miércoles, 29 de febrero de 2012

Código Morse




Me percato de su existencia, cuando llevo ya varios minutos detrás de él. ¡Qué insistencia! Algo muy importante querrá decirme cuando no deja de hacer esos movimientos epilépticos con la cabeza. Tal vez lo han raptado y me está pidiendo ayuda, aunque la familia que lo lleva en el coche, parece simpática y agradable. Pero tal y como están los tiempos, no debería seguir fiándome de las apariencias. De hecho, cuando apresan al asesino en serie de turno, los vecinos y amigos siempre dicen lo mismo "se le veía tan normal, ¿cómo íbamos a saber que era un asesino?". Eso digo yo, ¿cómo vas a saberlo, no creo que lo vayan diciendo por ahí, no? En fin, ahora lo que tengo que hacer es descifrar ese código Morse tan extraño y averiguar que intenta decirme.

Veamos, cabeza que gira de derecha a izquierda, ¿puede ser una raya? ¿Y arriba y abajo? Tal vez sea lo mismo. ¿Y los puntos? tal vez los exprese cuando cesa el movimiento durante unos segundos… Raya, punto, raya, punto ¿coca-cola? Raya, punto, raya ¿góndola?

¡Maldita sea! No puedo seguir descifrando ese código, con lo que me hubiese gustado saber que quería decirme. Voy a apuntarme mentalmente, la matricula del coche de esa familia tan ideal, por si acaso, porque seguro que algún trapo sucio esconden, antes de coger mi salida de la autopista y abandonarlo a su misteriosa y epiléptica suerte.



domingo, 26 de febrero de 2012

No quiero entrar





No quiero entrar.
No sé, que me depara detrás de esos muros. No sé, si aquello que me han dicho, es cierto. No sé tampoco, si seré tratada peor de lo que me tratan en la calle. Tampoco sé, si me darán algo que llevarme a la boca, cuando el hambre me atormente, como lo hace ahora.
No quiero entrar.
¿Y si una vez dentro, nunca puedo volver a salir?, ¿y si una vez pasada esa puerta, no puedo volver a ser yo misma? He oído toda clase de historias, y no han sido historias nada agradables, sobre aquellas, que como yo, han intentado encontrar una vida mejor, tras unos muros.
No quiero entrar.
Pero, ¿a dónde voy a ir? Ya no me queda espacio en la calle, para mendigar. Ya nadie me mira como a una niña pordiosera, sino como a una jovencita descarada, hambrienta y sin remedio, y ya no me ayudan como lo hacían años atrás. Tampoco puedo ya robar comida con la misma soltura de antes, porque me observan más detenidamente, ansiosos de pillarme con las manos en la masa y así poder desembarazarse de mí.
¿Qué voy a hacer? No quiero entrar.
Me han dicho también, que si entro, me enseñarán a hablar correctamente, a comportarme como una señorita de bien.
Todos me dicen, de lo peligroso que es dormir en la intemperie a mi edad, porque dicen que mi cuerpo (¿este deshecho de huesos?) puede acarrearme problemas, que no he entendido muy bien, sobre la honra y la virtud, bajo el mal hacer, de algunos hombres malvados.
Tengo que tomar una decisión, porque ya no podré seguir por más tiempo en la calle, de hecho, últimamente, no hago más que oír toda clase de insultos y si supiera escribir, les devolvería la misma amabilidad empleada, reescribiéndoselos en las puertas de sus casas con carbón. Tras esas puertas, me han dicho también, que me enseñarán a escribir… aunque no he entendido muy bien, eso de que “la letra me entrará con sangre” ¿acaso te la meten en las venas?

He tomado una decisión.

jueves, 23 de febrero de 2012

¿Santa?




Ayer, casi lloro de la risa. Alguien, me dijo eso de "…tu santa madre" y en serio, no pude parar de reír. La insensata que me lo dijo, me miró con cara de consternación, pensando que mi risa, se debía a algún desvarío producido por la pena de la perdida y se despidió como pudo, de esa situación, mientras mi risa seguía oyéndose en su lejanía.

Y es que, podría haberte puesto cualquier adjetivo... cualquiera, menos el de santa.

Pero si es imposible no imaginarte en el cielo, levantando las nubes para barrer bajo ellas y recolocarlas según tu disposición. 
Hablando con Dios, de esto y aquello, haciendo imperar tu opinión y diciéndole, "no te quejes tanto, del desbarajuste que estoy creando, según tú, o no haberme hecho subir tan pronto, mal nacido". 
Enviando rayos, conseguidos a base de insistencia, tramite el infierno, para enviárselos a los malos desde ahí arriba. 
Hablando con los ángeles y preguntándoles si eso de que no tienen sexo es verdad y si es así, que te lo demuestren. 
Controlando que los santos se comporten y se dejen de tantas lamentaciones, y sino, que no se hubiesen dejado martirizar tan mansamente. 
Intercediendo por tus hijas para que todo nos vaya bien. 
Desaprobando el menú de papá, -demasiado alto su contenido en sal, cariño- te veo diciendo, y derramándole celestialmente, un vaso de agua "sin querer" en su plato y riéndote pícaramente, cuando lo oyes decir: "que torpe estoy hoy, mi mujer se reiría de mí, si viera que sin estar aquí, se ha salido con la suya". 
Preguntando aquí y allí, si esos del purgatorio subirán rápido porque hay que preparar el cielo y hacer una gran fiesta para recibirlos. 
Mirando la vida de los demás mortales, sentada en tu trono lleno de rosas, rojas y frescas, como a ti te gustaban, y criticando, muchas veces su comportamiento y apuntando sus nombres para amonestarlos cuando llegue el momento. 
Quitándole las llaves a san Pedro, alegando que “¿quién va a saber más de abrir puertas que una madre, que lo ha hecho toda la vida mientras esperaba que sus hijas reentraran sanas y salvas? 
Fastidiando a los músicos celestiales, pidiéndoles sin cesar, una canción de Manolo Escobar, y acto seguido, cogiendo a algún incauto que sepa bailar y agotarlo hasta la extenuación, toda recta en tu pose, marcando sus pasos, incidiendo en su movimientos, como hacías conmigo, insistiendo en que era la única de la familia, que como tú, tenía el ritmo en el cuerpo. 
Arremangándote las mangas de tu ¿toga, vestido, túnica? (¡¿que llevaras puesto ahí arriba?!) y diciendo como siempre "¿dónde está mi delantal, que aquí hay mucho que seguir haciendo?".

¡¿Santa?! Has sido siempre la mas traviesa, obstinada, amorosa, aseada, presumida, irreverente, inteligente, malcarada y educada, ordenada y caótica, intransigente y permisiva, divertida, limpia de corazón, defensora a ultranza de tu familia y perspicaz de todas las mujeres, que jamás he conocido.

¡Dales caña, mami, que sepan, ahí arriba, quien manda!

martes, 21 de febrero de 2012

A otra cosa, mariposa...






Entré en mi edificio y no recogí el correo del buzón. El motivo fue, porque ayudé a mi vecina de mi mismo rellano, Catalina, ya muy mayor para hacer la compra y entrarla en el ascensor o en su casa.

Si lo hubiera hecho, habría visto la nota de Alberto, invitándome a cenar en su casa, esa misma noche.

Alberto no sabe que yo no leeré esa nota, así que va a ir a comprar todo lo necesario para sorprenderme con un buen menú.

La tienda a la que va a ir, es de las más exquisitas y caras de la manzana, regentada por Giorgio, un italiano afincado en este país desde hace años. Giorgio, hace dos meses que ha cambiado de proveedor y su descontento crece exponencialmente, con cada producto que recibe de este inepto y con el que pronto, ha decidido, dejará de hacer transacciones comerciales.

El inepto en cuestión, tiene que introducir productos en sus ventas, que no son del todo legales y mucho menos de calidad probada, porque sus anteriores tratos con maleantes, lo han llevado a esa insostenible situación. 
Entre las exquisiteces, se encuentra una remesa de latas de caviar, que no han pasado tampoco el protocolo de sanidad y que su ingestión puede causar ceguera.

Entre las adquisiciones que está haciendo Alberto, se encuentra una de estas latas.

Juan, es el hijo de la vecina de Alberto y se pasa la vida en el rellano, en la escalera, en la entrada del edificio o en la calle, jugando a su dichoso video juego. Así que nunca se entera de quien sale o entra, y cuando lo saludan los vecinos, emite algún monosílabo casi imperceptible, para no tener que perder ninguna partida. Va siempre acompañado por su perro, Rufus II, así que son una pareja inseparable y siempre presente para los vecinos, que los aceptan pululando por todas partes, como si fueran los fantasmas del edificio,

A las 21:45h, Alberto desesperado me llama a casa para saber si ha pasado algo grave, ya que la cita era a las 21:00h, y sabe que soy muy puntual. Al saltarle el contestador, se preocupa soberanamente, porque es imposible que yo no haya avisado si no podía ir. A los cinco minutos su inquietud, vence su reticencia y sale de casa, para dirigirse a la mía y lo hace tan precitadamente que deja la puerta abierta.  

Yo, que tengo el teléfono en silencio y estoy en pleno baño relajante, sigo ajena a todo. Después, me espera una buena película, acompañada con algunos deliciosos canapés y algo de helado para acabar bien la noche de un viernes sin cita alguna.

Rufus II, que tiene un buen olfato, se separa por unos segundos de su dueño para ir a ver, de donde sale ese olor tan exquisito. No puede evitar, lógicamente, entrar en el apartamento de Alberto y meter el hocico en la cena, pero no come nada de lo allí expuesto y dejado con prisas. De repente, levanta las orejas y aferra con los dientes, una latita de caviar, medio abierta y huye del lugar, como un ladrón de bajos fondos.

A miles de kilómetros, el inepto en cuestión, averigua por las noticias apenas dadas en la radio de su nación, los efectos del caviar que él, por desgracia, también ha vendido y recuerda perfectamente, quien ha sido su único y agraciado cliente. La decencia gana la partida a la cobardía y entiende que no es momento para lamentaciones, sino, el de hacer algo correcto, por fin, en su vida y así, llama a Giorgio.

Giorgio, mientras conduce por el centro de la ciudad, recibe la llamada del inepto, avisándole del desastre inminente ante la ingestión de, tan solo una, de las latas de caviar. Acelera como un poseso, porque sabe que solo ha vendido una de esa remesa y a quien.
Cuando faltan pocos metros para que llegue hasta el edificio, un perro se le cruza y aún habiendo hecho a tiempo la maniobra de esquivarlo, cree haberle dado un pequeñísimo golpe. Giorgio, aun sabiendo que la prioridad siempre es la de una vida humana, no puede evitar parar el coche para comprobar si el perro está bien.
Rufus II, alentado por tanta humanidad, posa la lata en las manos de Giorgio. 
El olfato, le había avisado de que algo no funcionaba del todo bien en esa lata, así que instintivamente, cuando fue casi atropellado se dirigía hacia el parque de la esquina para enterrarla.

Giorgio no puede creer en su inmensa suerte, mientras acaricia al can, aun sin entender nada de nada, -¿quien sabe?, igual se le cayó a Alberto de la bolsa y ese perro la robó-. Ahora lo único importante, es que todo ha ido bien y que la situación de peligro ha pasado.

En el mismo instante, que esto está sucediendo, Alberto, llega a mi casa y empieza a aporrear la puerta, mientras hace sonar el timbre una y otra vez. Cuando miro por la mirilla y lo veo en ese estado de nervios, abro la puerta consternada temiéndome mil y una situaciones de ciudad, que suceden más de noche que de día. Pero cuando me abraza agradecido, repitiendo obsesivamente, "menos mal que estas bien, menos mal que estas bien", pienso en que entre esas mil y una situaciones, me he olvidado la de la locura y la añado, por si sobrevivo a esta noche y a este loco.

Al final, el entuerto se esclarece y soy yo, la que disculpándome con todo mi pesar, lo incluyo en mi festín de viernes noche, con helado y todo, porque pienso compartirlo con él por haberme demostrado cuanto se preocupa por mi y tal vez, ya se verá, lo invite a pasar la noche conmigo.

Rufus II, vuelve junto a Juan. Éste, sigue jugando impasible con su video juego, inconsciente de lo que ha pasado a su alrededor esa noche, hasta que su madre, le grita desde el rellano, de entrar en casa y meterse en la cama o van a tener serios problemas, él y ese perro, viejo y tonto. Mientras obedece por fin a su madre y se dirige a su piso, ve la puerta de Alberto abierta y sin mediar palabra la cierra, piensa que ese vecino, que le cae tan bien, es un tremendo despistado y nunca se entera de nada.

Catalina, mi vecina del mismo rellano, que a su edad, tiene un sueño ligero, se entretiene esta noche mirando fotos. Una de ellas, le recuerda a mi, y piensa en como podría agradecerme mi amabilidad, cada vez que la ayudo a subir la compra.

Si ella supiera, la causa-efecto que se ha originado, gracias a esa ayuda



El efecto mariposa: Esta interrelación de causa-efecto se da en todos los eventos de la vida. Un pequeño cambio puede generar grandes resultados o hipotéticamente: "el aleteo de una mariposa en Londres puede desatar una tormenta en Hong Kong".



Fiebre




Toda la noche…

Flores carnívoras devorando mis brazos. Sangre. Frío. Acuarelas con sombríos pasajes. Una mano de hombre lobo, que se posa en mi hombro. Destellos de una nave surcando el espacio. Deseo incontrolable. Enanos vestidos de oro. Dientes blancos y perfectos royendo un hueso. Nubes de paja. Un país desconocido sin habitantes. Un turrón caducado que baila con unas hormigas. Una sábana que me asfixia con palabras de impotencia. Un excremento en una urna. Una balada cantada por una máquina de escribir. Una cafetera que hace pan negro. Un policía que llora bajo un puente. Una caja de bombones con gambas rebozadas. Un aquelarre observado por soldados. Mendigos cosiendo una bandera. Estatuas de papel arrastradas por el viento. Perros que escupen champagne...

Extraños los delirios que llenan tu mente, una noche de fiebre. 

lunes, 20 de febrero de 2012

La carta




La luna, inmensa y blanca, dominaba todo el cielo, que esa noche, era estrellado y su luz, se colaba por la ventana abierta. La brisa marina, te acariciaba, filtrándose entre las cortinas, besando traviesa mi cuerpo casi desnudo. La destreza del servicio del hotel, lo había dejado todo impecable. No se oía ningún sonido que perturbara esa serena noche. Saboreaba mi Bourbon con deleite. Todo era perfecto para mi cometido.

Todo, menos mi carta de adiós. No lograba acabar de escribirla. No hacía más que rectificarla, mentalmente, una y otra vez. Y yo, me negaba a abandonar este mundo, con el último pensamiento puesto en una carta firmada con mi nombre, sin tener claro a quién iría dirigida y qué explicar en ella.

Era curioso. Mi decisión de suicidarme, había sido tomada meses antes, con total normalidad y serenidad y una vez aceptada, los preparativos, habían sido, como se suele decir, coser y cantar, pero llegado al último tramo, esta maldita carta de adiós, me estaba dando unos problemas completamente inesperados.

Estaba amaneciendo y mi carta, seguía siendo un folio en blanco. Decidí entonces, que de ninguna manera, iba a abandonar este mundo sin haber logrado la satisfacción completa en mi último objetivo, así que pospuse mi suicidio para la noche siguiente.

martes, 14 de febrero de 2012

Comprensión




Tengo una hermana, a quien le gusta madrugar tanto, que a veces, dudamos de que haya ido a visitar su cama. En ese tiempo en el que todo es silencio y el cuerpo descansa, ella, lo emplea en dejarnos en nuestra puerta, alguna notita deseándonos buenos días, acompañada, a veces con un poema. O una rosa, aún cubierta de rocío en un baso, en el centro de la mesa. O se dedica a hacer pan, o tartas, o algún aceite. Nunca parece que la falta de sueño le afecte en absoluto y se la ve feliz y descansada.

Tengo otra hermana, que se pasa el día riendo. Ríe por todo y a veces, incluso por nada. Es la alegría de la huerta y nos hemos acostumbrado de tal manera a su risa, que cuando no la oímos, nos falta algo en el alma. Después, si la buscamos para preguntarle si le pasa algo, por haber dejado ese vacío sonoro, entonces la descubres sonriendo silenciosamente, admirando cualquier cosa que se cruce en su mirada.

Tengo otra hermana, que lo ve siempre todo negro y por mucho que intentemos hacerle ver la vida bajo el prisma de la positividad, nunca lo hemos conseguido. Su carita, que podría ser muy bella, es un cúmulo de arruguitas de preocupación, esparcidas por todo su rostro. Aun así, su buen corazón, ayuda a que la aceptemos pacientemente con su visión tan tremendista y la sigamos ayudando, sin desfallecer, a ver un día la luz del sol, sin pensar en que éste, en algún momento le caerá encima.

Tengo otra hermana, con timidez enfermiza. Pero, cuando nos habla, nos lee o nos canta, nos impregna de un alo celestial del cual es casi imposible desprenderse en todo el día. Tiene una voz tan cristalina y dulce, unos tonos tan acertados, una dicción y ritmo tan perfectos, que la admiración que sentimos por ella y por su don, nos hace a veces, perder los papeles y aplaudir como burdos espectadores en un teatrillo de pueblo, avergonzándonos después de nuestro comportamiento.   

Tengo otra hermana que, siempre nos amenaza con dejarnos, después se arrepiente y durante un tiempo es la más entregada y la esencia de la constancia. Después, vuelta a empezar y el ciclo se repite infinitamente. Muchas veces, la hemos instado a abandonarnos, para que descubra su camino, para que pueda encontrar aquello que anhela, recordándole que la puerta, a su vuelta, seguirá abierta, pero nunca se ha ido. Tal vez en su amenaza, resida su felicidad y con solo decirlo y creer que es capaz de cumplirla, le baste.

Tengo otra hermana, que, me avergüenza decirlo, se flagela continuamente. No estamos en absoluto de acuerdo con su expiación de pecados, ya que es imposible que los tenga, los piense o los haya llevado a cabo. Hemos intentado por todos los medios persuadirla de esta insensatez, pero no lo hemos logrado. Aunque, y cuesta reconocerlo, una vez que "ha expiado su pecados" con ese insufrible dolor, su cara desprende un alo de éxtasis inexplicable.

Y ahora, desde hace unas pocas semanas, tengo una nueva hermana muy anciana ya, que ha llenado de curiosidad, consternación, alegría, sorpresa, incredulidad, tristeza y desorden, cada rincón de este convento con los relatos de sus viajes, por todo el mundo, como misionera.

Y así, mi hermana que duerme poco o nada, ha empezado a despertarse tarde cada mañana. Mi hermana sonrisas, ha pasado a las lágrimas. Mi hermana pesimista, ahora lo ve todo con otros ojos. Mi hermana con voz de ángel, ha empezado a cambiar su timidez por altanería y a negarse a leer o a cantar. Mi hermana, tránsfuga, a afirmar, que jamás nos dejará. Y mi hermana masoquista, a esconder su correa ensangrentada, en el fondo de un cajón.

Y yo, que soy la hermana que todo lo escribe en este pequeño diario, para dejar plasmada parte de nuestra historia, hace días que he dejado de escribir. 
Necesito pensar.

Porque viendo los cambios que hemos sufrido cada una de nosotras por la entrada de un nuevo elemento, trayéndonos otros trocitos de mundo, otras necesidades, otros sentimientos, otras costumbres y otras maneras de ser y existir... me pregunto, si cuando uno se comporta en un cierto modo es por costumbre, por inercia, por convicción auto impuesta, por necesidad creada bajo fútiles fundamentos... me pregunto, qué y quien somos realmente. ¿Por qué un elemento externo puede conseguir en unos días lo que no se ha podido conseguir durante años con consejos, explicaciones, pequeñas amenazas, e incluso aplausos desbordados...?

Tengo que seguir esclareciendo estos hechos, porque más allá de las creencias, que siguen intactas y que hicieron que me encerrara aquí para siempre… antes de seguir aceptando lo divino, necesito entender lo humano.

lunes, 13 de febrero de 2012

¿Baila?





“La intolerancia, baila…”

Lo leí en un artículo de pasada, sin tiempo y sin ganas de profundizar en su contexto, lo reconozco. Pero la frasecita, se me adhirió al cerebro sin compasión y durante todo el día, he estado pensando en con que tipo de baile se regodea, esa tal Intolerancia.
Una marcha fúnebre, poco ritmo y juego de pies puede darle, digo yo, si esta hubiese sido su opción. Y dando unos pasos acrobáticos y extenuantes, de rock and roll, se me hace muy difícil imaginarla. Bailando una sardana, menos, porque unidos hipócritamente o no, todos danzan cogidos de la mano y en círculo. Una salsita o merengue, son demasiado insinuantes y atrayentes, para imaginarme a esa, en ese percal. En un vals, bello y armonioso, tampoco me la imagino. Y dando vueltas como unos giróvagos turcos... pues tampoco, en ese trance, erre que erre, con las vueltecitas. Y si pienso en ella, bailando un pasodoble, pues tampoco logro ubicarla, pasito por aquí, vuelta para allá, con ese ritmillo español tan fiestero y señoril. Y aunque me estruje la imaginación, con un tango, tampoco hay manera de verla puesta.

La verdad, es que no se me ocurre, que baila la tal Intolerancia.

Porque una palabra tan fea en su significado, poco puede saber de danza y de música y de su magnifica afinidad con el ser humano, ¿no?

viernes, 10 de febrero de 2012

Amor, al fin y al cabo





Después de tanto tiempo aún la miraba extasiado. Y es que aún no podía creerse que fuera suya. Pero, era suya. Le pertenecía. Tenía en su caja fuerte guardada la factura que lo atestiguaba, y en ella constaba el importe de cientos de miles de dólares. La había comprado en una subasta en las Vegas, hacía más de tres años. Era la mujer perfecta para él. Desde el primer día que la vio expuesta, para su posterior subasta, decidió que la quería y que pagaría lo que fuera necesario. 

La Web donde se anunciaba su venta, era una de las más respetadas y fiables del planeta, así que sabía que todo lo que de ella se decía, era completamente cierto. Le impactó sobre todo su mirada cristalina y su rostro perfecto. Desde ese momento empezó a planear su viaje con la ilusión que solo tienen los enamorados.

Reconocía que era un poco callada, para su completo deleite, porque tan solo gemía o decía, “sí”, “no”, “más”, “circuitos en orden” cuando él acariciaba según que zonas de su cuerpo o le hacía preguntas estándar, pero con los nuevos adelantos tecnológicos, pronto podría paliar ese pequeño problema en unos años, o tal vez, con suerte, en unos meses, dada la rapidez con que se creaban nuevas técnicas robóticas.
Aún así, la amaba.

Se había acostumbrado a sus silencios y a sus movimientos imperceptibles, pero cuando ella le seguía con la mirada, se emocionaba, porque aunque al principio sabía que era por los sensores que llevaba incorporados, ahora, estaba seguro que algo de afecto humano se había hecho hueco entre tanta tecnología y que ella, a su modo, también lo amaba.

El amor no tiene barreras, se decía a sí mismo. Y lo repetía una y otra vez a los demás, amigos y parientes, que intentaron convencerle de que era algo enfermizo y que su salud mental estaba deteriorada. Al principio, incluso se rieron pensando que era una broma macabra pero después, cuando comprobaron la gravedad, siempre según ellos, de esta locura, dejaron de visitarle, para no ser testigos de tamaña aberración.

Pero a él nada le importaba. Estaba enamorado de ella y la amaba. Y por nada en este mundo iba a separarse de su amada... porque sí, reconocía estar enfermo, pero era tan solo, de amor.

lunes, 6 de febrero de 2012

Te repito, que no estoy loca...




No te preocupes, ya te derroco.
Te destrono.
Te bajo del pedestal donde estabas ubicado.
Me dijiste que tan solo eras un hombre y que te idealizaba en demasía.
La medicación me está ayudando, te lo aseguro.

Ahora que deseas ser tan solo un hombre ante mis ojos, te trataré como tal.
Voy a dejar de amarte, ya que, según los psicólogos, abogados, Policía y tú mismo, no era amor, sino “acoso enfermizo”.
Voy a dejar de enviar cartas anónimas a tus amantes de turno, explicándoles que no se metan en nuestra vida.
Voy a ser una Blanche DuBois, sin tranvía y sin deseo.
No eres nadie especial, según tú, y así te trataré a partir de ahora.
La medicación, me sigue ayudando, créeme, así que ve retirando la denuncia. O al menos, la orden de alejamiento de cien metros.

Se han acabado las notas de cariño. Los mimos, que aunque fueran imaginarios, eran perfectos.
Se han acabado las llamadas a cualquier hora para desearte un buen día, una buena tarde o una buena noche.
Se ha acabado lo de rebuscar en tu basura, para coleccionar tus desechos.
Se ha acabado lo de enviar invitaciones para nuestra boda y que después tenga recibir las humillantes respuestas de tus amigos, preguntándome si estoy loca. Y más cartas de tus abogados y más denuncias.
La medicación, ayuda, en serio.

Se ha acabo mirarte y ver en ti, al Único, al Mejor, al Hombre de mi vida.
Eres uno más. Nadie especial, ¿verdad?, además en tu última película hacías de un desgraciado corrupto y alcohólico y bordaste el papel. Tal vez es lo que eres, por eso te salió tan bien.
Me equivoqué. Te lo digo, porque la medicación ayuda más de lo que imaginas.
No quieres ser mí ser adorado y adorable ser especial.
No quieres ser mí Todo.
Se ha acabado lo de ser presidenta de tu club de fans y no porque me hayan echado, sino porque ya no me da la gana.
Quieres que te haga formar parte de la nada, vulgar y mediocre, que reside en la multitud, pues que así sea.
Ocultaré uno de los tatuajes de tu cara, al menos el más visible, con vendas y esparadrapo.
Dejaré de mirarte como te miraba, porque así me lo has pedido, pero no pienso tirar la colección de tus películas, aunque no todas son tan buenas como crees, que tener un Oscar, no te exime de ser un actor mediocre.
Eres tan solo un hombre. No una estrella a la que adorar, ni un ser excepcional.

Y aunque ahora te escriba esta carta, desde el psiquiátrico donde has conseguido que me encierren, tan solo voy a añadir para finalizar y antes de que pasen los enfermeros para darme mi medicación, y para que veas que ya estoy casi curada:

-¿Vendrás a recogerme cuando salga de aquí, o tendré que ir yo a buscarte?

¡Quiero mis caramelos!




Esta mañana, cuando me he mirado en el espejo, he creído ver a otra persona. 
Esas arrugas no podían ser mías, estaba segura. 
Mientras las observaba en su reflejo más detenidamente, he acercado mis manos al espejo para quitar las imperfecciones de éste y así limpiar, lo que creía que creaba esos surcos antiestéticos en mi rostro y entonces, me he fijado en mis manos... ellas, también estaban enormemente envejecidas y ahí, no había reflejo, ni espejo que influyera en su visión.

Y he llorado...

He llorado como una niña pequeña a quien acaban de robar sus caramelos y nunca más volverá a recuperarlos.

sábado, 4 de febrero de 2012

El ladrón de rostros



Se decidió por el trabajo de repartidor de pizza, para robar expresiones y rostros y después plasmarlos. Y hasta ahora había sido una idea de lo más acertada.
 
Esas caras, acompañadas de un cuerpo, que se le presentaban al abrir la puerta, decían mucho más de lo que ellos imaginaban, aún queriendo ocultar cualquier tipo de emoción ante un simple repartidor. Eran horas en las que la gente se relajaba, horas en las que ya estaban por fin en casa, horas en las que la perspectiva de recibir la comida ya hecha y calentita en sus puertas, ayudaba a que debilitaran el rígido porte adoptado durante el día, para subsistir y sobrevivir, ante los demás y todo lo demás. Y esos rostros le decían tanto…
 
Les robaba sus facciones, sus miradas, sus tics, sus sonrisas y sus gestos, como si de un Jean-Baptiste Grenouille, se tratase. Y los plasmaba en sus acuarelas, en sus grabados y en sus cuadros. Se creía dueño de sus creaciones y al fin y al cabo lo era…

Maldito juego



Estaba esperando con una compañera del trabajo, buena amiga y lectora de este pequeño rincón, a que el reloj marcara la hora. Faltaban poco minutos para ello, así que para que el tiempo transcurriera más rápidamente, creé un juego.
Le dije:
-Dime cinco palabras.
Y ella a bocajarro, soltó:
-Encina, playa, horizonte, casa y viaje.
Le pregunté también, en que tono le gustaría un escrito y su respuesta fue:   
-En clave de humor.
Si soy sincera, cuando dijo esas palabras, le habría dado con el bolso en la cabeza, porque mi imaginación tiene un límite, pero como le prometí que algo escribiría y que además se lo dedicaría, ya me diréis como iba a salir de este embrollo.
Porque lo de una playa, casa o viaje, o incluso un horizonte, puede colar, pero ¿dónde meto una encina? ¡Además, en clave de humor!
Podría empezar con algo original (espero que se perdone la ironía) como: "esto era uno, que plantó un árbol enfrente de su casa, desde donde se veía el horizonte y su mujer, cuando volvió de viaje de la playa, le preguntó, qué que era ese árbol y el le dijo, "cansina", (ocultando para sus adentros "es esta mujer") y ella entendió encina y entonces... 
No... No hace gracia.
Y algo como: esto era uno, que cada vez que volvía de la playa, entraba en su casa con los pies descalzos y su mujer le decía, “Pepe, como vuelvas a entrar con los pies llenos de arena, te juro que te cuelgo de la encina del jardín y verás como tu horizonte se hace más interesante desde ahí con tanta bellota pa’ contar”. ¿Y si añado que el atuendo de la mujer era una bata, rulos y esto lo decía con la escoba en la mano, o digo que lo que llevaba en los pies "er Pepe" no era arena, sino roña...? No. Tampoco hace gracia.
Nada. Me rindo.
En serio, retiro la promesa y no vuelvo a jugar en mi vida a algo así.
Que difícil es, esto de escribir “por encargo”, aunque el “cargo” me lo haya impuesto yo misma para hacer que unos minutos pasaran más rápidamente.
Lo siento. Todos tenemos siempre algo de lo que después nos avergonzamos… en mi caso negaré ante cualquier tribunal, que esto lo he escrito yo. He dicho.


Dedicat a tu Victoria... mira que he suat per al final NO dir res!!
Gràcies pel teu somriure, per que riuràs, oi?!!

miércoles, 1 de febrero de 2012

"Notitas de la suerte"




En mis pantalones “made in Spain”, encontré, extrañamente, un trocito de papel con caracteres chinos y…

Liang, cosía y cosía sin cesar. Comía poco y dormía aún menos.
Su tiempo libre, era inexistente e incluso, para hacer sus necesidades, era cronometrada por un inhumano capataz, misógino y sin escrúpulos.
Futuro, esa bonita y esperanzada palabra para alguien que espera un mañana mejor, no existía para Liang. Para ella, el futuro, era simplemente, la llegada de un día tras otro.
Sus compañeras, esclavas como ella, de la codicia humana, tampoco eran de gran ayuda, para informarla de que existía otro mundo fuera de esa fábrica o para darle ánimos o consuelo, porque ellas mismas, eran una copia exacta de Liang.
Ella, que era menuda en exceso, cuando cosía los pantalones, la asustaban un poco, porque no entendía que pudieran existir gigantes así de enormes para endosar tamaña exageración de tela, pero aún así, los cosía con dedicación no impuesta.
Sus penurias, de todos modos, no la habían desviado del significado de su nombre “buena, excelente” y siempre que podía regalaba una sonrisa y su ayuda, a quien más la necesitara.

Una noche, que su cansancio y hastío, ganaron la partida y no la dejaron dormir, le vino en mente, escribir en notitas minúsculas, sentencias, como en las galletitas de la suerte.
Algunas, al principio, eran copias de las que recordaba haber oído alguna vez, otras, poco a poco, fueron surgiendo de su ilimitada imaginación pero limitada escritura, así que se dedicó a escribir palabras sueltas, que para ella, definían el total de lo que quería expresar.
Felicidad, bienestar, placidez, seguridad, salud, riqueza, dicha, amor, paz, descanso, certeza, fortaleza, energía, satisfacción, fueron escritas todas, acompañadas de un “para ti”.

Al día siguiente, cosió con sumo cuidado para no ser vista, en cada bolsillo que podía, una de sus “notitas de la suerte”. Pensó que con esa pequeña travesura, a partir de ese día, podría escapar de su triste monotonía.
Y también pensó, que era una manera sublime, de regalar a esos gigantes a los que les cosía, día tras día, esos enormes pantalones, una razón más para vivir y sentir, lo que ella jamás podría.


(gracias), Liang.