sábado, 30 de noviembre de 2013

Evasiva aceptación





Te decía de ir a una gran ciudad y tú ensuciabas sin tregua mi alegría, relatándome con todo lujo de detalles, la de robos, atracos, violaciones y demás aberraciones que una ciudad te ofrecía. Y mientras tanto, para sobrevivir a tanta ofensa humana y urbana, cubría tus palabras con pétalos de rosas perfumadas.

Te ofrecía una manera de portear las malas noticias apenas recibidas, y tu cara, tus ojos y tus hombros, delataban tu aflicción y me corroían y lastimaban, y aún así, te animaba a seguir creyendo en una solución, regalándote esperanza sin tregua, incluso cuando yo estaba exhausta. Y cubría el momento con notas musicales que apaciguaban mi alma.

Te rogaba que no me hablases de lo malo, del futuro incierto, del pasado dañino, del hoy y su desconcierto y me inundabas de dolor, de ira, de arrebatos de desolación, y yo, siempre para sobrevivir, enterraba tus discursos con poesía, que eran las únicas y verdaderas palabras.

Te rogaba, belleza, esquinas sin clavos y murales de colores, y tú respondías como el abanderado del desorden y la fealdad, y desechabas con desprecio y diciendo que no servía de nada, mi amor por el orden, las líneas rectas y los puntos convergentes. Y ocultaba el caos, cegando mi mirada con luz radiante que me inmunizaba.

Un día, me hablaron del manual de la convivencia, del respeto hacía la otra persona, de la aceptación de las ideas antagónicas, del amor sin espinas y de la libertad... y no entendí nada. Nunca entendí donde empezaba tu libertad y acababa la mía. Nunca entendí porqué para mí todo era una travesía emocionante y para ti un camino lleno de obstáculos...

Y cuando me encontraste llorando en un rincón de nuestra casa, desolada, triste y a punto de sucumbir a tu mundo cruel y desventurado, para no tener que sufrir nunca más tus grises palabras, me cogiste de la mano y me explicaste de donde venías realmente, lo dura que había sido tu vida, las circunstancias malignas que habías visto y vivido, tu frustración ante el historial que te tocó vivir, y tu desencanto ante el ser humano y su hipócrita y destructivo comportamiento... y tu temor a perderme, por esa inocencia que te demostraba que no era consciente del mundo que me rodeaba y lloraste junto a mi, y me ofreciste tu calor y tu mano.


Y tú seguiste protegiendo de las inclemencias humanas, tu cueva, tu mundo y a tu amada, de la única manera que sabías... y yo, seguí perfumando con pétalos de rosas perfumadas, con notas musicales que calmaban mi alma, con poesía como últimas palabras y con luz radiante y cegadora, mi secreto rincón, para cuando faltaran las fuerzas de seguir combatiendo tanto dolor y se necesitaran.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Villa sin...




Estuvieras donde estuvieras, siempre veías las mismas caras: caras de decepción, de tristeza, de descontento y sobre todo, de apatía. El poblado era una colmena de agrios personajes que, ya fuera en la iglesia, en el bar, o en la carnicería, daba lo mismo, te recibían con esos rostros llenos de todo menos de alegría, así que para ser el miembro más joven del circo ambulante que pisaba por primera vez ese pueblo, era todo un reto para mí, especialmente, porque iba a ser mi primera función como payaso. Para mis curtidos y rudos compañeros de viaje, era un pueblo más, una ruta más, un trabajo más y los rostros de los habitantes de ese u otro poblado, les eran tan ajenos, como puede ser un mosquito para un elefante.
Tenía miedo. Si no hacía reír a esos habitantes que en dos días serían mi público, no tendría otra oportunidad con este trabajo y yo quería ser payaso, no corredor de bolsa, ni médico, ni bombero, ni fontanero, sino payaso.
Había hecho lo imposible por entender, que apesadumbraba tanto a esta gente, pero mi ardua tarea, había sido un total fracaso. Durante dos días con sus noches, jamás oí una risa, un saludo alegre o un ligero movimiento en la comisura de algunos labios delatando lo impensable, o sea se, un sonido anunciador de algo tan normal y común como una risa.
Así que aquí estoy, a punto de salir para la primera y tal vez, última función de mi vida, ante un público lleno de desconcertante silencio.
Es la hora.
Después de diez minutos de ridículo estrés y agobiante deseo de oír al menos un susurro, he tirado la toalla, literalmente, porque la llevaba en la cabeza a modo de turbante y me he sentado en una silla en medio de la gran pista, sin abrir la boca, sin emitir sonido alguno, sin intentar hacer reír a nadie... iba a pagarles con la misma moneda.
Y como si de una broma se tratase, he empezado a oír los primeros murmullos de aprobación aderezados con aplausos efusivos y alguna que otra mueca parecida a una mini sonrisa.
Así que, no es que esta gente no tuviera sentido del humor, sino que la forma de entenderlo y apreciarlo era completamente diferente a como, comúnmente, lo entendemos los demás seres humanos del planeta... aunque si hubiese sido más inteligente, tal vez habría notado que con el nombre del pueblo ya anunciaban otra realidad.
Si un pueblo se llama "Villa Sin Risa" ¿cómo no adivinar lo que te espera?

viernes, 15 de noviembre de 2013

Fuerza animal




¡Galopa caballito, galopa! Deja que el viento peine mi cabello, que la brisa acaricie mi cara, que mis piernas sientan tu lomo duro y el ritmo de tu desenfrenado movimiento. Envuélveme en tu fuerza animal y...

- ¡Señora, ¿quiere bajarse ya del tiovivo?, está asustando a los niños!

¡Uf! Tengo que volver a leerme los efectos secundarios de estas pastillas antiarrugas compradas en Internet.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Soñando sus vidas







Mayo, 2011

María se ha levantado, como casi cada noche, a horas indefinidas de la madrugada porque el sueño y su miopía jamás la dejan identificar la hora con precisión, para irse a dormir a su otra cama.
Y como cada noche, tras pasar el marco de la puerta, entra en otra dimensión, llena de visiones donde nunca ha sabido si las sueña, o le llegan por algún canal ignoto de alguna ley cuántica que ella desconoce. Tampoco recuerda como llega hasta la cama, aún despertándose en ella, porque en esos momentos su cuerpo es etéreo y una fuerza extraña y a la vez irreal, la arrastra sin remedio como espectadora de retazos de vidas ajenas como si fueran la suya propia.


La farola

A mis setenta años, la voz me tiembla, la vista cansada me hace ver sombras donde no las hay, mi piel está arrugada y ajada, mi nariz, mi boca y mis orejas, me insultan con su tamaño, y mi cuerpo ya no me responde.
Pero, no quiero morir, no quiero irme mañana o dentro de unos días o si hay mucha suerte, dentro de unos años, sin haber vuelto a sentir un beso, una mirada de aprobación y el deseo, que aunque tal vez no pueda concluirlo, puedo grabar la experiencia de nuevo en mi memoria para morir con él.
Encarnación, lleva veinte años cuidando de mi, desde que murió el amor de mi vida y aunque sigo recordando, como si fuera ayer, todo lo que me ofreció la dicha de amar y ser amado por un ser tan excepcional, ahora, no quiero morir sin un beso, así que, aquí estoy, sentado en este banco, bajo una farola, observando su casa, sin atreverme a moverme, porque son ya las nueve y esa es la hora en la que he quedado.
“No quiero morir sin un beso”.
Eso es lo que le he escrito en una hoja de papel blanco inmaculado, con un bolígrafo rojo, plegada en cuatro y que furtivamente le he metido en el bolsillo de la chaqueta color naranja chillón, que siempre se pone, desde hace veinte años a principios de mayo; eso y que si se atrevía a darme ese último capricho, la esperaría bajo la farola del banco de madera enfrente de su casa.
Son ya las nueve y medía y Encarnación no ha venido.
Moriré sin un beso.



-Te amo cuando sueñas; te amo porque sueñas.
María, ha sido despertada con esta frase susurrada al oído, con el abrazo dulce y pasional de Daniel, junto con sonoros besos y un café recién hecho. Él, sigue sintiéndose culpable de que ella tenga que irse, por culpa de sus ronquidos, a dormir en mitad de la noche a la habitación de invitados, pero por mucho que han estudiado como solucionar el problema, nunca han podido encontrar una medida más adecuada que la del traslado temporal y nocturno de María, en cuanto los ronquidos se convierten en un abrupto concierto gutural, imposible de soportar.

Cuando María ha acabado de relatar ésta última, los dos se han sentido tristes, pero nada más han podido hacer, que prepararse para dirigirse a sus respectivos trabajos.
A las seis de la tarde, cuando María ha salido del trabajo, aquellas farolas que iluminaban un banco, eran objeto de su más atenta observación, pero ninguna era como la de su sueño… se sentía un poco desanimada, pero intentó abstraerse, como había aprendido a hacer, desde hacía un año, tiempo en el que los ronquidos aumentaron, el traslado nocturno inició y los sueños, visiones o lo que sean, empezaron a invadir su vida.


Junio, 2011

María, despierta entre brumas, ruido y un ligero dolor de cabeza. La hora imprecisa, como siempre, pero si tan solo se fijara detenidamente, o más bien, si se pusiera las gafas, constataría que son las dos de la mañana.
Y de nuevo, en el momento en el que entra en la habitación…


El inglés

Jamás habría pensado que Sevilla fuera tan maravillosa y especial. Si no fuera porque cada vez que salgo de casa me ahogo con este calor, me quedaría a vivir aquí para siempre.
Al principio no entendí muy bien, cuando me leyó el testamento Sir John, este deseo de mis difuntos padres, dado que, curiosamente, nunca habían salido de Leicester, así que, cuando recibí la noticia de que su último deseo era que sus cenizas se esparcieran por el rincón más bello -lo dejaban a mi elección- de Sevilla, me pareció tremendamente excéntrico, pero sin pensármelo mucho, cuando salí del bufete, me dirigí a la primera agencia de viajes para comprar un billete.
Y aquí estoy desde hace cinco días, porque sigo sin decidir cual es el rincón más bello de esta ciudad, para cumplir sus deseos.
Ahora, que son ya las ocho de la noche y se apacigua lentamente el calor que sigue impregnado en mi piel, mientras paseo siguiendo con mi búsqueda, pienso en la gente que ha cambiado de vida, que ha decidido surcar mares, conquistar continentes, o simplemente, han sido tan tremendamente fuertes y decididos como para, sin pensárselo, no mirar atrás y empezar de nuevo.

Daría lo que fuera, para ser tan fuerte y decidido. En fin, ahora, lo único que tengo que hacer, es cumplir la última voluntad de mis padres y volver a mi gris vida.


María ha despertado lentamente y se ha quedado en la cama unos minutos, sintiendo en su corazón la tristeza del inglés, las ansias irreconocibles y su necesidad de dar un cambio en su vida, hasta que el olor a café, la música de fondo y el traqueteo de su marido en la cocina, la vuelven a su realidad y sin pensárselo, se desnuda y va a buscarlo a la cocina para sucumbir a la pasión que siente y que le hubiese gustado que su inglés conociera. Cuando acaben, decide, y solo cuando acaben, le contará la historia a su marido, porque ahora es tiempo de dar rienda suelta a su pasión.

La tía de María, es una mujer que aún a sus sesenta y cinco años, hace girar alguna que otra cabeza para admirar su belleza. Altiva, independiente y por convicción, soltera hasta la médula, sigue viviendo como si la sociedad actual y en el hemisferio que le ha tocado vivirla, fuera una completa estupidez, así que siempre que ha podido ha hecho las maletas y se ha dejado llevar por el último impulso del momento, refugiándose en algún poblado remoto y recóndito para apaciguar su alma.
Ha visto y vivido situaciones de lo más variopintas y a su edad, pocas cosas la sorprenden ya, pero reconoce que, lo que le sucede a su sobrina cada noche es extraño y fascinante.
Es curioso como a veces la realidad está impregnada de magia y es ese pensamiento el que la hace decidir llamar a María para saber de las últimas visiones –a ella le gusta definirlas así- y poder deleitarse con tan fascinantes vidas ajenas.
Mientras marca el número, recuerda la última de ellas, en lo que duraron las visiones de su sobrina, en el caos inicial por la incomprensión, en como nadie esperaba ese desenlace y en la suerte que tiene su sobrina por ser tan afortunada sintiendo una inmensa dicha de formar parte de todo esto, casi en primera persona.
-¡Hola, tía favorita!
-¡Serás descarada! ¿Es que acaso tienes alguna tía más y yo no lo sé?
-¡Esa es mi tía! Siempre dispuesta a luchar por su cachorra. Dime, ¿cómo estás?
-La verdad, es que nunca me he sentido mejor. Esta noche he quedado con Carlo, ¿te acuerdas de mi amigo italiano?, vendrá esta noche para ayudarme a reorganizar las fotos de mi último viaje y de paso…
-Vale, tía, no sigas, que ya soy mayorcita para saber lo que sigue.
-Ja, ja, ja, ¿no te habrás vuelto mojigata desde que eres una mujer casada, verdad?
-No, tía, lo que pasa es que prefiero no saber las acrobacias que haces, porque después me das envidia.
-Bueno, pues entonces, dado que ya nos hemos puesto al día sobre nosotras, ahora, necesito que me pongas al día sobre tus últimas visiones.
-Tengo que reconocer que, desde que me diste la idea de titularlas para poder recordarlas mejor, me resulta más fácil, así que allá vamos… ¿nos quedamos en “el vestido verde”, verdad?
-Así es.

Dan, aún reconociendo que las excentricidades y modo de vivir de esa mujer, resultan de lo más variopinto, adora a la tía de su mujer, a la que ha acabado acostumbrándose y aceptando con cariño.
Sonríe, mientras oye como su mujer empieza a relatar las últimas vivencias-visones-sueños.
Es curioso como les ha cambiado la vida desde el inicio de estos extraordinarios sucesos y como han ido acostumbrándose a ellos paulatinamente, después del pavor inicial de María y el gran desconcierto de él mismo… y pensar que todo empezó con unos ronquidos con decibelios prohibitivos, el oído extremadamente sensible de María y una habitación de invitados que apenas hacía unos días habían reformado y rebautizado como tal.
Ahora, mientras sigue escuchando la voz armoniosa de su mujer de fondo, decide que será mejor volver un poco a la realidad cotidiana y pensar en que preparará de cena, porque aunque mañana sea sábado y no tengan que madrugar al día siguiente, estaría bien regalar a su amada algún plato suculento para recobrar fuerzas, después de la larga conversación, que sabe que, irremediablemente, tendrá.


El vestido verde

Me encanta como me miran los hombres cuando me pongo este vestido, y pensar que me lo compré en una tienda de segunda mano y destartalada de New York, por apenas veinte dólares. 
Cuando me vea Kent, seguro que se siente orgulloso de tener una novia tan guapa y hoy se decide a pedirme que me case con él.
Quien me lo iba a decir hace tan solo seis años.
Llegué a New York como una turista más y al final, enamorada de esta ciudad, y gracias a las influencias de mis amigos, pude encontrar trabajo y casa y sentirme en cuestión de meses, totalmente integrada.
Aunque últimamente, añoro mucho mi tierra y reconozco también, que, en suma, me siento demasiado nostálgica y más de una vez he pensado en proponerle a Kent de irnos a vivir a España.
Ahí está Kent. Como me mira… se le ve enamoradísimo de mí (¿y yo de él?). Sé que hoy será el gran día.

¡Que es gay!, ¡¿cómo se puede soltar algo así, después de un año de relación y quedarse tan tranquilo?!
Odio a los hombres. Odio New York. Odio este país y sus costumbres.
¿Cómo he podido estar tan ciega?
No pienso ponerme ese vestido nunca más en mi vida. Nunca más.
Creo que es hora de volver a casa.


Agosto, 2011

Primer empleo

Mi madre puede decir lo que quiera, pero a mí esto de hacer de camarero no me gusta. Y más en este restaurante de señoritingos y comida que, si a mi me la regalan, la escupo, y sin embargo, cada noche, esto está a rebosar. ¿Qué le pasa a la gente, es que ya no saben lo que es el pescaito frito y las migas de pan?
Ya puede llamarse “El paladar feliz”,  porque a mi no me engañan.
Y si al menos, don Anselmo no me diera la lata toda la noche, con eso de “niño, a ver si aprendes”, “niño, un buen camarero es un tesoro”, “niño, que a la próxima te despido”, “niño, que si te tengo aquí es por la santa de tu madre”, “niño, que saques el dedo del suflé antes de servirlo”, igual lo soportaría mejor.
Pero aquí estoy, sirviendo mesas, cuando lo que querría hacer es estar con Laura y matarla a besos, y siendo más exagerao -como dice mi madre- comérmela a bocaos y demostrarle que soy el mejor actor del mundo.
Porque yo quiero ser actor, por mucho que diga mi madre, que eso no es un oficio. Yo quiero tener muchas vidas en una, ser muchas personas en una sola, hacer estremecer a la gente viéndome de romano, de banquero, de mafioso, de espía, de seductor.
No tengo la noche.


No tengo la noche… concluye, finalmente, María, con los ojos brillantes de emoción, porque por fin tienen una pista: el nombre de un restaurante y una buena descripción del camarero-actor.
El sur de España será su cometido. Y aunque haya cientos de restaurantes con ese nombre no perderán la esperanza de encontrar el que merece su atención. No saben, como la vez anterior, cual es el camino a seguir y que tienen que ver una historia con otra, pero lo que si que saben es que están entrelazadas y, como ellos dicen: Lo que no se hará por un beso…


La moda

Llevo más de diez años sin comprarme ropa y si no fuera porque ya no puedo ponerme nada que no esté zurcido por enésima vez, no pondría el pie en ninguna tienda. Hay que ver a lo que llaman moda, cuatro trapos mal cosidos y tallas para anoréxicas.
En fin, algo tendré que comprarme o acabaré pareciendo una pordiosera.
Tendré, entre otras prendas, que tirar mi chaqueta de la suerte, y no lo haré porque mi hijo insista constantemente en que el color está pasado de moda, ¿qué sabrá él, que lleva los pantalones arrastrando y enseñando los calzoncillos?
Voy a entrar en esa, a ver que tienen, pero como se les ocurra decirme, que no tienen tallas de señora mayor, les pienso pedir el libro de reclamaciones, porque a mis sesenta años, creo que aún estoy y me siento como una jovencita, bueno, sin engañarnos, me siento más bien como una jovencita-viejecita-rellenita, que el cuerpo ya no responde como antes, pero eso no les da derecho a juzgarme y descartarme como clienta con tan solo un vistazo.



-Voy a salir, Dan, después del sueño de esta noche, me han entrado ganas de comprarme algo de ropa.
-¿Una chaqueta color naranja, tal vez?
-No bromees, cariño, sabes que no soporto los colores estridentes, pero aún así, a ella le quedaba tan bien ese naranja chillón… es una pena que vaya a tirarla sin poder avisarla de que en su bolsillo hay un grito de socorro…


Pasó el verano y sin darse cuenta, porque el tiempo es tirano cuando deseas que pase despacio, burlándose de nosotros con su insistencia en desaparecer cuando deseamos retenerlo, llegó diciembre y  María, por fin, con más sueños visionarios, con la ayuda de Dan y su tía, lograron encajar todas las piezas.


Diciembre, 2011

El inglés
Me pareció lo más lógico en su momento, dado que toda la ciudad me hipnotizó con su belleza, así que, las cenizas de mis padres, las esparcí por un sinfín de rincones, plazas, calles, iglesias y demás lugares de Sevilla.
Tres días antes de mi partida, esa fue mi decisión y así, metiendo la mano disimuladamente en mi maletín, donde había colocado una bonita bolsa de tela para contener tan preciado polvo, iba esparciendo sus restos por doquier.
Ahora, en pleno mes de diciembre la locura de volver a esta ciudad, me ha cogido totalmente desprevenido por esta impulsividad que desconocía poseer, pero aquí estoy ahora, a las nueve de la noche, tres horas después de haber llegado a esta adorable ciudad, a punto de entrar en el restaurante “El paladar feliz” que tanto me ha recomendado el recepcionista del hotel y así empezar mi primer día de vacaciones navideñas.


Primer empleo

La culpa es de Don Anselmo, porque ya le dejé bien claro, que lo de coger las reservas por teléfono no era mi tarea y ahora tengo a este inglés larguirucho y blanco como la nieve, diciéndome que tenía mesa encargada para las nueve.
Que yo sepa, el hotel de la esquina, había llamado solo para una persona, pero por lo visto, son dos y ahora no tengo más mesas… si Don Anselmo sale y ve la que he liado de nuevo, seguro que esta vez me despide.
La mujer preciosa, del vestido verde sin mangas, que para ser diciembre, en Sevilla, es adecuado, -diría mi madre, como si la oyera- ha sido la primera en llegar, ¿no?, pues a ella le corresponde la mesa y no a este estirado… ¿y si se le ocurre protestar? Voy a decirle que espere, mientras hablo con la guapa y a ver si soluciono este lío.
-Señora, si fuera tan amable de compartir mesa con ese señor de ahí, le estaría gratamente agradecido, porque verá… la verdad es… bueno, seré totalmente sincero: me he equivocado con las reservas y si usted no acepta compartir mesa, mi jefe me va a despedir.
-Ningún problema, joven, aunque, tal vez al señor no le apetezca compartir mesa conmigo.
-De eso me encargo yo. Gracias por su amabilidad.
-Señor, hemos tenido problemas esta noche con el ordenador, así que todas las reservas han sufrido variaciones a nuestro pesar. Si fuera tan amable de compartir mesa, con aquella bella señora, mientras solucionamos lo de su mesa… a ella le parece bien.
-Yes… sí, no problema.


¡Y ahora suena otra vez el teléfono! Que noche de locos.
-¿Qué haga qué? Perdone, pero ¿Usted quién es?

María expuso como pudo, pero con todo lujo de detalles, la historia y los retazos de sus visiones al hijo de Encarnación. Y sobre todo, le instó, después de la llamada que tenía que hacer inmediatamente a su madre, que bajo ninguna circunstancia dejara marchar a la pareja que había unido en la misma mesa sin darles sus datos y presentándose como el actor que era o desearía ser, porque el inglés acabaría formando una compañía de teatro junto a la mujer del vestido verde, que acabaría siendo su esposa y así por fin, para él, el camarero soñador, habría llegado también su destino.


La moda

Creo que va siendo hora, de que haga limpieza de armarios y de que me despida de mi vieja chaqueta naranja de la suerte y la tire sin más a la basura, si paso otra Navidad con ella en el armario al final no la tiraré, como me pasa desde hace más de veinte años.
¿Quién llamará a estas horas?
-¿Qué estás diciendo, hijo mío? Sí, sí, aún la tengo pero estaba apunto de tirarla, junto con... No entiendo nada. Vale, vale, ahora miro.
¿Qué es esto?
¡Dios mío!
No había vuelto a ponérmela desde aquel día ¡y no miré en los bolsillos!
¡OH! Pobre Manuel… si él supiera. Yo le habría dado todos los besos y todas las caricias de este mundo, porque quiero a ese hombre desde el primer día en que lo conocí.
Se que es una estupidez, pero voy a mirar por la ventana… a veces la magia existe...
¡Ahí está! ¿Pero por qué no me ha dicho nada en estos meses? Y ¿por qué ha seguido viniendo cada noche al banco enfrente de mi casa? Y esa farola, con esa luz… le hace ser tan bello aún a su edad…


La farola

No se porque he seguido viniendo noche tras noche a este lugar. Quedó claro que a Encarnación no le interesó mi propuesta, y ¿qué te esperabas, viejo tonto? Una mujer tan guapa aún, no podría haberse fijado en mí y menos habría aceptado besarme. Menos mal, que tuvo la delicadeza, de al día siguiente y en los días y meses sucesivos, no hacer referencia alguna a la nota, si no, no habría soportado tanta humillación.
Así que, desde aquella noche, esta farola me ha acompañado con su luz, en estas noches solitarias, y he cogido la costumbre de venir aquí, sentarme y soñar durante veinte y nueve minutos, y a los treinta, me levanto, como aquella noche de mayo y con el corazón roto, vuelvo a mi casa. 

-Manuel, bésame.
-¡Encarnación!
-Lo siento. Lo siento mucho. No había vuelto a ponerme la chaqueta desde aquel día y si supieras como lo he descubierto… verás que historia más increíble… 


María sigue soñando… ¿quién sabe qué nuevas vidas podrán iluminar en sus sueños una farola y que no harán esas extrañas visiones y ella, para que nadie se quede sin un beso?