martes, 27 de noviembre de 2012

Intimo valor





Hace unos días, alguien me dijo, que el manido valor que se le daba al amor, le asqueaba... me entristeció su postura, pero aunque acepté su opinión, no pude evitar contarle un cuento… un cuento de amor:


Cuando lloro, me acaricia el pelo, mientras me tiene entre sus brazos, susurrándome palabras de sosiego.
Cuando río, me acompaña en la risa, sin dejar de mirarme y regocijarse con mi alegría.
Cuando estoy triste, intenta averiguar que me produce esa tristeza para paliarla con comprensión y ternura.
Y cuando me caigo, siempre está a mi lado para darme su mano y curar mis heridas, ya sean simbólicas o no…
Cuando estoy enfadada, nunca con él, sino con el mundo, dibuja en la realidad que yo veo gris, tonos violetas y celestes, y así se mitiga mi enfado y puedo volver a mirar con otros ojos, aquello que me ha disgustado.
Cuando toso y tengo fiebre, me prepara una sopa, de esas que te consuelan el alma y se queda junto a mí, procesándome cuidados con sabor a hierbabuena.
Y cuando olvido alguna cita, él me la recuerda con antelación para que nunca llegue tarde…
Cuando llueve y me mojo, porque sabe que me gusta jugar con la lluvia a modo de liberación infantil, en cuanto cuando llego a casa, me tiene una toalla preparada, calentada previamente, con la que me seca con una sonrisa y un leve reproche por mis travesuras nada adaptas a mi edad.
Y cuando voy a cruzar la calle, me aferra en el último instante, porque con lo despistada que soy, nunca veo el cambio de color del semáforo…
Cuando le hablo de los sentimientos que me albergan, intensificándolos desmesuradamente, me escucha atentamente y acepta mi estado hormonal con total, absoluta y estoica comprensión.
Cuando va a hacer la compra, siempre cuela en la lista algún extra que sabe que me apasiona, aún sabiendo que es completamente superfluo para mi alimentación y solo uno de mis tantos caprichos, ocultándolo traviesa y divertidamente en el fondo de la bolsa.
Y cuando no sigo los pasos que me ha repetido hasta la saciedad, para que ningún virus entre en mi ordenador y le digo consternada eso de "mi ordenador está roto", nunca pierde la paciencia, mientras soluciona las cientos de trastadas informáticas que he creado con mi inconsciencia cibernética…
Por todo lo relatado y mucho más, cuando por las mañanas me levanto, cuando aún no ha vuelto el sol de su descanso nocturno y la luna se resiste a partir, lo miro mientras duerme y en ese instante, me embarga un amor inmenso e infinito y una felicidad sin límites de ser su amada esposa y entonces le beso la frente, le deseo mentalmente un feliz día y salgo de casa sintiéndome una persona afortunada... y una hada.


Le dije a mi interlocutor, que esto era también el amor… y éste, un simple cuento… y abrazándolo con cariño, le dije, adiós. 


sábado, 24 de noviembre de 2012

Pequeños despistes






Se puso la camisa, se maquilló, y se perfumó, todo ello con sumo esmero, ya que la cita lo merecía. Hacia meses que ese hombre le gustaba y ahora, por fin, habían podido concertar una cita. Cuando la llamaron por teléfono, se demoró con la conversación y cuando comprobó que quedaban pocos minutos para poder llegar a la cita a tiempo, despistadamente se puso el pantalón con rapidez, se dio un ultimo vistazo y salio por la puerta como un rayo.
Cuando al final de la noche, él le propuso una última copa en su casa, ella ruborizándose y odiándose por su despiste, recordó que llevaba puestas las Bragas, no las braguitas de encaje, las sexis, las que se endosan para una primera cita, sino las Bragas, con mayúsculas, esas que se llevan a veces en casa, esas a las que se les tiene un especial cariño, desgastadas y súper cómodas, pero que nunca se mostrarían ante nadie, ni bajo tortura. Así que usó para salir del paso, una estúpida frase que había oído en alguna que otra película americana, con la cual no estaba en absoluto de acuerdo y con la que se sintió diciéndola totalmente abochornada: “No está bien acostarse en la primera cita”.
A él, ese rechazo le pareció tremendamente anticuado y pueril, pero a la vez, interesante y sugerente y le propuso volver a verse al día siguiente.
Al día siguiente, en su segunda cita, él, cuando al final de la noche, se percató del “pequeño despiste” que había tenido por haberse puesto sin darse cuenta los Calzoncillos, sí, sí, también en mayúsculas, esos tan  horrorosos, que le había regalado su madre para Navidad, con dibujos de corazoncitos y flechas de color rosa, y viendo que ella estaba más que preparada para tomar “la última copa” en casa de uno de los dos, lo único que se le ocurrió fue decirle: “te respeto demasiado para tener sexo en nuestra segunda cita”.
A ella, ese aplazamiento, le pareció tremendamente anticuado y pueril, pero a la vez, interesante y sugerente y le propuso volver a verse muy pronto.
A la semana siguiente, en su tercera cita, ninguno de los dos llevaba ropa interior… ¡ups, que despiste de nuevo…! ¿O no?


miércoles, 21 de noviembre de 2012

Buenas ideas







Intento ser un buen empresario, aunque no sé por qué, nunca logro que una de mis empresas tenga éxito.
Una de las primeras que creé, consistía en la venta de nubes. Las vendía a un euro. 
Pero en cuanto hacia la venta, el cliente se quejaba de que su apenas adquirida nube, ya había desaparecido, o cambiado de forma o se había unido con otras, creando un caos, entre los propietarios de esas movibles adquisiciones.
Tuve que cerrar el negocio.

Yo sigo en mi empeño, porque nadie va a quitarme la ilusión de seguir llevando a cabo mis geniales ideas empresariales, de hecho, la próxima va a ser algo sonado y que de nuevo -que extraño- a nadie más se le ha ocurrido...



viernes, 16 de noviembre de 2012

Re de La Mirada





Lleva tanto tiempo ahí colgado…
Siempre me mira cuando salgo afanosamente, cerrando la puerta tras de mí con un golpe, erizando el vello de mi nuca, sintiendo su desaprobación por mis inadecuados modales. Y siempre, inquisitivamente, me observa, cuando entro, escudriñando mi semblante en busca de pruebas que denoten como me ha ido el día.
Lleva tanto tiempo ahí colgado…
Nunca me he atrevido a descolgarlo, a cambiarlo de sitio, a anularlo de mi vida enterrándolo en un desván.
Nunca.
Él me posee y me aterroriza como cuando era pequeña y a la vez, me da seguridad, porque por mucho que cambien las cosas, él sigue ahí, protegiéndome de las novedades insidiosas que pueda darme la vida, y recordándome, que el tiempo es efímero para todos… para todos, menos para él.
Lleva tanto tiempo ahí colgado…
Sé que es un pariente lejano, aunque no recuerdo de que rama, tampoco cual era su oficio y mucho menos, cuál fue su historia. Tan solo sé, que ha presidido la entrada de esta casa desde siempre y así seguirá haciéndolo, porque no seré yo la que lo desahucie de su pedestal, de ese mirador particular, del cual nadie ha osado deponerlo.
El marco, inmenso y decorativo, con sus filigranas doradas, no luce, no llama tu atención, porque la atención, toda la atención, es un privilegio y un déspota requerimiento que tan solo su porte y su mirada, acaparan sin concesiones.
Tal vez un día, logre abstraerme de su influjo y logre mantener su mirada y tal vez, también, un día, pueda reírme de él y lacerarlo mecánicamente con mi burla y  un martillo, y así hacerlo desaparecer para siempre.
Pero por ahora, ese día, aún no ha llegado y es que… Lleva tanto tiempo ahí colgado.

jueves, 8 de noviembre de 2012

El portador de las llaves






.-"Soy el portador de la llaves. Y con orgullo relataré esta historia acaecida años ha, para que tú que me escuchas, recuerdes. El portador de las llaves sabe siempre a quien tiene que narrar lo que sabe y que llave para abrir tu corazón debe emplear".


El día había sido realmente duro. Más despidos en mi empresa y más rostros desesperados, de amigos y colegas, a los que no sabes que decir, cuando tú sigues ocupando tu silla. Así que cuando llegué a casa esa noche, no me apeteció estar solo y decidí, darme una ducha, ponerme ropa más cómoda e ir a comer algo a "Alfredos & Mery".
En "Alfredos...", siempre me sentía a gusto. Hacía años que frecuentaba este pequeño restaurante y nunca me había fallado. No sé si por su decoración, por el trato pacato y amable de los dueños, por sus deliciosas chuletas, o porque siempre que iba, mi rincón, con su mesa y sus dos sillas, separado por una estilizada viga de madera y unas bellísimas plantas, estaba vacío como si me esperara, como si fuera mío. Mi rincón, era pequeño y acogedor y aunque cueste creerse, muchas veces me sentía más a gusto ahí que en mi propia casa.

Estaba en medio de mi chuleta, cuando oí a alguien, con voz ronca y cadencia melodiosa, decir:

-"Soy el portador de la llaves. Y con orgullo relataré esta historia acaecida años ha, para que tú que me escuchas, recuerdes. El portador de las llaves sabe siempre a quien tiene que narrar lo que sabe y que llave para abrir tu corazón debe emplear".

Me gustó tanto que sonreí, pensando, que tal vez, esa noche, les había tocado el borrachín de turno. Pero seguí con mi chuleta, tranquilamente, porque sabia, que los dueños, saldrían a bien de cualquier situación embarazosa, con su educación y buenas maneras.
Volví a oírla, cuando mi chuleta acababa de desaparecer del plato, así que no pude reprimirme más y me levanté con disimulo para poder ver a través de mi acogedor escondite.

Era un anciano, exquisitamente vestido y con aires aristocráticos, así que mi imagen de borrachín parlante y molesto, se evaporó en un segundo y con un impulso irrefrenable, me presenté y le pedí permiso para sentarme en su mesa, preguntándole en un educado arrebato, del porqué de su repetitiva frase.
Él, sonriendo me dijo: -“una historia de amor, jamás debería ser olvidada, ¿no cree? Yo soy el portador de las llaves, de las llaves de los corazones que por alguna razón no pudieron abrirse en su momento. Ese es mi cometido y esta, señor mío, es una historia que por alguna razón, en cuanto lo he visto entrar por la puerta, he sabido que debía contarle. ¡Oh! Se lo ruego, abra su mente antes de juzgarme o de juzgar aquello que voy a relatarle y si le parece bien, hagamos que nuestros amables hosteleros nos sirvan un café, antes de empezar...

Hoy es el día. Hoy por fin podrá decirle lo que piensa de ella y si aún, por pudor o decencia en su rol asumido y asimilado durante muchos años, no encontrara la forma de decir realmente todo, al menos, sabe que las fuerzas no le fallarán para decir, al fin y al cabo, lo único que importa: “me voy”.
Lleva seis duros años de su penosa vida, sintiéndose un mueble, un perro o un aliento. Años en los que cada noche, antes de cerrar la puerta de su habitación y de meterse en esa cama que tanto detesta, impreca y solloza ante su frialdad.
Ella, Duquesa y de gran estirpe, es el hielo, la displicencia absoluta, y así lo ha tratado desde el día en que entró en esa casa a servir, con total y absoluta indiferencia… como si fuera un mueble, un perro o un aliento.
Ha sufrido su mirada vacía y su esquivo porte, durante tanto tiempo, que, como ser humano, no puede tolerarlo más.


Hoy es el día. Hoy por fin, podrá decirle lo que piensa de él. Lleva seis largos años ignorándolo, tratándolo fríamente y con desdén, para que su progenitor, nunca pudiera percibir en ella el sentimiento de camaradería humana, la congoja de verse servida y nunca servir, la vergüenza de tener que demostrarse distinta ante los demás, ante él, la pena de tener que alternar su interior rico y bello, con su exterior hipócrita y altanero. Ahora, padre, se ha ido, porque su edad y su enfermedad han ayudado a ello y en su perecedera y eterna ausencia, ella por fin, podrá ser ella misma y tratar a sus iguales, como debe.

-¿Señora Duquesa, tiene un momento?
-Sí, claro, Matías, adelante, dígame.
Él desconcierto de él es mayúsculo, ante la musicalidad de su nombre pronunciado por primera vez por ella, aún así, aferrándose a su dolor y desdén sufrido durante años saca fuerzas para decir:
 -Me marcho.

Ella lo mira intentando ocultar su desconcierto, pero entiende que ya, es demasiado tarde para dar marcha atrás, no ahora, no con él y tal vez, jamás pueda, con nadie más… No, ahora no puede pensar, debe contestar como ella sabe, como la han obligado desde pequeña, como ha tenido siempre que hacer en presencia de sus padres y contesta:
-Muy bien, espero que deje su habitación hoy mismo.

Él se ha ido, por fin, con sus sueños bajo el brazo, pensando que se ha liberado de la peor y más fría mujer del reino.

Ella, se ha quedado muda durante el resto del día. Sabe porqué se ha ido y mientras cae una lágrima por su mejilla, decide que no está preparada para ser ella misma y que tal vez, de tanto ser lo que deseaban que fuera, ya no tiene fuerzas para cambiar las cosas.


Nunca me había sentido tan triste y tan extraño. De repente "me vi", en esa época, con esos sentimientos, con el corazón roto, no sé cómo pero, "sabia" que era yo el pobre infeliz que había abandonado a la duquesa. Sentí un escalofrío y a la vez un sudor frío y fui incapaz de articular palabra, mientras mi compañero no cesaba de sonreír amplia y satisfechamente.
Reconozco que verlo a él turbado, mirando hacia la puerta del restaurante cuando ésta se abrió, me regaló una ligera aunque efímera satisfacción, pero pudo más la intriga del porqué su rostro había cambiado tan súbitamente y me giré hacia donde estaba posada su mirada.
Era ella. "Mi duquesa". Era la mujer a la que abandoné por su frialdad.

Imagino que por la edad, por su temple, por la sabiduría o tal vez por la locura que este ser albergaba, fue el primero en reaccionar y lo hizo, diciéndome: “Matías, jamás me había pasado que en una misma noche pudiera abrir los dos corazones. Que extraño sigue siendo mi cometido y cuantas sorpresas me sigue regalando...”

Y de nuevo con su voz melodiosa, empezó a repetir lo que no hacia ni una hora, me había cautivado a mí, llamando mi interés y creando esta situación.

Ella, que por lo que pudimos aferrar, había entrado para que le prepararan algo de cena para llevar, se quedó petrificada cuando empezó a oír la voz de mi extraño nuevo amigo y se giró muy lentamente hacia nosotros.
Nuestras miradas se cruzaron, mientras en el aire revoloteaban las palabras de nuestro narrador, que no cesaba de repetir su estrofa, como si fuera un conjuro mágico. Y empezó de nuevo con su relato...

Ella, cautivada por la historia, se fue acercando a la mesa, como si un embrujo la hubiera poseído y yo, no pude remediar decirle: “tome asiento, señora duquesa”.
Percibí en ella el mismo escalofrío y sudor frío que yo había sentido y la así de la mano con dulzura, para infundirle valor. Sabía que ella también estaba "viéndose" como yo minutos antes, en el cuerpo de otro persona y en otra época, pero aceptando sin reserva alguna, que "esa" era ella y "esa", su historia.

Alfredo y su encantadora esposa María, nos invitaron amablemente a abandonar su casa-restaurante, a altas horas de la madrugada. El portador de las llaves, desapareció sin dejar rastro, pero no fuimos conscientes de que ya no estaba, hasta que nos levantamos para abandonar el local.

Trescientos años... y ahora, volvíamos a estar juntos y en igualdad de condiciones.

Nunca hemos podido explicar nuestra historia, total, tampoco nadie nos creería... de hecho, hasta a nosotros nos cuesta creer todo lo sucedido.

No hemos vuelto a ver al portador de las llaves, pero seguro, seguro, que alguna vez, tú, que estas leyendo esta historia y ansias el amor, vas a encontrarlo donde menos te lo esperes.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Apariencia engañosa





No pienso dejar que nadie lo sepa, lo intuya o lo note. 
Voy a seguir con mi pose, mirando a los componentes de este reducido grupo hasta que salgamos de este maldito ascensor, observando a unos y a otros con mi estudiada mirada inquisitiva, por su –supuesta- culpabilidad.

¡Si supieran que tras mi pose ensayada de señora de bien y mi altanería, estoy a punto de estallar de la risa!

Un “pedito apestosillo y sonoro” se le puede escapar a cualquiera, pero aunque haya sido yo, nunca dejaría que lo supieran estos peleles y trepas, del departamento de ventas –y estafas- de la empresa adyacente a la mía… así que ¡control! Que ya falta poco para el vigésimo piso.




Cotidianidad... ¿literaria?