martes, 20 de diciembre de 2011

Soy bruja





Soy una bruja.Una bruja buena.

Lo supe con apenas seis años. Cogí la mano de mi primo Juan, para irnos los dos al patio de casa a jugar, y en ese preciso momento vi su muerte. La solté llorando,  dirigiéndome a casa en un mar de lágrimas, cosa que le costó a mi pobre primo una regañina de mi tía y una mirada de desaprobación de mi madre. Mi pobre primo, que tenía dos años más que yo, no supo nunca del porqué de esas reprimendas, como tampoco nunca supo, que serían las últimas que iba a recibir.
Murió al cabo de tres días, atropellado por el tractor de don Antonio, jornalero que tenía mi familia y que cuidaba de nuestro pequeño trozo de tierra cuando él creía conveniente y solo cuando la luna, viento y demás pronósticos antiguos de precisión casi exacta, lo hacían aparecer por el portón de la pequeña finca, decidiendo que ese y solo ese, era el día idóneo para plantar lo que él decidía, o para arrancar hiervas, si se terciaba.
Con once años, edad en la que tuve mi primera menstruación, mis visiones, siempre tenidas en secreto ante mi familia y ante el mundo, desaparecieron. 
Tuve así un período donde por fin, fui normal, y pude llevar la vida que cualquier adolescente ansía, es decir, una vida despreocupada y llena de sueños.

Con dieciocho años, mi mundo cambió de nuevo, pero esta vez, la intensidad, de lo sucedido, fue lo que marcó para siempre mi vida y la que estableció mi futuro.

Estoy esperando a mi visita de las once.

Compramos esta casa, mi marido y yo, cuando él, una noche fresca de la apenas iniciada primavera del dos mil cinco, soñó con ella.  A la mañana siguiente, cuando me la describió, saqué la foto de una revista, que había recortado un año antes de conocerle a él, se la mostré y le dije, si era esa la casa que había soñado. Asintió desconcertado, ya que aún no se había acostumbrado del todo a estar casado con una bruja, término que él detestaba aún por aquel entonces, y que intentaba disfrazar con terminología moderna, tipo, médium, vidente y demás joyas lingüísticas de la premonición, pero al que yo me aferraba y aferro, con todo mi ser.
La casa, que seguía cerrada y en venta, desde que yo vi el anuncio, la compramos sin cuestionarnos absolutamente su ubicación, su estado ni su precio. Era nuestra casa y los dos lo sabíamos.

Mi visita de las once, es un hombre de unos sesenta años.

-Buenos días, Sra. Asia, usted no me conoce, me llamo Manuel de Fernández y Soto, y le ruego que antes de echarme de su casa, deje que me explique.
Yo sonrío, sin poder evitarlo, mientras le pongo la mano para que pueda aferrarla y así estrechar un saludo, mientras le digo:
-Le estaba esperando, adelante.
Me gusta ver, como la gente asimila esta frase. Dice mucho de ellos. Y me ayuda a saber como acogerán aquello que tengo que decirles.
Tras sus ojos inmensamente grises, centellea una agradable sorpresa que expresa con palabras, diciendo:
-Veo que aquel que me ha hablado de usted no exageraba. Es un placer, comprobar que mi búsqueda ha llegado a su fin. Llevo tres años, visitando a médiums de media Europa y por fin he encontrado a una verdadera bruja. Sí, señora Asia, también se de su predilección por ser designada como tal.
Lo invito a pasar a la habitación del Saber.
Es una de mis estancias favoritas de la casa. La decoré palmo a palmo, con toques de loca genialidad pensando en todas y cada una de las personas que acabarían pasando por ella. La integran, el ventanal, que siempre, con las cortinas descorridas, ofrece la visión lejana de las montañas, regalando así, calma a aquellos que van a recibir malas noticias y más belleza, si cabe, a aquellos que reciben buenas nuevas. Un sofá inmenso y cómodo, varios sillones, dos mesas con sendos jarrones repletos de flores silvestres, que cada día cambio, tenga visitas o no y una pequeña estantería llena a rebosar de libros.
La habitación del Saber, bautizada así una noche de tormenta de verano, fue mi decisión o más bien, mi aceptación, de que esta casa, aún alejada de todo, sin casi un camino transitable e inexistente en los mapas, sería fruto de peregrinación para aquellos que realmente necesitaran saber. Ya fuera de su futuro o del de otros.
Sentados, por fin, el uno junto al otro, lo miro y digo:

-Sr. Manuel, tuve la primera visión de Usted, hace tan solo unas semanas. Estaba sentado en el andén de una estación, cuando, en silencio gritaba ayuda, con desesperación por saber de ella, su amor perdido. Me llegó con una ráfaga de aire violento y sosegado a la vez. Es difícil de explicar, pero en esos momentos, supe que Usted, a cientos de kilómetros de su casa, por fin, iba a encontrar lo que necesitaba. Y ahora, por favor, explíqueme como ha sido esta vez… adoro saber que ingenio utiliza el destino, para traerles ante mi puerta.


-No deja de sorprenderme, señora Asía. Ese día al que usted alude, estaba en la estación de Ostbahnhof en Berlin y es cierto que silenciosamente gritaba ayuda.
La amo. La amo desde que tengo uso de razón. Nos conocimos en el colegio y no nos separamos hasta acabar la carrera universitaria. Ella, que había optado por la carrera de Derecho, entró a formar parte de un bufete de su tío, un hombre sin escrúpulos ni moral, que le llenó la cabeza de negras visiones respecto a la vida que tendría si se casaba con un infeliz como yo. El infeliz en cuestión, había optado por la carrera de Historia, así que, acabé dando clases en un colegio de secundaria, en un pequeño pueblo de Burgos. La distancia entre Barcelona y Burgos, que cada vez se hacía más pesada y las excusas que ella empezó a ponerme, cada vez que yo preparaba mis viajes de fin de semana, minaron nuestra relación y poco a poco nos fuimos distanciando.
Seis meses después, decidí ir a aclarar nuestra relación con Anabel, dispuesto a volver a Barcelona, a buscar un trabajo más renumerado, si hacía falta, para demostrar a su entorno que era digno de ella y para pedirle que se casara conmigo. Encontré a un amigo de universidad en la estación de Barcelona y así supe que, Anabel, el amor de mi vida, iba a casarse en dos semanas, con un socio del bufete de su tío. El mundo se hundió a mis pies. No salí de la estación. Compré un billete de vuelta a Burgos y allí, ante la imposibilidad de superar tanto dolor, decidí que tenía que cambiar de vida y continente y seguir adelante, fuera como fuera.
Pasé los siguientes años, dando clases en aldeas y pueblos de Sudamérica, a los que nadie querría ir a ejercer su profesión, a no ser que huyas o busques algo.
Y en todos esos años, jamás olvidé a mi gran amor. Cuando me jubilé hace tan solo cinco años y volví por fin a España, decidí que mi destino y mi vida seguían ligados a ese amor para siempre.
Sé que podría perfectamente tacharme de cobarde, por no haber querido informarme sobre ella como cualquier mortal haría: cogiendo un teléfono o informándome con los medios a mi disposición que la modernidad nos ofrece actualmente, pero, no puedo. No puedo ensuciar nuestro encuentro, si éste se produjera, con tanta vulgaridad, como una simple llamada, o con un correo electrónico.
Por eso, desde que volví he estado empleando mi dinero en fantasías necias, como averiguar mi futuro y el de ella, pagando a todo tipo de personajillos que han llenado mi cabeza de tristes o alegres expectativas, según le convenía al charlatán de turno.
El día al que usted alude, después de pedir ayuda calladamente, ésta llegó de la mano, ironía del destino, del mismo amigo que años antes me hundió en la miseria con su noticia. Como un pago, por el mal que me hizo en otro tiempo, en otra estación, con una conversación, que de nuevo, inicialmente, podría haber parecido intrascendente.
Creo que usted debe recordar aún a su mujer, Adela, ¿la recuerda?

-Claro que la recuerdo. Bonita historia y bonito el desenlace. Pero, siga, por favor.

-Bien, Jaime, que así se llama mi amigo, al preguntarle por su vida, como se hace en estos caso, sin dejar entrever que la mía seguía ligada a un amor imposible, me habló de la incapacidad de su mujer, como usted recordará, después de superar un cáncer que la devolvió a la vida con renovadas expectativas y sueños,  de encontrar el negocio adecuado al que dedicarse y de la paulatina pérdida de energía, ilusión y dinero y del malestar que empezaba a sentir su esposa, hasta que ésta, supo de usted, gracias a una amiga americana cuya abuela, también vino a visitarla hace unos años. Le pedí su dirección y aquí me tiene.
Como ve, mi querida señora, todos, todos los que deseamos saber, acabamos en sus manos, de la manera más insospechada.

-Señor Manuel, déme su mano.
Mientras la aferro, veo a Anabel, está triste, muy triste, está observando una fotografía. No distingo claramente de quien se trata, pero se, que es de un Manuel mucho más joven. Lo sé.
Aprieto un poco más su mano y ahora ya sé todo lo que necesito.

-Señor Manuel, Anabel le está esperando. Siempre lo ha hecho. Nunca llegó a casarse con aquel hombre, porque nunca dejó de amarlo. Cuando usted desapareció, ella lo buscó desesperada e infructuosamente durante años y aunque ya ha perdido la esperanza, no pasa un solo día en el que usted no esté en sus pensamientos.
Mi querido señor, he visto la dirección de la calle en la que vive, por fin, podrá declararle su imperecedero amor. Les veo juntos en esta vida y en otras.

Lo veo alejarse, sendero abajo, como si todo el peso de este mundo hubiese desaparecido de su corazón. Siento su felicidad y doy gracias por haber vuelto a recuperar mi don de Bruja aquel día de otoño, con dieciocho años apenas cumplidos.

Hacía tan solo dos días que había cumplido dieciocho años y para ser otoño, el calor era aún morbosamente estival. Me sentía ligera como una pluma y llena de renovadas ilusiones, porque por fin, era mayor de edad. Me dirigía hacia la casa de mi amiga Patty, la americana, para pasarnos unos apuntes, cuando en la esquina a cien metros de mi destino, vi a un hombre sentado en la acera.
Sangraba por el labio superior y llevaba parte de la manga de su americana, rota. La mirada perdida y un ligero tic en el ojo izquierdo denotaban que estaba al punto del colapso, aún así, su porte era señorial, incluso en las circunstancias en las que se encontraba.
La gente pasaba por su lado sin darse cuenta de su existencia, y si lo hacían, miraban hacía otro lado, porque seguimos temiendo aquello que desconocemos y seguimos sintiendo terror por las desgracias de los demás, por si, como de un virus se tratase, pudieran llegar a colarse en nuestras vidas. Me acerqué sin poder evitarlo, le puse mi mano en su hombro y le susurré al oído, si necesitaba mi ayuda. Su respuesta me impactó.
-Ni una bruja podría arreglar algo así.
Sonreí, pensando en que hasta los once años, lo había sido y que tal vez, podría haberle contestado algo adecuado ante tal ocurrencia, pero lo único que instintivamente hice, fue cogerle la mano.
Mil colores estallaron en mi cerebro, luces blancas aparecieron después, una fuerza desconocida me zarandeaba hasta hacer de mí un espantapájaros a merced de una tormenta. Cuando volví en mí, aquel a quien había ofrecido mi ayuda, estaba mirándome preocupado y ofreciéndome, esta vez la suya, mientras tenía mi frente entre sus manos y susurraba, un: tranquila, niña, ahora te pasa, es este calor que engaña.
Sonreí.
Me acababa de llevar una buena tunda: su tunda. Rocé mi labio superior, porque me dolía enormemente y allí, sentada en la acera con un desconocido, supe que de nuevo volvía a ser una bruja.
Lo miré intensamente, le cogí de la mano y le dije:
- Realmente, su hermano ha sido demasiado duro con usted, pero le pasará, es tan solo una riña entre hermanos, un poco violenta, sí, pero tiene que comprender que él no quiere que usted se marche porque teme perderlo para siempre.  No debería inmiscuirse en una guerra que ya no tiene sentido y, créame, vaya usted o no, el desenlace de la misma no variará.
Recuerdo su expresión de asombro y desconcierto ante mis palabras. Recuerdo como sonrió, mirándome intensamente y apretando mi mano, me dijo:
-No se quien eres, niña, ni quien te ha enviado, porque yo no creo en Dios ni en los Ángeles, pero, ¿sabes? Tienes razón, he querido irme a una guerra para proteger a gente que creía que podrá necesitarme, sin darme cuenta, que mi hermano menor, me necesita aún más.
-Verá, Señor- le dije, usted debe quedarse aquí porque su hermano, bajo su influencia llegará a ser un gran hombre, un gran científico cuyo descubrimiento nos beneficiará a todos dentro de unos años. Y usted, gracias a ello, por su profesión de médico, cada vez que administre ese medicamento, sentirá el orgullo de haber sido, el promotor invisible, de tal milagro.
Me fui dejándolo allí sentado, pero sabiendo que la vida de esos dos hermanos iban a ser espléndidas y que, la mía, de nuevo, había vuelto a un nuevo inicio.

Después de la agradable sensación que me ha dejado la visita del sr. Manuel, tengo que prepararme para mi nueva visita, ésta llegará dentro de tres días, ya la he presentido y… bueno, no adelantaré acontecimientos, lo escribiré en cuanto suceda.



21 comentarios:

  1. Hola Juji!!!,
    Yo a las brujas las respeto un montón,porque como se dice "haberlas hailas", y nunca sabes donde las puedes encontrar.
    Me ha encantado tu relato, da mucho para reflexionar.
    Besos
    Sara

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  2. Yo también creo que existen ;) y estoy segura que conocemos a más de una, pero de las malas (UF! que miedo) jijijiji. Me enorgullece enormemente que te haya gustado. Muaksssssssssssss
    PD: a ver si dormimos un poco más!! jajajaja

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  3. Un relato muy interesante. Me lo he ventilado de un trago, y me ha gustado su desenlace mágico y feliz.
    Opino que en el mundo existen unas cuantas brujas buenas.

    Una abrazo y...

    Feliz Navidad!

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  4. Feliz y Mágica Navidad para ti también, moderato_Dos_josef... quien sabe si alguna bruja buena te manda un bello hechizo para el 2011...
    Abrazos!!!

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  5. Lo primero agradecerte la visita a mi blog y tu comentario.
    Tres deseos son suficiente para marcarte de por vida, si se cumplen.
    Lei con detenimiento tu entrada, no me es extraña
    Y te aseguro que la vivencia fue tan increíble, que nos sobrepasó

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  6. Yo también te agradezco tu visita y por supuesto, tu comentario, Javier. A veces la realidad supera la fantasía, ¿verdad?
    Un abrazo y muy felices y mágicas fiestas!

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  7. Un relato mágico e interesante, Juji.
    Me paso por tu blog para agradecer tu visita al mío, tu comentario me ha gustado mucho.
    Felices fiestas.

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  8. Felices Fiestas y que tus mejores deseos se cumplan

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  9. Para mi, visitar tu blog y leerte, es todo un placer, Felisa, así que nada tienes que agradecerme.
    Es un placer verte por aquí.
    Yo también te deseo felices y maravillosos días de fiesta.
    Un abrazo.

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  10. Gracias, Javier. Mis mejores deseos se han cumplido, así que ahora solo deseo eso de "que me quede como estoy" :)
    Te deseo, Feliz TODO, para ti también.

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  11. Buenísimo, eres la mejor escritora del mundo....

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  12. ¿Tata-Isa?, ¿ere tú el anónimo? porque solo a ti, se te puede ocurrir tamaña irreverencia jijijijiji
    ¡Un abrazo, cariño!

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  13. Que preciosidad de relato. Me ha encantado.
    Saludos.
    María E.

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  14. Y a mí, maría E., que te haya encantado. Bienvenida a mi Blog.
    Saludos.

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  15. Sort en tenim de que existeixin bruixes BONES !!!!!! Com més n'hi hagin millor!!!
    Un conte fantàstic!!!
    Petons, Victòria

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    1. Tard, però et dono les gràcies per la teva opinió escrita. Revisant avui el blog t'he trebat :)
      Petons!!

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  16. Un relato realmente magnifico.
    Saludos.
    Juan.
    Sigo leyendo.

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    1. Gracias, Juan. Era "mi relato especial" y colgarlo supuso mucho para mi.
      Un abrazo y hasta pronto.

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  17. Juji que sepas que no estas sola que hay personas con dones parecido a ti y si no nos gustan que nos llamen ni mediun ni vidente pues no lo consideramos así, Pero si nos consideramos bruja...
    Ojala que algún día pueda conversar contigo alguien que me pueda comprender y poderle contar mis historia de otras vida mías pasada...
    Y lo maravilloso que es cuando te aceptan entre ellas, las brujas Antigua...

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    1. Salvia, es tan solo un relato. Siento decepcionarte al respecto. Aunque creo en la magia y en el don de algunas personas, este escrito es mera fantasía, como todo lo que escribo en este Blog. Siempre.
      Espero que encuentres personas afines a ti muy pronto.
      Te mando un fuerte abrazo.

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  18. Lo leí hace un tiempo, me gustó mucho. ;) Pero no consigo seguirte porque no encuentro el botón para ello. ¿estaré ciega?

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