viernes, 6 de enero de 2012

Variantes de un destino






Hado I

Estaba en el cruce en el que siempre giraba hacia la derecha para dirigirse a su casa. Ese día, decidió en un arrebato, que giraría a la izquierda, incrementaría el trayecto en 4km más, pero le pareció buena idea liberarse del siempre repetitivo itinerario y así, de paso, haría un poco de ejercicio extra, para rebajar la opípara comida que, como cada miércoles, se concedía como extra semanal con las amigas.
Cuando no había caminado ni dos kilómetros, vio a su marido en el coche aparcado, acompañado de una rubia despampanante. Se la comía a besos, mientras la rubia reía y reía... Después de la sorpresa y el dolor, manaron de ella, la rabia y el orgullo. Se apartó sigilosamente de la grotesca escena y cogió el primer taxi que pasó por su lado. 
Se fue de casa, antes de que él llegara, sabiendo que jamás volvería. El destino, su orgullo lastimado y su fuerza, la ayudarían. Sabía que no dejaba nada importante tras de si, porque  hacia tanto tiempo que él no se la comía a besos y que ella no reía en su compañía...
≈♣≈

Era miércoles y había quedado con la rubia despampanante, que había conocido una mañana, en una cafetería. Algo le atrajo de ella, cuando se cruzaron las miradas mientras tomaban un café, tal vez su desparpajo, su osadía o tal vez fuera que con cuarenta años apenas cumplidos, necesitaba volver a sentirse deseado y joven. Amaba a su esposa, pero ella, últimamente estaba muy arisca y esquiva con él, así que una cana al aire a nadie iba a hacerle daño.
Se la estaba comiendo a besos y ella se reía. De repente tuvo un presentimiento, una objeción mental, algo que le hizo dejar de besarla y pensar en que hacía demasiado tiempo que no le regalaba a su esposa esos besos y no la hacía reír. Sintió un estremecimiento. No podía hacerle eso a su pareja, ni hacérselo a él mismo. Pero, ya era demasiado tarde, la pasión estaba descontrolada y él se merecía una buena tarde.
Se fue, despidiéndose de la rubia, con una sonrisa, sabiendo que jamás volvería a verla… o tal vez sí, si la historia podía seguir en secreto, porque era obvio que su mujer nunca se enteraría. Y ahora, mientras volvía a casa, pensaba en que no estaría mal, intentar recuperar el tiempo perdido con su esposa, olvidar su desliz, hasta la próxima vez, si este se producía y para apaciguar su conciencia por lo que acababa de hacer y por si reincidía, esforzarse en comérsela a besos y hacerla sonreír en su compañía...




Hado II

Estaba en el cruce en el que siempre giraba hacia la derecha para dirigirse a su casa. Ese día, dudó, sabiendo que si giraba a la izquierda, incrementaría el trayecto en 4km más, cambiaría el siempre repetitivo itinerario y de paso, haría un poco de ejercicio extra, para rebajar la opípara comida que, como cada miércoles, se concedía como extra semanal con las amigas. Pero, ganó su comedido sentido común, que le exigía a gritos una buena siesta reparadora para estar perfecta y descansada.
Cuando despertó de la siesta, se duchó, se perfumó y se dijo, que esperaría a su marido con los brazos abiertos, risueña y amorosamente, como hacía antes. Hacía mucho tiempo que él no la hacía reír ni se la comía a besos, pero tal vez, algo de culpa había tenido también ella, al haberlo obviado más de lo debido, más ahora, que estaba pasando esa pequeña crisis de los cuarenta. Sabía que era un momento crítico en sus vidas, pero también sabía, que lo superarían.

≈♣≈

Era miércoles y había quedado con la rubia despampanante, que había conocido una mañana, en una cafetería. Algo le atrajo de ella, cuando se cruzaron las miradas mientras tomaban un café, tal vez su desparpajo, su osadía o tal vez fuera que con cuarenta años apenas cumplidos, necesitaba volver a sentirse deseado y joven. Amaba a su esposa, pero ella, últimamente estaba muy arisca y esquiva con él, así que una cana al aire a nadie iba a hacerle daño.
Se la habría comido a besos mientras ella se reía. De repente tuvo un presentimiento, una objeción mental, algo que le hizo dejar de desearla y pensar en que hacía demasiado tiempo que no le regalaba a su esposa muchos besos y no la hacía reír con sus tonterías. Sintió un estremecimiento. No podía hacerle eso a su pareja, ni hacérselo a él mismo, ni tan siquiera a la rubia, que lo miraba expectante, para ver si se decidía.
Se fue, despidiéndose de la rubia, con una banal excusa, sabiendo que jamás volvería a verla. Sabía que no dejaba nada importante tras de si, ahora quería recuperar el tiempo perdido con su esposa, olvidar su pequeño e insignificante desliz, comérsela a besos y hacerla sonreír en su compañía...




2 comentarios:

  1. Parecen versiones de un msmo tema según quién las cuente ...jeje.. muy buena idea Juji.

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  2. Es verdad, Spahetti, no había pensado en ello. Más buena idea la tuya :)
    Abrazote!

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