martes, 26 de febrero de 2013

¡Torero!





La mirada impenetrable. 
El porte impecable. 
La paciencia, infinita. 
La mente receptiva. 
El recuerdo de otras veces, indeleble. 
La percepción del momento, cristalina.
Sin capote. Sin público. Sin aplausos. Solo ante el peligro.
Solo ante ella.

Durante minutos eternos para él y efímeros para ella, tan solo se oyen sus protestas, la controversia sobre derechos que cree pisoteados, y exige sin pudor y sin estupor contiendas sin rehenes, y constantes noches de luna llena sin estrellas.

Y él, impertérrito asiente. No habla. No se amilana.

Cuando acaba, ella sudando, se abraza a él con el corazón desbocado y lágrimas de arena. 
El monstruo que habita en ella ha sido de nuevo liberado y sacrificado… hasta dentro de veinte y un días. 
Y con la calma que se respira tras el tsunami, ahora sí, no puede más admirar a ese ser y gritar en silencio: 
“¡Torero!”

domingo, 24 de febrero de 2013

Saltarse las normas-Jueves/Domingo-literario





Padre, si tiene un minuto, creo que debería confesar algunas normas "de esas" que no entiendo y que me he saltado y salto a la torera... y sin capote…


Pereza. Confieso, ante todo, que esto de estar confesándome ante usted, me da una somnolencia terrible y mientras hablo, imagino que estoy en otro sitio, pero me han hablado del cielo y del infierno, y no se si con este último podría estar a gusto, ya que odio el calor. Usted ya me entiende, Padre. ¿Qué no me entiende? Pues, déjelo, y sigamos.

Ira. Confieso, que la rabia a veces me nubla la razón y que llego a odiar al  prójimo. Pero sobre todo, a quien odio con más ahínco, es a la inepta y estúpida secretaria de personal de mi empresa. Un champiñón sin cerebro de mujer. Sí, sí, Padre, eso de que hay que amar al prójimo también lo he oído, pero es que eso es una falacia, Padre, y Usted lo sabe, ¿o acaso Usted ama a un musulmán o a un judío, como a un cristiano?, ¿no sabe qué decir, eh? pues ahí tiene la respuesta.

Lujuria. Confieso que tengo pensamientos obscenos y pecaminosos cuando mi marido se pasea por la casa desnudo y mi deseo no es el de procrear sino el de derrochar sus espermatozoides una y otra vez. Si Usted supiera… cuando hacemos la posición del loto del camasultra, yo… No se me altere, Padre, vale, ya me callo, que no recordaba lo de sus votos de castidad.

Soberbia. Confieso, que cuando me toque la lotería seré una nueva rica, sin escrúpulos ni miramientos hacia los demás y añadiré una "s" con cadencia en todas mis palabras, la contengan o no. Y, siento decirle, Padre, que dar algo a su Iglesia, ya puede ir olvidándose, porque digan lo que digan, no creo que necesiten dinero, porque digo yo, que si tanta necesidad dicen tener, ¿por qué no van vendiendo algo de esos anillos y cruces de oro y piedras preciosas que ostentan siempre por ahí sus cardenales?

Envidia. Confieso que, siempre veo más verde mi hierba que la del vecino y que mi vaso siempre está más que lleno, por mucho que esté vacío. ¿Peco, entonces de ser yo, la creadora de la envidia de otros, Padre? Y si es así, ¿por qué tengo que pensar en cambiar mi forma de ver las cosas si el problema es la mediocridad de los demás? Dice, Padre, que se ha perdido… ¿quiere que vuelva a empezar?, mire que para una vez que me confieso, no voy a omitir detalles y quiero que le quede todo bien clarito para que pueda interferir por mí, con ese Dios suyo.

Gula y avaricia. Esta van juntas, Padre, así que confieso, que nada me atrae más que una buena mesa, servida con suculentos manjares y que si no pago yo el ágape, me saben muchísimo más suculentos. Y le digo, Padre, que nada tiene que ver lo de no pagar la comilona con que soy catalana, aunque vete tú a saber si influye…

¿Lo tengo muy mal, Padre? ¿Padre?, ¿sigue ahí? Padre, ¿dónde está?
¡Será…! ¡Hay que ver que susceptible!
Se ha ido sin darme la extremaunción… ¿O era el perdón?  Y ¿no tendría que darme algún certificado, algún resguardo, o algo que atestigüe que ya me he confesado?




¡¿Me habré saltado alguna norma más sin saberlo?! ¡Nah!



martes, 19 de febrero de 2013

La carta II





Hacía casi un año ya, y mi decisión seguía intacta. Después de aquella noche, había viajado por países, recorrido caminos, conocido a gente buena y  rozado el infinito… y aun así, nunca busqué en ello un cambio de opinión, sino la inspiración para ese folio en blanco que seguía persiguiéndome.
Tanto tendría que escribir en él, tanto debería expresar, que seguía colapsándome. Y si por fin lograba escribir esa carta de adiós, subyacía el problema principal: ¿a quién iría dirigida?
No buscaba la perfección, no buscaba a alguien especial a quien enviársela, y tampoco buscaba nada retorcido ni melodramático. Yo no buscaba ya nada… a esas alturas, tan solo deseaba encontrar esa inspiración que me ayudase a realizar mi último acto.

Cuando caía al vacío, desde el puente que minutos antes transitaba con aire distraído, solo tuve unos segundos para sonreír.
La vida es tan sabia e irónica. El accidente de diferentes vehículos se produjo en perfecta sincronía. El camión que con impulso desmedido me golpeó fue una jugada donde todas las cartas ganadoras me tocaron a mí… y mientras caía, recordé que en mi bolsillo izquierdo llevaba garabateado de W.H. Auden, parte de su “funeral blues”.
Detengan los relojes
desconecten el teléfono
Denle un hueso al perro
para que no ladre
Callen los pianos y con ese
tamborileo sordo
saquen el féretro...
Acérquense los dolientes
Que los aviones
sobrevuelen quejumbrosos
y escriban en el cielo
el mensaje...
él ha muerto.
Y mientras me adentraba en las aguas infectas y oscuras de ese río que acunaba mi inesperado ahora, pero por fin, último acto, pensé que esa nota, serviría. Sí, serviría.



Hace un año….

La luna, inmensa y blanca, dominaba todo el cielo, que esa noche, era estrellado y su luz, se colaba por la ventana abierta. La brisa marina, te acariciaba, filtrándose entre las cortinas, besando traviesa mi cuerpo casi desnudo. La destreza del servicio del hotel, lo había dejado todo impecable. No se oía ningún sonido que perturbara esa serena noche. Saboreaba mi Bourbon con deleite. Todo era perfecto para mi cometido.
Todo, menos mi carta de adiós. No lograba acabar de escribirla. No hacía más que rectificarla, mentalmente, una y otra vez. Y yo, me negaba a abandonar este mundo, con el último pensamiento puesto en una carta firmada con mi nombre, sin tener claro a quién iría dirigida y qué explicar en ella.
Era curioso. Mi decisión de suicidarme, había sido tomada meses antes, con total normalidad y serenidad y una vez aceptada, los preparativos, habían sido, como se suele decir, coser y cantar, pero llegado al último tramo, esta maldita carta de adiós, me estaba dando unos problemas completamente inesperados.
Estaba amaneciendo y mi carta, seguía siendo un folio en blanco. Decidí entonces, que de ninguna manera, iba a abandonar este mundo sin haber logrado la satisfacción completa en mi último objetivo, así que pospuse mi suicidio para la noche siguiente.

lunes, 11 de febrero de 2013

Cambios deseados





Como me ha cambiado la vida…
Ahora mis flores están siempre frescas. Mis sábanas siempre perfumadas. Mi reloj siempre en hora. Mis anhelos bien saciados. Mi despertar, plácido y alegre. Mis manos siempre abiertas. Mis miedos aniquilados. Mi rabia evaporada.
Mi mente, ahora es un cuadro: el marco es tu protección de amante; el lienzo, mi expresión al ser amada. Y cuando me paro a contemplarlo…
-¡Nena! ¡¿Dónde están mis llaves?!
-Cariño, están donde siempre las dejas… ¿podrías dejar de gritar que estoy leyendo?
-Pero si no te grito, es que cuando te pones a leer, parece que no me oyes y estás ida.
-¡¿Ida?! Pues no voy a decirte que pareces tú, con esa gorra y esa camiseta, de un equipo que nunca gana.
-¡Con mi equipo no te metas!
-Pues tú no lo hagas con mi lectura.
-Pues tú no te metas con mi equ….
-¡Dejémoslo ya!

Como me ha cambiado la vida…
Ahora, las mañana huelen a infancia. Las noches a caramelo. Los días a leche materna. Mi percepción del amor multiplicado, sigue aumentando, como se multiplican tus centímetros cada día que pasa.  
Mi mente ahora es un cuadro: el marco es mi protección de madre; el lienzo, tu rostro entre mis manos. Y cuando me paro a contemplarlo…
-¡Mamaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! ¡Que no quiero ir al coleeeeeeeeeeeeeeeee!
-Venga, cariño, que ya eres mayor para esos berrinches.
-¡Que nooooooooooooooooooooo! ¡Que ayer Miguel me dio una patada!
-Por favor, ponte la camiseta, que vamos a llegar tarde. Ya hablaré más tarde con Miguel para que no te dé más patadas, ¿de acuerdo, cariño?
-¡Que nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!

Como me ha cambiado la vida…
Ahora mis mañanas y tardes, huelen a libertad. Mis trabajos a eficiencia. Mis logros a estatus. Mis horarios a pétalos de una rosa a la que arranqué sus espinas.
Mi mente es ahora un cuadro: el marco, es mi merecido ascenso al poder trabajar en casa; el lienzo, mis emociones conectadas fuera y dentro de mi jaula dorada. Y cuando me paro a contemplarlo…

-¿S, tienes ya el informe para hoy? La reunión por conferencia, será a la cinco. El dossier está inacabado…. Los…
-Sí, sí, no te preocupes, Javier, acabo de poner en marcha (una lavadora) unas ideas y en cuanto acabe de (planchar) organizarlo todo, te prometo que (en cuanto haga la comida) para las quince horas, lo tendrás. 

Y cuando me paro a contemplarlo… creo que el cuadro está desenfocado…


PD: Dedicado a S, una mujer de armas tomar, a la que espero, que cuando despierte, nunca le dé por tomar un arma… 

viernes, 8 de febrero de 2013

Cálida mentira





Hoy hacía mucho frío. Mucho frío para esta zona en la que vivimos, en la que el clima invernal me hace reír, yo que vengo de un lugar donde el frío me cortaba los labios, entumecía mis miembros y muchas veces, me hacía llorar involuntariamente…

Hoy hacía mucho frío. Y esta temperatura al fin ha hecho, que estrenaras los guantes de piel que te regalé. Hacía más de dos inviernos que deseabas ponértelos… tú que vienes de un clima cálido y seco, donde en tus inviernos soñabas con ponerte una bufanda y ver la nieve, cuando salías en plena navidad en manga corta y mirabas hacia el norte y nos envidiabas…

Hoy hacía mucho frío. Cuando después de una mañana maravillosa, hemos optado por ir a comprar algunas cosillas necesarias y a la vez innecesarias, al salir del supermercado, he notado que había un hombre sentado en una de las puertas externas, pero en mi abstracción de la realidad casi no he sido del todo consciente de esta visión. Pero tú sí lo has sido.

Hoy hacía mucho frío. Hacía tanto frío, que me has dicho que espera dentro del coche un segundo “que ahora volvías”. Pero al ver que tardabas, he salido y con la bofetada del aire glacial te he visto… estabas hablando con el hombre, al que no puedo llamar mendigo porque no mendigaba, pero sí que, ahora me percataba, era un ser humano necesitado. Te habías puesto a su altura y en cuclillas, intercambiabas algún tipo de diálogo, después, estupefacta, he visto como le dabas tus apenas estrenados guantes y él se los ponía, como le chocabas la mano y como has emprendido tu vuelta al coche cabizbajo.

Hoy hacía mucho frío. Frío que me recordaba las lágrimas involuntarias de antaño. Lágrimas que hoy, cuando me he subido al coche, antes de que tú me vieras, han sido calientes y llenas de un temblor dulce a corazón abierto.

Hoy, que hacía mucho frío, cuando hemos llegado a la protección del hogar, te he preguntado por tus guantes “que no los llevas puestos” y “espero que no los hayas olvidado por ahí” y tú, tú me has contestado: “lo siento, pero los he perdido... y mira que hoy, hoy hacía mucho frío para no llevarlos puestos”.

Sí, hoy hacía mucho frío, pero creo que jamás he sentido tanto calor en mi corazón. 

lunes, 4 de febrero de 2013

El pastor hilarante





En la pequeña aldea de Fresiro, con tan solo cuatrocientos cuarenta habitantes, no se asustaba a los niños con “el lobo vendrá y te comerá, si no te acuestas pronto” o “si te portas mal, el hombre del saco te raptará”.
En la pequeña aldea de Fresiro, asustaban a sus niños con la frase: “si te portas mal, el tren de media noche te devorará”.
Era un tren que jamás paraba. Un tren de mercancías, negro y sucio, imponente y aterrador, con un sonido desgarrado que denotaba que sus muchos años de transporte, lo habían hecho envejecer poco decorosamente, pero que, para aquellos que lo oían en la lejanía, sonaba a lamento de ultratumba. Echaba humo y no se sabía de qué parte de su chasis, porque realmente, lo que sabían del tren los habitantes de la aldea, había sido explicado por los más ancianos del lugar.
Todos lo temían, inexplicablemente, como si fuera una obra del mismo Lucifer, y cada día a media noche, decían, pasaba por el lugar, para robar almas. Nunca se supo de donde venía esta historia, pero durante años, nadie se atrevió jamás a pasar a esa hora, ni tan siquiera a unos metros del lugar.
Nadie y nunca, hasta la noche que acontece esta narración.

Eran las fiestas de la aldea y corría una brisa suave que suavizaba la noche calurosa de finales de julio. Nadie supo jamás a quien se le ocurrió la idea, pero después del baile, todos al unísono decidieron que la maldición del tren tenía que acabar de una vez y para siempre y que para ello, todos juntos debían reunirse para verlo pasar.

Entonces… un cúmulo de acontecimientos se intercalaron y de éstos nació la posterior historia de terror que sucedió a las generaciones venideras.

Pascual, el pastor del pueblo, que en la noche de la fiesta de la aldea, a la que nunca asistía, porque “tanto alboroto, no era lo suyo” se concedía la licencia de beber como un antepasado suyo apodado “el cosaco”, cuando fue a controlar a su rebaño de ovejas por última vez, antes de ir a dormir, olvidó cerrar una de las rejas destartaladas que le hacían de pequeña contención. Así que, gracias a este descuido, unas seis de sus ovejas, salieron de allí sin ser conscientes de que dejaban a las otras tras de sí y se encaminaron lentamente por el sendero… sendero que llevaba a las vías del tren.

Mientras, lo aldeanos se precipitaban, entre cantos y risas, unidos por la fuerza que da el grupo, hacía el camino que conducía a las cuatro paredes que recreaban un pequeño cubículo, feo y destartalado, bautizado como estación.

A las 23:55, todos disimulaban su terror, contando anécdotas, riendo entre dientes e intentando que el sonido de la única trompeta y el único tambor que había en la comitiva, no cesaran de emitir sus notas para apaciguar su, ya casi imposible disimularlo, nerviosismo histérico.

A las 23:58, todos los aldeanos, estaban petrificados sin poder ya disimular su terror, en cuanto el ulular lejano pero inminente del tren, les anunció  que éste, estaba llegando.

A las 00:00 las ovejas descarriadas estaban en las vías balando sin cesar, pero sin ser oídas por nadie, ya que el tren hizo su entrada en escena. Los aldeanos, sin respirar si quiera, hicieron acopio de su valor para soportar la visión del tren diabólico y fue entonces, cuando el tren impactó contra las pobres ovejas, llenando de sangre y trozos de carne las caras, cuerpos, ropas y plataforma de la estación.
El terror, se convirtió en la más delirante de las expresiones y cada alma, huyó del lugar como pudo. Algunos lloraban histéricos, otros parecían cadáveres por el color blanquecino de su rostro, solo contrastado por la sangre que llevaban a título de premio al valor; otros, los más, corrían sin dar tiempo a expresar su pavor, porque lo importante era huir del lugar.

Al día siguiente, todos se reunieron en la sala del bar, que hacía a la vez, de ayuntamiento, sala de reuniones y demás actos sociales, para hablar del tren diabólico… y sucedió como siempre sucede con los seres humanos.
Algunos, decidieron que volver a las 00:00 por la estación sería pecado a partir de ese instante.
Otros, los más perspicaces, decidieron y opinaron sin imponer su voluntad, que aunque no creían que fuera obra del diablo, alguna explicación científica debería encontrarse ante tal hecho, reflexión que fue rechazada sin dilaciones.
Los más autoritarios, decidieron, que debería estar penado por ley y que a partir de ese momento, pecado o no, científicamente probado o no, todo aquel que infringiera esta única ley en el pueblo, debería pagar cien mil reales al cura.

Pascual, el pastor, cuando despertó al día siguiente de su borrachera y fue a ver a sus animales, constató con muchísimo pesar, que la noche anterior y por culpa de la influencia de su antepasado “el cosaco”, había dejado parte de la verja abierta y seis de sus ovejas habían desaparecido. De inmediato, se encaminó hacia la aldea, para ver si las recuperaba. Y allí fue informado de lo sucedido.

Dicen que Pascual, desde la noche del terror, dejó de ser el triste y taciturno pastor del pueblo, para pasar a ser la persona más divertida e irónica del valle. Y dicen, también, que cada vez que se hablaba del terrible tren y su maldición, rompía en una risa que duraba casi todo un día; risa que los aldeanos achacaban al nerviosismo, aún no superado, de aquel horrible acontecimiento.