domingo, 29 de enero de 2012

Colores



A veces, escribo en rojo y me leen en azul celeste. 
Otras, inundo de dorado un escrito y me comentan en blanco. 
En otras, la ironía en verde, es objetada con el negro azabache. 
En muchísimas otras, escribo en lila brillante y comentan en un lila aún más brillante. 
Y siempre, sea del color que sea una opinión, acabo sorprendiéndome.
No siempre los comentarios y sus colores, son expresados por escrito. 
Muchas veces, alguien me ha dicho, mirándome a lo ojos: "ese titulo no es nada original", "sigue escribiendo a tu modo, que para todo hay cabida", "libertad de expresión sí, pero con moderación". 
"Escribe cosas más divertidas que la gente quiere reír", "escribe cosas mas serias, o nadie te tomará en serio".

Cuan compleja y perfecta es la mente, cuando una sola palabra, una sola frase o un solo escrito, acarrea tal diversidad de opiniones, tal gama de colores plagados de matices y tal visión diferenciada y personalizada de un significado.

Bienvenida seas, diversidad, que nos haces especiales y únicos.

Bienvenida seas, que me regalas felicidad sin límites, pensando en cuan viva sigue la libertad en la expresión, la imaginación y la percepción del ser humano y en cuantos colores que desconocía, deseo seguir descubriendo, a través de unas letras...

jueves, 26 de enero de 2012

Inspiración



Me senté en el banco del parque para inspirarme, tal vez con una conversación aferrada al azar, tal vez con la visión de algo peculiar o simplemente con alguna idea traída por el aroma a hierba recién cortada.
 
Cuando me di cuenta de que me había olvidado el sonotone en casa, había también olvidado las gafas y el resfriado que arrastraba hacía días, seguía taponando mi nariz.
 
Volví a casa sonriendo por mi despiste y sin nada en mente que escribir.

martes, 24 de enero de 2012

Calidad humana





Todos iban en silencio, sentados holgadamente, en el coche de alta gama. Cada uno, sumido en sus pensamientos. Cuando llegaron al parking, se apearon sigilosamente, para que ningún ruido extra rompiera el silencio que les consumía.
 
Las puertas del asilo se mostraron suntuosas, tras los árboles que las celaban amablemente, con sus enormes troncos y sus enormes hojas. En la recepción, el silencio entre ellos persistía. Hasta que una vocecita, serena y cristalina, se alzó entre el asfixiante silencio, diciendo:
 
-Te lo ruego papá, no abandones aquí al abuelo. Si tú y mamá, no podéis haceros cargo de él, lo haré yo.... igual que me haré cargo de ti y de mamá, cuando tengáis la edad del abuelo.
 
Volvieron a subirse todos al coche de alta gama, y esta vez el silencio, tan solo lo agrietaba el sonido ahogado de los sollozos.
 
Los sollozos de la vergüenza.
 
Y los sollozos de gratitud y felicidad, que se percibían con más intensidad en el asiento trasero y que iban acompañados por unas manos entrelazadas, una pequeña y blanca y otra ajada y envejecida.

domingo, 22 de enero de 2012

En las notas te siento...



En las notas te siento.
Por eso, nunca dejo de tocar la melodía que nos unió con mi violín.
Notas que me hechizaron, como me hechizaste tú.
Tengo los dedos ensangrentados de tanto amarte y pronto, ya no podré seguir.
Pero prefiero morir extenuado a dejarte de sentir.

viernes, 20 de enero de 2012

Misticismo felino



Odiaba a los gatos. Le repelía su presencia. Desde muy niña, consideró que lo de domesticados era un mito, porque sabía de su egoísmo y antipatía y había constatado en sus carnes, con el gato de la vecina, que lo de pacíficos y cariñosos, también era una enorme mentira.


Años después, un increíble e inesperado acontecimiento, la hicieron cambiar de opinión sobre los odiados felinos…


Estaba sola en la playa del camping, donde se alojaba por unos días, a miles de kilómetros de casa. Era una noche estrellada y magnifica, pero ni siquiera ante tan bella visión encontraba sosiego. 
Tenía que tomar una decisión y sabía que ésta cambiaría su vida para siempre. Ante la imposibilidad de encontrar una solución que no le rompiera el corazón, empezó a sollozar sin freno. 
Sin casi darse cuenta, al cabo de unos minutos estaba rodeada por los tres gatos que siempre merodeaban perennemente por el camping. Uno de ellos posó su cabecita en su pierna derecha, otro se subió a su regazo, mientras empujaba su hocico contra su pecho y el último, se posó a su lado silenciosamente.
Fue tan extraordinaria la muestra de afecto, que se dejó llevar, acariciándolos sin ningún tipo de reticencia. Poco a poco, fue calmándose y secando sus lágrimas... y como si de una película con final feliz se tratara, le llegó una melodía arrastrada por las olas del mar y en ella obtuvo la respuesta que tanto ansiaba.
Sabía que sufriría por la decisión que acababa de tomar, pero también sabía que su fuerza innata la ayudaría a superarlo con decoro y sin grandes cicatrices que el tiempo no pudiera curar.
Agradeció a sus nuevos amigos su ayuda, con más arrumacos de los que nunca se habría creído capaz de procesar a un felino y se guardó esta historia para un día no muy lejano... un día en el cual tal vez pudiera escribirla y así plasmar para siempre, a modo de homenaje, una historia tan increíblemente bella, protagonizada por una adolescente valiente y unos gatos... ¿solidarios?, ¿místicos?... ¿Casi humanos?

jueves, 19 de enero de 2012

"En ocasiones veo muertos..."




En ocasiones veo muertos... Muertos sin espíritu. Fantasmas vagabundeando en vida. Cadáveres de lo que debería ser un ser humano. Muertos en vida, desperdiciándola, aniquilándola, deteriorándola...
 
En ocasiones veo muertos...
 
Los veo en grupos, rapados con símbolos racistas tatuados, con mirada de estúpidos e ignorantes. Con la fuerza que da el grupo en sus gestos amenazantes, pero cobardes y esquivos con la mirada, cuando van solos.
 
Los veo en el concesionario, cuando compran un coche por encima de sus posibilidades, para aparentar ante los demás y después no pueden llegar a final de mes y deben saltarse alguna comida, pero nada les importa de las penurias, cuando lo importante es la vacua y megalómana apariencia.
 
Los veo en los mítines políticos gritando eufóricos al líder de turno, que es el mejor, el más honrado, el más íntegro, cuando lo que hacen es campaña para sí, y así, poder pedirle favores turbios y fuera de la ley, en cuanto suba al poder como una marioneta más en sus manos.
 
Los veo en la televisión, como críticos de arte, de literatura, de cine, con esa arrogancia que da pena, con ese savoir faire, estudiado y nauseabundo. Con esa tiranía con la cual creen decidir que es lo que debemos admirar, leer o ver, según su sabio e irrefutable criterio.
 
Los veo en las fiestas VIP, donde solo dejan acceder a los más ricos y guapos y a los más famosos, aunque esta fama haya llegado por vía del robo de un millón de acciones de los inversores... inversores que ahora los miran desde la calle, arruinados y tapándose con un abrigo raído, como llegan en limosinas y acceden al paraíso creado solo para la gente in.
 
Los veo en  mi trabajo, donde aquel que ostenta un cargo mayor, trata con desprecio al subordinado. Donde el subordinado trata con desprecio al personal de mantenimiento. Donde el personal de mantenimiento, trata con desprecio al personal de limpieza... me pregunto si estos últimos despreciaran con el mismo ahínco a sus parejas o hijos, para compensar tanta humillación o si por el contrario, la vida les ha enseñado que son mucho mejores que aquellos que los desprecian.
 
Los veo en millones de situaciones... y están tan muertos... que a veces noto un escalofrío aterrador envolviéndome el alma.

miércoles, 18 de enero de 2012

Rutina




Y vuelta a empezar. Hacer la compra. Llenar la nevera. Cocinar parte de lo comprado. Poner la mesa. Servirlo. Ver como lo devoran y esperar en silencio que alguien alguna vez le diga “que bueno mamá” o “gracias, cariño”. Y vuelta a empezar. Recoger la mesa. Poner el lavaplatos. Enderezar la cocina. Y en pocas horas, empezar a pensar y preparar el menú de la cena.
Mañana será diferente. Ha comprado una salsa súper picante cuyo nombre ya presagia diversión. En la etiqueta inspiradora de su travesura pone “el destroza tripas”. Mañana, por fin, tendrá algún que otro comentario sobre su monótono quehacer diario. Dependerá del aguante de cada uno, que sea favorable o no.
La rutina hay que combatirla a veces, con una sonrisa picante

martes, 17 de enero de 2012

Revenge





Volvieron a obligarle a levantarse temprano y a ponerse ropas de gente bien, para, como cada domingo, ir a misa. Ya no protestaba. Los correazos de antaño le habían hecho desistir. Debajo de sus ropas llevaba oculta una camiseta con la escrita “Revenge”. Y en la iglesia, cuanto el iracundo párroco los enviaba sin remedio a todos al Infierno, él se evadía sonriendo,  señalando mentalmente con el dedo a modo de fusil y disparando a todos los presentes. 
Pronto tendría edad para portar armas.

lunes, 16 de enero de 2012

Maldito mes



Miro el reloj y el hastío, me hace quedarme atrapada con el lentísimo movimiento de la manilla, bostezando. No se que tiene este maldito mes, que me roba la fuerza para seguir con el ritmo habitual.
Maldito enero, que me aburre hasta su nombre. Con su final brusco de fiestas y lucecitas, con sus absurdas y estafadoras rebajas, con los nuevos propósitos de la gente, que como cada año te repite sus intentos de cambiar algo que nunca cambiaran. Maldito mes y maldita su frialdad.
Sigo bostezando, mientras miro al tonto ese desnudo del calendario, que no me dice nada de nada, es más, me entran ganas de pintarle una bufanda y un abrigo y mandarlo a su casa para que estudie algo de provecho.
Ya me ha salido la vena irreverente y mordaz y solo estamos a día 16…
Que alguien me de "arsénico, por compasión..."
Tic tac... tic tac...

sábado, 14 de enero de 2012

La suerte tirana





En la esquina, como cada mañana, vendía cupones el ciego. 
Pero era en el portón de la esquina, donde se vendía realmente la suerte. El nuevo y despistado repartidor, llegó antes de tiempo, descubriendo algo que no debía ser visto. Su suerte estaba echada.
Si solo se hubiera parado unos minutos para comprar un cupón...

lunes, 9 de enero de 2012

Confesiones





Padre, perdóneme, porque he pecado…

Verá, Padre, he hecho los deberes y se que tengo unos “pecadillos” capitales que confesar…

Pereza. Confieso, ante todo, que esto de estar confesándome ante usted, me da una somnolencia terrible y mientras hablo, imagino que estoy en otro sitio, pero me han hablado del cielo y del infierno, y no se si con este último podría estar a gusto, ya que odio el calor. Usted ya me entiende, Padre. ¿Qué no me entiende? Pues, déjelo, y sigamos.

Ira. Confieso, que la rabia a veces me nubla la razón y que llego a odiar al  prójimo. Pero sobre todo, a quien odio con más ahínco, es a la inepta y estúpida secretaria de personal de mi empresa. Un champiñón sin cerebro de mujer. Sí, sí, Padre, eso de que hay que amar al prójimo también lo he oído, pero es que eso es una falacia, Padre, y Usted lo sabe, ¿o acaso Usted ama a un musulmán o a un judío, como a un cristiano?, ¿no sabe qué decir, eh? pues ahí tiene la respuesta.

Lujuria. Confieso que tengo pensamientos obscenos y pecaminosos cuando mi marido se pasea por la casa desnudo y mi deseo no es el de procrear sino el de derrochar sus espermatozoides una y otra vez. Si Usted supiera… cuando hacemos la posición del loto del camasultra, yo… No se me altere, Padre, vale, ya me callo, que no recordaba lo de sus votos de castidad.

Soberbia. Confieso, que cuando me toque la lotería seré una nueva rica, sin escrúpulos ni miramientos hacia los demás y añadiré una "s" con cadencia en todas mis palabras, la contengan o no. Y, siento decirle, Padre, que dar algo a su Iglesia, ya puede ir olvidándose, porque digan lo que digan, no creo que necesiten dinero, porque digo yo, que si tanta necesidad dicen tener, ¿por qué no van vendiendo algo de esos anillos y cruces de oro y piedras preciosas que ostentan siempre por ahí sus cardenales?

Envidia. Confieso que, siempre veo más verde mi hierba que la del vecino y que mi vaso siempre está más que lleno, por mucho que esté vacío. ¿Peco, entonces de ser yo, la creadora de la envidia de otros, Padre? Y si es así, ¿por qué tengo que pensar en cambiar mi forma de ver las cosas si el problema es la mediocridad de los demás? Dice, Padre, que se ha perdido… ¿quiere que vuelva a empezar?, mire que para una vez que me confieso, no voy a omitir detalles y quiero que le quede todo bien clarito para que pueda interferir por mí, con ese Dios suyo.

Gula y avaricia. Estas van juntas, Padre, así que confieso, que nada me atrae más que una buena mesa, servida con suculento manjares y que si no pago yo el ágape, me saben muchísimo más suculentos. Y le digo, Padre, que nada tiene que ver lo de no pagar la comilona con que soy catalana, aunque vete tú a saber si influye…

¿Lo tengo muy mal, Padre?, ¿voy a ir al cielo? ¿Padre?, ¿sigue ahí? Padre, ¿dónde está?
¡Será…! ¡Hay que ver que susceptible!
Se ha ido sin darme la extremaunción… ¿O era el perdón?  Y ¿no tendría que darme algún certificado, algún resguardo, o algo que atestigüe que ya me he confesado?

Cada vez entiendo menos esto de la religión…

viernes, 6 de enero de 2012

Variantes de un destino






Hado I

Estaba en el cruce en el que siempre giraba hacia la derecha para dirigirse a su casa. Ese día, decidió en un arrebato, que giraría a la izquierda, incrementaría el trayecto en 4km más, pero le pareció buena idea liberarse del siempre repetitivo itinerario y así, de paso, haría un poco de ejercicio extra, para rebajar la opípara comida que, como cada miércoles, se concedía como extra semanal con las amigas.
Cuando no había caminado ni dos kilómetros, vio a su marido en el coche aparcado, acompañado de una rubia despampanante. Se la comía a besos, mientras la rubia reía y reía... Después de la sorpresa y el dolor, manaron de ella, la rabia y el orgullo. Se apartó sigilosamente de la grotesca escena y cogió el primer taxi que pasó por su lado. 
Se fue de casa, antes de que él llegara, sabiendo que jamás volvería. El destino, su orgullo lastimado y su fuerza, la ayudarían. Sabía que no dejaba nada importante tras de si, porque  hacia tanto tiempo que él no se la comía a besos y que ella no reía en su compañía...
≈♣≈

Era miércoles y había quedado con la rubia despampanante, que había conocido una mañana, en una cafetería. Algo le atrajo de ella, cuando se cruzaron las miradas mientras tomaban un café, tal vez su desparpajo, su osadía o tal vez fuera que con cuarenta años apenas cumplidos, necesitaba volver a sentirse deseado y joven. Amaba a su esposa, pero ella, últimamente estaba muy arisca y esquiva con él, así que una cana al aire a nadie iba a hacerle daño.
Se la estaba comiendo a besos y ella se reía. De repente tuvo un presentimiento, una objeción mental, algo que le hizo dejar de besarla y pensar en que hacía demasiado tiempo que no le regalaba a su esposa esos besos y no la hacía reír. Sintió un estremecimiento. No podía hacerle eso a su pareja, ni hacérselo a él mismo. Pero, ya era demasiado tarde, la pasión estaba descontrolada y él se merecía una buena tarde.
Se fue, despidiéndose de la rubia, con una sonrisa, sabiendo que jamás volvería a verla… o tal vez sí, si la historia podía seguir en secreto, porque era obvio que su mujer nunca se enteraría. Y ahora, mientras volvía a casa, pensaba en que no estaría mal, intentar recuperar el tiempo perdido con su esposa, olvidar su desliz, hasta la próxima vez, si este se producía y para apaciguar su conciencia por lo que acababa de hacer y por si reincidía, esforzarse en comérsela a besos y hacerla sonreír en su compañía...




Hado II

Estaba en el cruce en el que siempre giraba hacia la derecha para dirigirse a su casa. Ese día, dudó, sabiendo que si giraba a la izquierda, incrementaría el trayecto en 4km más, cambiaría el siempre repetitivo itinerario y de paso, haría un poco de ejercicio extra, para rebajar la opípara comida que, como cada miércoles, se concedía como extra semanal con las amigas. Pero, ganó su comedido sentido común, que le exigía a gritos una buena siesta reparadora para estar perfecta y descansada.
Cuando despertó de la siesta, se duchó, se perfumó y se dijo, que esperaría a su marido con los brazos abiertos, risueña y amorosamente, como hacía antes. Hacía mucho tiempo que él no la hacía reír ni se la comía a besos, pero tal vez, algo de culpa había tenido también ella, al haberlo obviado más de lo debido, más ahora, que estaba pasando esa pequeña crisis de los cuarenta. Sabía que era un momento crítico en sus vidas, pero también sabía, que lo superarían.

≈♣≈

Era miércoles y había quedado con la rubia despampanante, que había conocido una mañana, en una cafetería. Algo le atrajo de ella, cuando se cruzaron las miradas mientras tomaban un café, tal vez su desparpajo, su osadía o tal vez fuera que con cuarenta años apenas cumplidos, necesitaba volver a sentirse deseado y joven. Amaba a su esposa, pero ella, últimamente estaba muy arisca y esquiva con él, así que una cana al aire a nadie iba a hacerle daño.
Se la habría comido a besos mientras ella se reía. De repente tuvo un presentimiento, una objeción mental, algo que le hizo dejar de desearla y pensar en que hacía demasiado tiempo que no le regalaba a su esposa muchos besos y no la hacía reír con sus tonterías. Sintió un estremecimiento. No podía hacerle eso a su pareja, ni hacérselo a él mismo, ni tan siquiera a la rubia, que lo miraba expectante, para ver si se decidía.
Se fue, despidiéndose de la rubia, con una banal excusa, sabiendo que jamás volvería a verla. Sabía que no dejaba nada importante tras de si, ahora quería recuperar el tiempo perdido con su esposa, olvidar su pequeño e insignificante desliz, comérsela a besos y hacerla sonreír en su compañía...




lunes, 2 de enero de 2012

Independencia





Desde hace ya muchos años, cada viernes hago lo mismo, en cuanto mis padres cruzan la puerta, despidiéndose de mí hasta el domingo por la noche. Dejo en el cajón de la cocina, ese donde siempre deja sus llaves mamá, una carta. En ella les explico el porque me voy de casa.
Y cada viernes, al cabo de unas horas, vuelvo, deshago las maletas, recojo la carta, la escondo de nuevo entre las páginas del Ulises de James Joyce, y con gran frustración, espero con paciente exacerbación, a tener más valor el próximo fin de semana.
Cuando regresan el domingo por la noche, ajenos a mis deseos de independencia, sonriéndome y explicándome con todo lujo de detalles que tal les ha ido su fin de semana, los remordimientos me carcomen, porque se del dolor que les producirá mi marcha, sobre todo, porque soy su único hijo, pero a mis cincuenta años, apenas cumplidos, tengo que hacerlo, tengo que encontrar el valor y no puedo demorarlo más...