domingo, 24 de marzo de 2013

Diabólica espera






Ángel Trillón Ciento Dos, antes llamado Oscar, es mío. Me pertenece. Me perteneció desde el día que juró en vano, desde la noche que pecó sin remordimientos y desde el momento que empezó a flirtear con la idea de acabar morando en el Infierno.

Lo fui conociendo poco a poco y cada día me interesaba más su oscura y constante evolución. Pedía informes diarios de su jornada y me regodeaba por la noche leyéndolos. Empezó a ser la hora más divertida y preciada para mí, hasta que descubrí que lo que sentía, ya no era la simple constatación del progreso de mi pertenencia, sino amor. Amor puro y celestial ¡qué ironía!

Estaba enamorado de la pezuña a mi cornamenta, sin concesión alguna.

Y esos vagos de ahí arriba, que ya se sabe que menos trabajas, menos ganas tienes de trabajar, habían cometido un error imperdonable, al haberlo admitido en su seno.
Seguía esperando que mis cinco emisarios, pudieran recuperarlo para mí, sin más dilaciones, pero, “si las cosas de Palacio, van despacio”, “las cosas del Cielo, dan miedo” y así llevaban casi un mes, con negociaciones desesperantes… “que si falta un módulo”; “que si falta un firma”; “que si ahora es la pausa del celestial café y vuelvan mañana”; “que si tal vez, si está en el Cielo, es porque es ahí donde debe estar”; “que si creen importantes mis frustrados emisarios, porque yo me las doy de Dios del Inframundo”, “que si…”.

Y yo, mientras tanto, ardo. Ardo de deseos de demostrarle cuánto lo amo, cuánto mal podemos seguir haciendo juntos, con cuántas vidas podemos seguir jugando…

Una noche, cuando mi amado tenía tan solo dieciséis años, me juró amor eterno, si lo liberaba de sus padres y de su mocosa hermana, para siempre. Pero no le hice caso, sé que muchos de mis adeptos, a esa edad tan problemática, jurarían lo que fuera con tal, incluso, de no tener acné. Sin embargo, su forma de implorar, destacó entre todas los demás y empezó a calar en mis acerados huesos. Creo que fue esa la primera vez, que sentí ese cosquilleo del que había oído hablar y nunca había entendido muy bien su proveniencia o significado.

A los treinta años, ya estaba muy bien puesto en su maléfica y perfecta vida… y mi amor por él, seguía creciendo. Aun así, yo seguía esperando que me demostrara hasta el final de vida terrenal, que era merecedor de mi exclusivo y eterno amor. Y fui dejando que el tiempo pasara…

El día que cumplió cuarenta y cinco años y borracho tras la celebración, atropelló a Adelina, una anciana beata y temerosa de Dios, y ocultó su cadáver entre los árboles, fue el día en que finalmente mi duro corazón se abandonó totalmente al éxtasi. Era perfecto. Perfecto para mí, en todos los sentidos.
La ironía, de todo esto, es que ese mismo día, a las pocas horas, de nuevo, los incompetentes de ahí arriba, cometieron otro error, y enviaron a Adelina a mi Inframundo. Tengo que reconocer, que hasta a mí, que soy el Mal personificado, me da una un poco de no sé qué, porque el mayor delito cometido por esta anciana, puede que haya sido faltar un día a la Iglesia por enfermedad. Y ahí la tengo desde que llegó, sin saber dónde ubicarla, aunque reconozco también, que no puedo parar de reír cuando pone esos ojillos de cordero degollado cuando ve que me acerco a ella…

Mi amado, ha muerto a los cuarenta y seis años, propicié una tarde maravillosa, con truenos, rayos y lluvia torrencial, para acompañar el suceso. Decidí que no podía esperar más para tenerlo conmigo, e insté a otro maravilloso futuro miembro de mi Casa, a darle su merecido en toda la extensión de la palabra, en forma de tres disparos certeros en el corazón. Así que me río con ese dicho de “que su cuerpo suba al cielo, antes de que el Diablo se entere de que está muerto”, ¡estúpidos ineptos!

Y ahora, aquí estoy, esperando a que me lo devuelvan, exacerbado hasta le médula pero, malvadamente feliz…