraerse a su inefable destino, tirándose a la bebida y las mala vida, sino porque  las nefastas consecuencias de un crac financiero sufrido por su empresa y tras haber saldado todas las deudas y haber indemnizado a sus trabajadores, se quedó en la más absoluta ruina. 
Los amigos se rieron de él, por su honradez y su fracaso y  desaparecieron, su ya ex mujer, escapó a Barbados por miedo a perder sus bienes, bienes desmesurados que había exigido tras su separación y su familia renegó de él sin compasión alguna por la vejación subida de tener entre los suyos a un pobre desgraciado. 
Así que de la noche a la mañana, tan solo mi compañero y yo, fuimos el único recordatorio de un estatus perdido.

A mi compañero y a mi, nos hicieron a medida en Italia y se que fuimos pagados con una cantidad bastante importante de dinero, porque nuestro creador, era y sigue siendo uno de los artesanos más reconocidos internacionalmente. Así que, durante unos buenos años, tanto mi compañero derecho, como yo, el izquierdo, añadimos un sutil prestigio a su ya consolidada clase y a su porte innato, cuando nos llevaba con él, casi a todas partes, regalándole a cambio, comodidad y belleza.

Y así fue como seguimos con él, porque fue de lo único que no se desprendió y no le despojaron.

A veces, mi portador se reía de su suerte, con esa amargura que tanto dolor produce cuando la oyes, y cuando se calmaba, nos acariciaba y hablaba con nosotros de su pena, de su vida anterior, de quien había creído ser, de quien era ahora y de como le gustaría volver a ser algún día. Su tristeza aumentó, cuando el derecho desapareció ese maldito día de lluvia y yo, poco a poco, de tanta devastante mala vida, empecé a deteriorarme, acabando con un deshonroso agujero que empezó a logorar también el espíritu para el cual había sido creado.

Hace un año, como decía al principio, nuestra vida cambió de nuevo radicalmente. Mi portador, cuando ya había perdido toda esperanza, encontró entre la basura un numero de la lotería que, con absoluta desidia comprobó, para distraerse o abstraerse, a saber, entre los diarios que teníamos para cubrirnos y pasar la noche, si el numero realmente había sido un perdedor como él.  Y aunque cueste creerse, no dio saltos de alegría ni gritó a los cuatro vientos, ni siquiera pestañeó, cuando comprobó que tenia entre sus manos el numero premiado con treinta millones de euros.

Su vida cambió de nuevo, pero esta vez, tras su experiencia, donó parte del dinero a las asociaciones que alguna vez le habían dado de comer y ayudó a todos aquellos que en algún momento le habían regalado algo tan necesario y preciado en la intemperie como un trozo de cartón, una mirada de respeto o una sonrisa. 
Se compró una casita acogedora y funcional en la montaña, a pocos kilómetros de una pequeña aldea,  y se apartó de todo aquello que entendió superfluo para el ser humano, como unos amigos interesados, una mujer que solo ama el dinero o una familia que solo mira de mantener las apariencias. 
En lo único que no transigió fue en la adquisición de unos nuevos zapatos italianos hechos a medida, porque, como él me dijo el día que me los mostró con orgullo, "nada puede confortarte más, cuando lo has perdido todo, que unos buenos zapatos".

Así que cuando me los mostró y yo creí que iría directamente a la basura y olvidaría el servicio que le había prestado en todos estos años, me honró y no lo hizo. Sigo siendo su zapato preferido, el de su pie izquierdo, el que aguantó junto a él lo indecible, el que aunque ya no me use,  preside con honor un bello rincón de un bello salón y  quien, con mi presencia nunca dejo de recordarle a él o a cuantas visitas reciba, cuantas alegrías, cuantas penas y cuantas sorpresas puede darnos una misma vida.




jueves, 24 de noviembre de 2011

Que no os de vergüenza...




Recortad, ¡recortad, malditos! Llevaros todo mi sueldo para vuestra ganancia y beneficio, no os cortéis, que no os de vergüenza ¡por dios!, seguid siendo insaciables, injustos y horriblemente egoístas. Seguid así, que vais muy bien.

Solo tengo una lata de sardinas, un pimiento, media cebolla y un trozo de pan duro. Esas son todas mis provisiones para pasar el mes, y estamos a día 8. La situación no es tan grave, porque puedo alimentarme con los ojos y la imaginación, viendo programas de cocina. 
Voy a limpiar mis riñones bebiendo mucha agua. 
Voy a ser un ser místico que desecha la comida para su iluminación. 
No voy a tener que soportar el alboroto de mis amigos alrededor de mi mesa cenando y brindando con vino, ¡por dios! de que horroroso placer me libro. 
Y a dedicar las horas que perdía comiendo en escribir poemas, tal vez los pueda vender a un céntimo por titulo. 
Y voy a participar en alguna manifestación por el hambre en el mundo, y seré su heroína cuando vean, que estoy en los huesos porque me solidarizo con la causa.

¡Vamos, hombre! a mí con problemas económicos.

Recortad, ¡recortad, malditos! Llevaros todo mi sueldo para vuestra ganancia y beneficio… que yo estaré divina de la muerte, con mi nuevo look a lo raquitiken-woman.