miércoles, 30 de mayo de 2012

En la quietud de la noche-Jueves literario




En la quietud de la noche... en la noche... la calma que...
Mejor que cierre la puerta de la habitación, que con los ronquidos de mi media naranja, no logro concentrarme para el relato.
Bueno, ¿por dónde iba?
En la tranquilidad de la noche...
¡Maldito reloj de pared! Que tic-tac más escandaloso tiene, será mejor que lo pare, o no va haber manera de empezar a escribir...
Perfecto. Ahora sí. Veamos...
En el sosiego nocturno que...
¡Lo que me faltaba! ¡El camión de la recogida de basura! Voy a cerrar la ventana, a ver si me concentro de una vez. Si supieran que hay gente que necesita escribir para el jueves, y que solo pueden hacerlo por la noche muy tarde, seguro que el ayuntamiento cambiaria los horarios para que... ¿pero que estoy diciendo?
A ver... he vuelto a perderme... concentración, concentración...
En la noche tranquila y...
¡Retruécanos! Ya se ha levantado el vecino del 4ºB, para el turno de noche. Que escandaloso es el condenado y que poca consideración tiene hacia los demás, será por la rabia de tener que levantarse a estas horas o porque...
¡Concéntrate!
En la nocturna y placentera quietud...
¡Maldito frigorífico! que ruido hace el cacharro, deberíamos platearnos lo de cambiarlo de una vez, de hecho el otro día...
¡Está bien! ¡Basta!

Lo siento NEO, pero este jueves, no puedo participar. 
No se me ocurre nada sobre "la quietud de la noche", porque la verdad, es que no tengo ni idea de qué es eso.




lunes, 28 de mayo de 2012

Oculta tu nombre





No se lo digas. Nunca le digas lo que piensas. Guárdate tus secretos para ti. Guárdate tus fantasías, tus opiniones contradictorias o dudas. Nunca dejes que sepa lo que podrías decir, sorpréndelo con un dialogo inesperado. Nunca dejes que vea toda la realidad al desnudo, enséñasela a trazos, con pinceladas aquí y allí.


Y nunca le digas tu verdadero nombre.

Engáñalo siempre ¿Acaso no lo ves? Él necesita mentira tras mentira, para poder seguir logrando su objetivo y su verdad, necesita seguir pensando que aunque existes, él solo te conoce por haberle hablado otros de ti.

No le defraudes, en el fondo sabes perfectamente, que si él se comportara como uno más, tampoco lo amarías tanto, como para apartarte de su lado. 
Estáis hechos el uno para el otro, créeme. 
La locura os acompaña y envuelve, uno no puede existir sin el otro, aunque jamás podáis coincidir.

El nombre de él: Valor.
El nombre de ella: Cobardía.

Y ella, siempre tendrá que seguir mintiéndole y ocultándose, para que él pueda seguir ponderando su nombre a los cuatro vientos, con osadía y tesón.

miércoles, 23 de mayo de 2012

El diagnóstico





Hice lo que hice, inicialmente, porque cuando salí de la consulta del médico y tras la noticia de que me quedaban tan sólo tres meses de vida, de repente todo dejó de tener sentido.
Saqué de mi armario todos los esqueletos a modo de liberación y venganza, porque si la mala suerte había querido que me fuera tan pronto de esta vida, desde luego, antes de desaparecer, me llevaría la satisfacción de ver sus caras ante mis confesiones.
A Juan, le confesé compungida, para hacerle ver que lo sentía muchísimo (aunque no era cierto, claro está) que había sido yo quien había envenenado a su esposa, para hacerle la vida más placentera, aunque la verdad, es que me caía tan mal que ya no podía seguir tolerándola en nuestras reuniones de amigos.
A María, que era yo la amante de su marido y no su vecina, como le había hecho creer durante años.
A Pedro, que era adoptado, que todos los sabíamos menos él y me parecían ridículo que se las diera de aristócrata, cuando había sido recogido de la calle por el mayordomo de sus padres adoptivos a modo de regalo y para su diversión.
A mi marido, que era lesbiana de corazón, aunque me hubiese tirado a su mejor amigo, a su hermano y a su tío Alberto y que siempre había deseado morir entre los brazos cálidos de una mujer y no en los de un hombre, y desde luego no entre sus brazos peludos y repugnantes... 


Y así seguí durante días, confesando una tras otra a todos mis fechorías, destrozando vidas por doquier sin remordimiento alguno, creándome enemistades eternas y denuncias sin pruebas para la acusación formal, hasta mi nueva y ultima visita al doctor, para ver si mi enfermedad terminal se había acelerado...



Tuve que matarlo. Era lo justo. El muy desgraciado me comunicó, riendo como un poseso, que se había equivocado de diagnostico y que iba a vivir hasta morir de vejez, sin dejar de repetir, que había tenido una inmensa suerte...  

lunes, 21 de mayo de 2012

Hambre




Había pasado tanta hambre en los tiempos de posguerra, que el recuerdo lo seguía persiguiendo y atormentando.
Y por su pasado infortunio, se guardaba siempre un trocito de pan, antes de salir de casa, en el bolsillo del pantalón, a modo de talismán.
Y lo hacía, aún hoy en día, que era inmensamente rico, sin dar justificación alguna, ante los que se reían veladamente, de su inexplicable y absurda excentricidad

sábado, 19 de mayo de 2012

La fealdad y su belleza





Te miro y no dejo de pensar siempre eso de: “Pero mira que eres feo y aún así, como que me gustas…”

Todo retorcido y extraño, con ese color marrón, cubierto por ese lacado transparente que no consigue ocultar tus defectos. Con esas formas imposibles y ese pie de metal que te incrustaron para mantenerte decorosamente erecto. Creo que eres la cosa más fea que he visto en mi vida, y aun así, como me gustas. Cada vez que poso una vela en tu otra artificial silueta metálica incrustada en tu parte superior, para este fin, me deleito observando tu fealdad y el éxtasis me confunde: ¿cómo una raíz de un árbol, puede ser tan sumamente horrorosa y bella a su vez?

Aún recuerdo el día en cuestión.

Presentación de una obra pictórica de una reconocida artista alemana, yo, toda puesta en mi papel de interesada, porque sencillamente, la obra en sí no me gustaba, demasiado abstracta y negra para mi gusto, pero no está bien, si te han invitado con ilusión, ser maleducado con tu desinterés, porque sé que cada artista pone lo mejor de sí mismo para apaciguar a sus musas. 
Al cabo de un tiempo prudencial, me abstraigo en mis pensamientos, porque mi hipócrita sonrisa de deleite empieza a resentirse y decido ir a la sala adyacente para tomarme una copa de champagne. Entre canapé y canapé y sorbitos a mi copa, apareciste tú.

Estás encima del impoluto mantel blanco, en un rincón de la mesa, con tus dos velitas blancas encendidas y me enamoro de ti. Que cara estaría poniendo en esos instantes y como te miraría, que alguien se acercó a mí y me preguntó en un castellano muy forzado, si eras tú el objeto merecedor de esa mirada. Abstraída, con las lucecitas que te envolvían aun más en ese alo de horrorosa belleza, contesté "que sí, que eras tú y solo tú, el merecedor de mi reconocimiento".

No lo sabía, pero quien había hecho la pregunta, era la madre de la artista. Me dijo que te había creado su hija, que te vio un día paseando por el campo y pensó en ti como en un bello portavelas (y no se equivocó). Se fue sin mediar alguna palabra (estos alemanes son así de escuetos) y yo seguí allí contigo, porque era el único lugar donde deseaba seguir estando en ese instante. 
A los pocos minutos, alguien posó su mano delicadamente en mi hombro, haciéndome salir de mi ensimismamiento: Era la artista.
Apagó las velitas, te retiró de tu improvisado pedestal y te ofreció a mí, diciéndome:

-Te lo regalo. Sabía que algún día alguien captaría su belleza, como me pasó a mí, a través de su fealdad. Creo que lo hice para ti.

No supe que decir, mientras te posaba en mis manos, y yo te aferraba con dificultad, más que nada porque aún tenía entre las mismas, la copa de champagne y un canapé, y te recuerdo también, que tu peso no es nada nimio.

Salí de allí, sonriendo e inmensamente feliz, por lo apenas sucedido, aferrándote como a un tesoro valiosísimo ¿recuerdas?

Así que creo, que algo de vida debe de quedar aún en tu interior, si después de varios años, aquí sigues y cuando te miro, siento y pienso siempre lo mismo: ¡pero que horroroso eres, pero como me gustas!


jueves, 17 de mayo de 2012

Pacto con el Diablo-Jueves literario





Por favor, señor Lucifer, compórtese. Firmo este contrato si deja de echar humo por esas posaderas peludas, si deja de echarme ese aliento que sabe a diablos (usted se ha buscado el insulto solito) y si es tan amable, de dejar ya de impresionarme y gritarme con esa voz ronca de "camionero-carajillero”.
Ya le he dicho que se quede con mi alma, que a mí no me sirve de nada, pero, que lo que sí quiero es que ¡por Dios! (¡uis! perdone, se me ha escapado invocar a la competencia) bueno… a lo que iba: Que se quede con mi alma, pero ¡que a cambio me de la llave de casa, que yo no llamo más al maldito cerrajero, que van tres veces este mes! 




Más pactos, en casa de otro Demonio: Gustavo

miércoles, 16 de mayo de 2012

El hipocondríaco





Mi marido era un hipocondríaco, así que para poder convivir con él, aprendí a tratar sus imaginarias enfermedades como se merecía, o sea, con los efectos placebos que exigían sus dolencias.

A veces, harta ya de tanta tontería, me divertía relatándole las contraindicaciones, del prospecto imaginario que había creado ese día, para darme una satisfacción. "Que si para tomar esta medicina tienes antes que ducharse dos veces con agua y unas gotitas de limón y sal", "que si para que haga efecto, tienes que llevar un pañuelo con cuatro nudos en la cabeza durante todo un día", "que si para que te cure de verdad, tienes que contar mil veces hasta cien, hasta que notes cansancio vocal y mental"... y así, hasta la infinita y saciante diversión, que me inspirara mi humor o mi cansancio.

Un día, dejó de quejarse. Dejó de imaginar que era un imán para cualquier enfermedad. Y dejó de amargarme la existencia con tantas tonterías, porque no sé que guru le habló de eso de “mens sana in corpore sano” logrando un cambio en su vida increíble...  y a los tres meses falleció. 
Le hicieron la autopsia concienzudamente, pero nada se halló. Me dijeron que había muerto por causas desconocidas.

Y entonces, pasé a ser yo la hipocondríaca. Porque nunca dejé de cuestionarme, si no se fue, porque mientras se creía un enfermo, su cuerpo luchaba por la vida día a día y cuando creyó que estaba sano, su cuerpo se relajó, abandonando sus defensas.

A mis noventa y cinco años recién cumplidos, sigo sin darle un sentido a su desaparición, mientras combato millones de enfermedades que me acechan cada día, para no acabar, por si acaso, como mi difunto marido.

domingo, 13 de mayo de 2012

El buen tabernero





Seria perfecto si pudiera decirle...

Te doy las gracias, por esa velita siempre encendida, encima de la mesa, para regalarme relajación, belleza y suave luz. Te doy las gracias, por esos manjares, que siempre preparas solo y exclusivamente para mí. Te doy las gracias por tu recibimiento, siempre acogedor, sincero y entusiasta. Por preocuparte de mi bienestar, por escucharme, por estar siempre ahí. Te doy las gracias, por tus sabios consejos, por tu savoir faire, por tu dedicación a mi causa, sea la que sea, según el día y mi humor. Eres el mejor hostelero que he conocido... y aunque me cuesta un dineral mi adicción a tu restaurante, vale la pena ser tu cliente.

Pero...

La realidad, es que no hay velita, sino un fluorescente que ilumina intermitentemente mi plato, fastidiando mi relajación y mi visión. No hay manjares elaborados y mucho menos, cocinados en exclusiva para mi. Ni te mira cuando entras, porque está ocupado gritándole al camarero de turno. O sea, que lo de explicarle mis problemas cotidianos o aceptar los consejos de un tabernero así, ni bajo tortura lo haría. No le doy las gracias de nada, es más, le pediría el libro de reclamaciones, si este bruto, supiera lo que es. Es el peor tabernero que jamás he conocido y estoy plateándome muy seriamente, lo de pagar a alguien para que le de alguna lección de buenos modales y empatía (aunque esta última no se aprende, por mucho que pagues)
Aun así, el muy desgraciado, me tiene pillada y totalmente a su merced, con sus chuletas de ternera, sus arroces y su buen pan y buen vino. 

viernes, 11 de mayo de 2012

Conseguido




He vuelto a ver tu rostro iluminado por una nueva ilusión y me ha inundado una inmensa paz... tal vez, esta vez, sea la buena. Sueños rotos, una y otra vez, me repetías siempre. Hastío de tanta lucha para alcanzar objetivos que siempre acababan en nada. Desazón ante tanta mala suerte combinada con sudor y alguna lágrima. Sin tregua alguna, decepción tras decepción, te fuiste apagando, año tras año, escondiendo tu dolor, tu desesperación y tu alma rota a los demás, para no demostrarles que eras un ser vencido.

Y ahora me dices, que vuelves a tener un sueño, un nuevo sueño por realizar, en el cual crees y al cual ves posibilidades. Y yo te aplaudo, te sigo, te apoyo y creo en ti... porque volver a ver tu rostro iluminado, juro que me inunda de una inmensa paz... porque yo, al contrario de ti y reconociendo que nunca he sufrido como tú, pero también, con muchos sueños rotos en el cajón, nunca he dejado de creer en que algún día los conseguiría uno a uno... poco a poco...

De hecho, uno de ellos, era volver a ver tu rostro iluminado por una renovada ilusión y lo he conseguido.

lunes, 7 de mayo de 2012

El corrector




No soporta el silencio y pasear por las calles de su ciudad, es la única manera que ha encontrado, de obtener equilibrio y calma. Y lo hace, entre el tumulto y la agitación, caminando por las calles, sucias y grises pero falsamente alegres y coloridas, viendo a sus gentes frenéticas y estresadas, oyendo el incesante y ensordecedor ruido.
El caos, es lo único que le suministra calma.
Ama escribir. Y lo ha intentado con toda su alma. Y jamás ha logrado posar una idea y expresarla con palabras. Se bloqueaba. Carece de inspiración. Carece de imaginación. Así que, ha acabado siendo "el corrector". El corrector de las historias y de la imaginación de los otros.

Sabe porque no ama el silencio: le recuerda el silencio de su mente ante el intento de crear y ser incapaz de ello.

sábado, 5 de mayo de 2012

Hasta el último aliento




Se me ensancha el corazón, cuando me llegas a casa con las manos agrietadas, con la espalda encorvada, con el pelo alborotado y sucio, pero siempre con una sonrisa dibujada. A veces el dibujo se deforma con el cansancio, pero sigues manteniéndolo, suceda lo que suceda.

No tuviste una buena infancia, de hecho esa palabra la conociste años más tarde, cuando yo te lo pregunté. Mi Manuel, que tuviste unos padres que te usaron para aportar el pan de cada día, como a todos los miembros de la familia, tuvieran la edad que tuvieran. Tampoco fuiste a la escuela. Durante años, no conociste otra rutina que no fuera, como me contabas con los ojos empañados, la de levantarte a las cinco de la mañana, comer algo, ir al campo, comer algo, seguir con tus tareas campestres, comer algo y acostarte.
Aún rodeado de bestias, ya fueran animales o humanos, te fue naciendo en tu interior, sin entender de donde te venia, un ansia irrefrenable de conocer mundo, de entender las cosas y de aprender, que no podías compartir con nadie. Pero, luchaste contra todos y todo y el día que cumpliste veinte años no pudiste más y cogiste dos camisas y un pantalón, puestas sin miramientos en una bolsa de plástico y te fuiste por fin y para siempre, de ese lugar al que nunca pudiste llamar hogar, dejando también tras de ti, a esos seres a los que nunca pudiste llamar familia.

Mi Manuel. Mi amado Manuel, sufriste también lo indecible cuando llegaste a la ciudad. Pasaste hambre, pasaste frío y pasaste mil y una humillaciones, que se sumaron a las vividas hasta entonces, pero aún así nunca cejaste en tu empeño de construirte, poquito a poquito, un porvenir diferente al que habías conocido hasta entonces.

Yo, por aquel entonces, me iba cada tarde, a construir e imaginar otros mundos, entre los libros. Porque mi situación, aunque era mucho mejor que la tuya, tampoco era para saltar de alegría. Cuando te vi entrar en la biblioteca la primera vez, me pareciste un pajarillo asustado y desvalido.
Y me enamoré.
Nunca había visto a nadie tocar un libro como tú lo hacías. Exhalabas tanta felicidad que contagiabas a los de tu alrededor. Algunos, cuando te ibas, cogían el libro que habías tenido entre tus manos para investigar y curiosear, que texto o trama habían obrado tal milagro.

Al cabo de dos semanas, por fin, un día me senté a tu lado para poder oler tu cuerpo, sentir la alegría con la que impregnabas toda la sala y de alguna manera, iniciar algún tipo de conversación. Tuve la ocasión perfecta cuando comprobé que tenías entre tus manos un libro que yo ya había leído. Así que te lo dije y al preguntarle si te estaba gustando, por que pasaje pasabas o cual preferías, tu sorprendente respuesta llegó en un susurro, el cual contenía una emoción queda y desesperada, que me desbordó de pena y a la vez de admiración. Me dijiste: “No se leer”. 

Semanas más tarde me confesaste tu amor y yo sin mediar palabra te abracé y besé sabiendo que tú, eras el significado de la palabra amor.
Al día siguiente ya vivíamos juntos en mi pequeño apartamento.

Te enseñaba a leer, pasito a pasito, como decías siempre y construíamos, sin cesar, un castillo de amor, que diariamente alimentábamos con sueños y alegría.

Ahora, cuando escribo esta carta, llevamos ya dieciocho años juntos y sin separarnos ni un solo día. Y tú, mi Manuel, el niño que antaño nunca conoció el cariño ni la educación, ni un solo día has dejado de abrazarme, de sonreír, de amarme, de besarme, de aprender, preguntar e informarte. Ni un solo día, has dejado de trabajar para seguir construyendo más castillos, blancos y dulces, llenos de amor.
Y ni un solo día has dejado que mis sueños se ahogaran por las penurias económicas que a veces hemos tenido que sufrir, porque como siempre me dices: “Tú, mi vida, tienes que seguir luchando por tu sueño, porque yo ya conseguí el mío, el día que te conocí”.

Y yo, ahora te escribo, que mi sueño, amor mío, eres Tú. Y si sigo escribiendo novelas, relatos, poemas y cancioncillas, con las cuales a veces tan solo gano para pagar la luz o el agua, es por ti, porque se que te llena de orgullo pensar que con tu esfuerzo, logras que yo sea feliz. Pero nada más necesitaría en esta vida, amor mío, que seguir a tu lado hasta el último aliento.

El día que lo logre, porque como tu dices siempre, lo lograré, ese día, amor mío, seré yo quien te regale la luna, quien no dejará que uses más tu gastado cuerpo para trabajar y cuando veas en las librerías y bibliotecas mis libros, creados, imaginados y logrados gracias a ti, ese orgullo que sentirás no será nada comparado con el orgullo que siento yo, de tenerte a mi lado.




He pasado unos días, ayudando a una amiga a hacer el traslado a su nuevo y bello hogar. La casa, había estado cerrada durante muchísimo años y perteneció a una escritora famosa, cuyo nombre no voy a revelar, a la cual le llegó la fama y reconocimiento, a una edad tardía.
Encontramos esta carta, entre los cientos de escritos que contenía el baúl que hallamos en el desván. Estaba en un sobre cerrado, donde ponía: “Hasta el último aliento. 1967”
Añadiré, como dato extra, que la famosa escritora murió en agosto de 1988 y que su marido, la acompañó, en ese desconocido viaje que todos tenemos que emprender, un mes después.

Algo así, me ha hecho seguir creyendo en el ser humano. Y me ha parecido que era una excelente idea compartirlo, en homenaje a la vida, a los sueños cumplidos y al amor.
  

martes, 1 de mayo de 2012

La abuela "canguro"



Había una vez en un país, muy, muy lejano, un…

-¿A qué latitud, abuela?
-¿Latitud? ¿Y yo qué sé de esas cosas, Carlitos? Lejos, hijo, muy lejos. Deja que siga, a ver si esta noche te duermes antes de que lleguen tus padres.

Había una vez en un país, muy, muy lejano, un príncipe que…

-Abuela, ¿qué tipo de príncipe?, ¿uno moderno que va a la universidad y vive bien y sale en la televisión cuando va a esquiar o a navegar?, ¿o uno de esos antiguos con corona y todo?
-Pero, Carlitos, ¡qué tonterías dices! acabo de empezar y si me interrumpes a cada palabra no voy a poder contarte el cuento, así que calla y escucha…

Había una vez en un país, muy, muy lejano, un príncipe que buscaba a su princesa ideal para…

-Abuela, abuela, ¿una princesa de esas que se emborrachan y salen en las revistas o una como Blanca nieves?
-¡Dios mío, Carlitos! Es un cuento. Un cuento de los de antes, hijo, así que imagino que es un príncipe con corona y una princesa como Blanca Nieves, ¿vale? Y no me interrumpas más.

Había una vez en un país, muy, muy lejano, un príncipe que buscaba a su princesa ideal para poder gobernar juntos su reino…

-Oye abuela, ¿y por qué no ponía un anuncio en el diario o en Internet, como hace todo el mundo, para buscar pareja?
-Hijo, ¡pero si aún no existían esas cosas raras de ahora! ¿Quieres dejarme seguir?

Había una vez en un país, muy, muy lejano, un príncipe que buscaba a su princesa ideal para poder gobernar juntos su reino… Su más fiel guerrero…

-Abuelita ¿un guerrero como el del videojuego “Assassins” o uno como…?
-Carlitos, hijo, no sé de que me hablas, pero tienes que dejar de interrumpirme o te vas a la dormir sin cuento. Tú decides.
-Vale, abuela, ya me callo… sigue, por favor.

Había una vez en un país, muy, muy lejano, un príncipe que buscaba a su princesa ideal para poder gobernar juntos su reino. Su más fiel guerrero, tenía una hermana que…

-Abuela, ¿una hermana “molona” que haya ido a un programa de televisión para hablar de quien fue su novio famoso, como la de Juan, que fue a explicar lo de ese futbolista o una hermana como…?
-Vale, Carlitos, te has quedado sin cuento…


¡¿Pero qué les enseñan a los niños de hoy en día?!