domingo, 27 de octubre de 2013

Sentir y omitir




Ayer fuimos a uno de esos centros comerciales de bricolaje, donde me siento tan agobiada y fuera de lugar, pero no había más remedio si quería mis soñadas estanterías acabadas. Te abandoné vilmente, cuando tanto tornillo me empezó a irritar, reconozco que por mi incomprensión ante tanta forma y opción. Me fui al la única sección que logro tolerar: la de lámparas y bombillas.
Una de ellas me encandiló cual polilla humana y allí me dejé llevar con la imaginación a otro lugar. De repente, sentí una necesidad imperiosa de ti y un amor que me desbordaba. Y ante mi sorpresa ante algo tan visceral e inesperado, fui al buscarte con una urgencia infantil en mis piernas que me hizo tropezar varias veces. Cuando una paz reconocible me invadió e iba a abrazarte casi gritando, algo me detuvo y volví sobre mis pasos avergonzada.
No te dije nada, cuando fuiste tú quien al final vino a buscarme y me susurraste palabras doradas mientras me besabas. Y debería haberlo hecho. Tal vez, y solo digo, que tal vez, cuando estropeé horas más tarde nuestra noche, igual, habrías podido recurrir a mi impetuoso sentimiento para perdonarme con menos cautela.
No es fácil escribir y no saber hablar. No es nada fácil, te lo aseguro, tener tan bellos sentimientos y no expresarlos en su tiempo exacto. Y tampoco es nada fácil, ser la persona que te ama más que a su propia vida y hacerte daño sin controlar mis palabras.
Escritora de pacotilla soy y oradora de palabras que jamás debería pronunciar y de palabras que jamás debería callar.
Contradicción humana que me desespera.
Y aún así, hoy escribo esta fábula inventada, para pedir perdón.

Pido perdón a mis silencios no compartidos e inoportunos, a las palabras dichas con poco acierto, a los escritos vacuos y sobre todo, te pido perdón a ti, personaje inventado, a quien he amado y herido en mi escrito, sin posibilidad de dejar oír tu voz. 

lunes, 7 de octubre de 2013

En otoño...


Voy y vengo, salgo y entro, leo, río, me emociono y siento, pero no espero un atardecer para vibrar por dentro. Desciendo, subo, abro y cierro; cierro con llave los momentos.
La noche me trae recuerdos, los enlazo, aprieto y sello. No busco la lógica, aunque tampoco la reniego.
De la estantería más alta, elijo el tomo más viejo, el de que tanto leerlo, me acompaña con letras y mantra en griego.


Como siempre, me perdí. Otra excursión con los amigos, que acabaría, primero con su resabida búsqueda del arca pérdida (osea, yo) y después con la celebración del hallazgo del tesoro (también yo). En la celebración recibiría todo tipo de comentarios y reproches, pero ya estoy acostumbrada.
Pero empecemos por el principio.
Cuando dejé de oír sus risas, parloteo y respiraciones forzadas por la marcha, ya era demasiado tarde. Siempre me tomo mis despistes como algo con lo que no puedo luchar y mi aceptación, por fin, me tranquiliza. ¿Qué más da? Uno no puede estar constantemente luchando contra sí mismo. Así que me adentré totalmente en aquel bosque sin objetivo alguno, sin prisa y sin pausa. Y ahí estaba.
Una casa dibujada en el paisaje, de tan proporcionadamente irreal, era perfecta, con todas sus imperfecciones. Y como un Hansel o una Gretel me atrajo sin remedio, aún no siendo de chocolate sino de argamasa, pérdida entre moho, enredaderas y verde sin definición, por doquier.
Entré. Sí, así, sin llamar, como una vulgar dominguera sin educación y sin sentido de la propiedad privada. Y es que, no pude evitarlo. La casa me atraía y me arrastraba hacia ella como si yo formara parte también de sus entrañas y ella de mi ser; de mi perdido ser.
El interior era otro capítulo a parte, pero si tu tuviera que describirlo en una sola palabra, sería Primavera. La infinidad de flores que reinaban en ese modesto reino, eran la exacta visión misma de la belleza. Me quedé como cactus desértico sin movimiento eólico que lo meciera. Y como si la primavera tuviera voz de mujer, entre sus colores se alzó una suave melodía que formó la frase "¿te has perdido?".
¿Perderme? Imposible. Yo pertenecía a este lugar. Sin embargo, con gran apuro, conteste: "Sí".
-Quien se pierde, es por una razón, hija.
-Pues entonces, yo no hago más que buscar razones, señora, porque no hago más que perderme.
Se rió con una cascada cristalina de agua pura y yo la seguí, con mi ronquido entrecortado, que por primera vez en mi vida no me avergonzó. Por fin podía reír como una cerdita, a mis anchas, y acompañada de melodía, esencias y colores. Que lujo, en tan humilde cubículo.
Y cuando mi concierto estaba al punto de finalizar por puro agotamiento, sin previo aviso ella me espetó:
    - La estupidez de aquellos que te rodean, no debes asumirla tú. Asume tan sólo la tuya, que es suficiente. No intentes cambiar algo de los demás, cuando no estás dispuesta a cambiar un ápice de ti misma. Deja de quejarte por ser soñadora, mejor soñar que vivir realidades que tanto desaniman. Deja de intentar que todo el mundo sea feliz, jamás lo lograrías. ¿Sabes por qué nunca dejas de perderte? porque...
Y cual Alicia, desperté. Una algarabía de voces y llantos y unos violentos embistes, lo hicieron posible. Me dolía enormemente la cabeza y no entendía nada.
Me explicaron que me había golpeado la cabeza con una rama y por lo visto, me había desmayado. Mi onírico recorrido, junto con la alegría de por una vez, no haberme perdido, me hicieron incorporarme con una sonrisa bobalicona y una sensación sin igual. Lo único fuera de lugar, era una flor marcada con sangre, allí donde debía haber un tremendo chichón por el impacto. Hecho al que cada uno de mis amigos, atribuyó su lógica para dar una explicación.

¿Y si la Señora Primavera existió de verdad? ¿Y si en Verdad estuve en esa casa y a punto de descubrir la esencia de la vida? ¿Y si...?
En verdad os digo, que cuanto más me pierdo, mejor me hallo.