martes, 21 de febrero de 2012

A otra cosa, mariposa...






Entré en mi edificio y no recogí el correo del buzón. El motivo fue, porque ayudé a mi vecina de mi mismo rellano, Catalina, ya muy mayor para hacer la compra y entrarla en el ascensor o en su casa.

Si lo hubiera hecho, habría visto la nota de Alberto, invitándome a cenar en su casa, esa misma noche.

Alberto no sabe que yo no leeré esa nota, así que va a ir a comprar todo lo necesario para sorprenderme con un buen menú.

La tienda a la que va a ir, es de las más exquisitas y caras de la manzana, regentada por Giorgio, un italiano afincado en este país desde hace años. Giorgio, hace dos meses que ha cambiado de proveedor y su descontento crece exponencialmente, con cada producto que recibe de este inepto y con el que pronto, ha decidido, dejará de hacer transacciones comerciales.

El inepto en cuestión, tiene que introducir productos en sus ventas, que no son del todo legales y mucho menos de calidad probada, porque sus anteriores tratos con maleantes, lo han llevado a esa insostenible situación. 
Entre las exquisiteces, se encuentra una remesa de latas de caviar, que no han pasado tampoco el protocolo de sanidad y que su ingestión puede causar ceguera.

Entre las adquisiciones que está haciendo Alberto, se encuentra una de estas latas.

Juan, es el hijo de la vecina de Alberto y se pasa la vida en el rellano, en la escalera, en la entrada del edificio o en la calle, jugando a su dichoso video juego. Así que nunca se entera de quien sale o entra, y cuando lo saludan los vecinos, emite algún monosílabo casi imperceptible, para no tener que perder ninguna partida. Va siempre acompañado por su perro, Rufus II, así que son una pareja inseparable y siempre presente para los vecinos, que los aceptan pululando por todas partes, como si fueran los fantasmas del edificio,

A las 21:45h, Alberto desesperado me llama a casa para saber si ha pasado algo grave, ya que la cita era a las 21:00h, y sabe que soy muy puntual. Al saltarle el contestador, se preocupa soberanamente, porque es imposible que yo no haya avisado si no podía ir. A los cinco minutos su inquietud, vence su reticencia y sale de casa, para dirigirse a la mía y lo hace tan precitadamente que deja la puerta abierta.  

Yo, que tengo el teléfono en silencio y estoy en pleno baño relajante, sigo ajena a todo. Después, me espera una buena película, acompañada con algunos deliciosos canapés y algo de helado para acabar bien la noche de un viernes sin cita alguna.

Rufus II, que tiene un buen olfato, se separa por unos segundos de su dueño para ir a ver, de donde sale ese olor tan exquisito. No puede evitar, lógicamente, entrar en el apartamento de Alberto y meter el hocico en la cena, pero no come nada de lo allí expuesto y dejado con prisas. De repente, levanta las orejas y aferra con los dientes, una latita de caviar, medio abierta y huye del lugar, como un ladrón de bajos fondos.

A miles de kilómetros, el inepto en cuestión, averigua por las noticias apenas dadas en la radio de su nación, los efectos del caviar que él, por desgracia, también ha vendido y recuerda perfectamente, quien ha sido su único y agraciado cliente. La decencia gana la partida a la cobardía y entiende que no es momento para lamentaciones, sino, el de hacer algo correcto, por fin, en su vida y así, llama a Giorgio.

Giorgio, mientras conduce por el centro de la ciudad, recibe la llamada del inepto, avisándole del desastre inminente ante la ingestión de, tan solo una, de las latas de caviar. Acelera como un poseso, porque sabe que solo ha vendido una de esa remesa y a quien.
Cuando faltan pocos metros para que llegue hasta el edificio, un perro se le cruza y aún habiendo hecho a tiempo la maniobra de esquivarlo, cree haberle dado un pequeñísimo golpe. Giorgio, aun sabiendo que la prioridad siempre es la de una vida humana, no puede evitar parar el coche para comprobar si el perro está bien.
Rufus II, alentado por tanta humanidad, posa la lata en las manos de Giorgio. 
El olfato, le había avisado de que algo no funcionaba del todo bien en esa lata, así que instintivamente, cuando fue casi atropellado se dirigía hacia el parque de la esquina para enterrarla.

Giorgio no puede creer en su inmensa suerte, mientras acaricia al can, aun sin entender nada de nada, -¿quien sabe?, igual se le cayó a Alberto de la bolsa y ese perro la robó-. Ahora lo único importante, es que todo ha ido bien y que la situación de peligro ha pasado.

En el mismo instante, que esto está sucediendo, Alberto, llega a mi casa y empieza a aporrear la puerta, mientras hace sonar el timbre una y otra vez. Cuando miro por la mirilla y lo veo en ese estado de nervios, abro la puerta consternada temiéndome mil y una situaciones de ciudad, que suceden más de noche que de día. Pero cuando me abraza agradecido, repitiendo obsesivamente, "menos mal que estas bien, menos mal que estas bien", pienso en que entre esas mil y una situaciones, me he olvidado la de la locura y la añado, por si sobrevivo a esta noche y a este loco.

Al final, el entuerto se esclarece y soy yo, la que disculpándome con todo mi pesar, lo incluyo en mi festín de viernes noche, con helado y todo, porque pienso compartirlo con él por haberme demostrado cuanto se preocupa por mi y tal vez, ya se verá, lo invite a pasar la noche conmigo.

Rufus II, vuelve junto a Juan. Éste, sigue jugando impasible con su video juego, inconsciente de lo que ha pasado a su alrededor esa noche, hasta que su madre, le grita desde el rellano, de entrar en casa y meterse en la cama o van a tener serios problemas, él y ese perro, viejo y tonto. Mientras obedece por fin a su madre y se dirige a su piso, ve la puerta de Alberto abierta y sin mediar palabra la cierra, piensa que ese vecino, que le cae tan bien, es un tremendo despistado y nunca se entera de nada.

Catalina, mi vecina del mismo rellano, que a su edad, tiene un sueño ligero, se entretiene esta noche mirando fotos. Una de ellas, le recuerda a mi, y piensa en como podría agradecerme mi amabilidad, cada vez que la ayudo a subir la compra.

Si ella supiera, la causa-efecto que se ha originado, gracias a esa ayuda



El efecto mariposa: Esta interrelación de causa-efecto se da en todos los eventos de la vida. Un pequeño cambio puede generar grandes resultados o hipotéticamente: "el aleteo de una mariposa en Londres puede desatar una tormenta en Hong Kong".



8 comentarios:

  1. Un texto perfectamente hilado. Te felicito por este encadenado de casualidades.

    Un abrazo Juji.

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    1. Gracias, Elena, por tu exquisito comentario. Me encanta, que te haya gustado.
      Un fuerte abrazo.

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  2. Me ha gustado ver esta cadena de causalidades tan bien descrita y además muy amena de leer. Tu atención hacia Catalina te salvo de una buena. Dejarse fluir por la vida y sus acontecimientos es lo mejor, ella es todo sabiduría...
    Un Placer Juji
    mj

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    1. Como bien dices, la vida es tan sabia... Si tan solo pudierámos ser conscientes en 0'01% mínimo, de lo que se crea a nuestro alrededor, con tan solo un pequeño gesto...
      El placer, es mío, mj. Gracias.

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  3. Potser les casualitats no són tals, potser ja estava previst en el teu camí que avui no era el teu últim dia,...potser no sóm tan lliures com ens pensem, il.lusos!!! De tota manera, encara que el destí existeixi, a mi m'agrada pensar que la meva vida la goberno jo,... l'autoengany a vegades resulta positiu per poder seguir el camí....
    Petons Victòria

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    1. Es clar, que la nostra vida la governem nosaltres... ejem... vols dir, Vitòria? Enganyen-mos :)
      Petonets!

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  4. Juji, este texto me ha recordado de alguna manera al "looping o bucle informático" (http://esquinainformatica.blogspot.com/2009/06/concepto-de-looping.html) o al proceso de saltar de un blog a otro hasta llegar aquí y comprobar que tenemos compañeros de aleteo comunes.
    Saludos.

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    1. Bienvenida, Alicia. Es un placer verte por aquí, porque como bien dices en tu blog: "Encontrar un aliado en medio de la nieve, ver las huellas de otro rompiendo la monotonía blanca, ayuda a seguir caminando, a continuar escribiendo" y creo que es esto, lo que al final, nos va uniendo.
      Un abrazo.

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