domingo, 27 de noviembre de 2011

Otra amistad





Ahora descanso en una caja de cristal, con fondo de terciopelo, presidiendo un rincón iluminado de un bello, acogedor y austero salón. Lo presido solo, porque a mi compañero, el derecho, lo perdimos una noche de lluvia, tres meses antes de nuestra actual y ven estante nueva vida. Mi portador, hombre sabio, me enaltece cariñosamente con mi perenne presencia y exhibición aún con mi ajado y sufrido aspecto. Sabe que así nunca voy a dejar de recordarle por lo que pasamos juntos y eso le honra.

Hace tan solo un año, mi portador era un vagabundo, y no por elección, como hacen algunos para sustraerse a su inefable destino, tirándose a la bebida y las mala vida, sino porque  las nefastas consecuencias de un crac financiero sufrido por su empresa y tras haber saldado todas las deudas y haber indemnizado a sus trabajadores, se quedó en la más absoluta ruina. 
Los amigos se rieron de él, por su honradez y su fracaso y  desaparecieron, su ya ex mujer, escapó a Barbados por miedo a perder sus bienes, bienes desmesurados que había exigido tras su separación y su familia renegó de él sin compasión alguna por la vejación subida de tener entre los suyos a un pobre desgraciado. 
Así que de la noche a la mañana, tan solo mi compañero y yo, fuimos el único recordatorio de un estatus perdido.

A mi compañero y a mi, nos hicieron a medida en Italia y se que fuimos pagados con una cantidad bastante importante de dinero, porque nuestro creador, era y sigue siendo uno de los artesanos más reconocidos internacionalmente. Así que, durante unos buenos años, tanto mi compañero derecho, como yo, el izquierdo, añadimos un sutil prestigio a su ya consolidada clase y a su porte innato, cuando nos llevaba con él, casi a todas partes, regalándole a cambio, comodidad y belleza.

Y así fue como seguimos con él, porque fue de lo único que no se desprendió y no le despojaron.

A veces, mi portador se reía de su suerte, con esa amargura que tanto dolor produce cuando la oyes, y cuando se calmaba, nos acariciaba y hablaba con nosotros de su pena, de su vida anterior, de quien había creído ser, de quien era ahora y de como le gustaría volver a ser algún día. Su tristeza aumentó, cuando el derecho desapareció ese maldito día de lluvia y yo, poco a poco, de tanta devastante mala vida, empecé a deteriorarme, acabando con un deshonroso agujero que empezó a logorar también el espíritu para el cual había sido creado.

Hace un año, como decía al principio, nuestra vida cambió de nuevo radicalmente. Mi portador, cuando ya había perdido toda esperanza, encontró entre la basura un numero de la lotería que, con absoluta desidia comprobó, para distraerse o abstraerse, a saber, entre los diarios que teníamos para cubrirnos y pasar la noche, si el numero realmente había sido un perdedor como él.  Y aunque cueste creerse, no dio saltos de alegría ni gritó a los cuatro vientos, ni siquiera pestañeó, cuando comprobó que tenia entre sus manos el numero premiado con treinta millones de euros.

Su vida cambió de nuevo, pero esta vez, tras su experiencia, donó parte del dinero a las asociaciones que alguna vez le habían dado de comer y ayudó a todos aquellos que en algún momento le habían regalado algo tan necesario y preciado en la intemperie como un trozo de cartón, una mirada de respeto o una sonrisa. 
Se compró una casita acogedora y funcional en la montaña, a pocos kilómetros de una pequeña aldea,  y se apartó de todo aquello que entendió superfluo para el ser humano, como unos amigos interesados, una mujer que solo ama el dinero o una familia que solo mira de mantener las apariencias. 
En lo único que no transigió fue en la adquisición de unos nuevos zapatos italianos hechos a medida, porque, como él me dijo el día que me los mostró con orgullo, "nada puede confortarte más, cuando lo has perdido todo, que unos buenos zapatos".

Así que cuando me los mostró y yo creí que iría directamente a la basura y olvidaría el servicio que le había prestado en todos estos años, me honró y no lo hizo. Sigo siendo su zapato preferido, el de su pie izquierdo, el que aguantó junto a él lo indecible, el que aunque ya no me use,  preside con honor un bello rincón de un bello salón y  quien, con mi presencia nunca dejo de recordarle a él o a cuantas visitas reciba, cuantas alegrías, cuantas penas y cuantas sorpresas puede darnos una misma vida.




6 comentarios:

  1. Está claro que en los momentos difíciles los únicos que no nos dan la espalda son los zapatos, al final tienen más y mejor corazón que las personas.

    Feliz lunes.

    Un abrazo.

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  2. Feliz lunes y feliz semana, para ti también, Maribel, y por supuesto,un saludo a tus zapatos.
    Abrazote.

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  3. Espero, Spaghetti, que tu risa, no sea de esas amargas sino de disfrute :)

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  4. Un relato fenomenalmente escrito; con una temática que no deja indiferente. Es un cuento de premio a la honradez y perseverancia en la vida.
    Lo he disfrutado mucho.

    Un abrazo.

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  5. Muchísimas gracias por tus palabras, moderato_Dos_josef... disfruté mucho escribiéndolo y me encanta saber que tu lo has disfrutado leyéndolo.
    Un abrazo.

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