sábado, 21 de diciembre de 2013

¡Felicidad!

                                                 

                                      ¡FELIZ NAVIDAD, AMIGOS! 

sábado, 14 de diciembre de 2013

¿Y por qué no?



Vivo en un pueblo compuesto por unas 60 casas. Ellas mismas representan el nombre de este lugar. Tan solo tenemos una carnicería, una farmacia y una tienda donde puedes comprar productos de primera necesidad, las segundas necesidades, es otro cantar.

Hará ya unos veinte años, todos los habitantes del pueblo experimentamos una alteración en nuestras cómodas vidas que nos unió en un secreto para siempre...

Un día infernal de agosto, cuando el calor era asfixiante, fuimos convocados todos de urgencia, por el pregonero del pueblo, para ir a casa de Manuel, el herrero, el que vive en las afueras, el que su madre, que en paz descanse, lo obligó a casarse con Gertru, la prima de la carnicera y al que todos compadecimos durante años, hasta que, vete tú a saber cómo ni porqué, nació el amor entre ellos, y al final resultaron ser una pareja de lo más perfecta. 
Bueno, como decía, ese día, cuando al final estábamos todos en casa de Manuel, se nos informó de lo que había encontrado en el bosque cerca de su casa: unas jaulas, enormes unas y otras no tanto, llenas de animales. Pero no de animales domésticos, sino de fieras domesticadas, que al final, parece ser, llegó a ser lo mismo.

Fuimos todos a ver la notificación en persona, porque una imagen vale más que mil palabras, y allí conmovidos pudimos constatar la depravación del ser humano.

Habían abandonado a unos veinte animalillos, los llamo así por la pena que daban, y no por su tamaño, encerrados y a su pobre suerte. Decidimos que si avisábamos a la policía del pueblo vecino, igual los mataban; que si llamábamos a la protectora de animales, igual los mataban; y que si llamábamos a la prensa, igual nos mataban, porque de una sola cosa estábamos todos seguros: nuestro estilo de vida, tranquilo y casi impune a la vida de locos fuera de aquí, se vería comprometido con este hallazgo.

Así que decidimos, que por sorteo, cada uno de los afortunados, se haría cargo de uno de esos animalillos.

Escribo esta carta, porque a mi, me tocó al elefante Floro, así lo llamé, y ahora que está a punto de expirar, necesito dejar constancia por escrito de nuestra maravillosa locura, para que cuando yo también expire, y también falta poco para eso, y con ello nuestro secreto, algún día alguien pueda escribir una historia sobre ello. Porque puedo asegurar, que la de anécdotas, con sus dramas y alegrías, que llegamos a vivir con nuestros nuevos amigos, no pueden explicarse en tan reducida libreta.