sábado, 26 de julio de 2014

Sinceridad




Mi querido amigo:

Eusebio, el chofer, sigue con su manía de dormir con la ventana abierta, haga frío o calor. Y sus ronquidos me llegan, desde esa considerable distancia que separa el garaje con su estancia arriba, hasta mi suntuosa habitación. Eleonor, la cocinera, también impregna de sonidos guturales mis noches insomnes. Ferdinand, el mayordomo, parece incluso que obligue a sus desapacibles cacofonías, a expandirse por los recovecos de la casa, con gentileza e intermitencia, para lograr un mayor equilibrio, entre unos y otros… y yo, que soy el dueño y señor de este inmenso palacete, soy el único que no puede dormir.

Podría mentir, diciendo que no duermo por culpa de esos sonidos que me regalan mis empleados, pero no sería nada acertado culparlos por algo que, si pudiera conciliar el sueño, nunca me habría dado cuenta, como nunca lo hice antes. Podría mentir también, aludiendo a que mi inexistente descanso, es debido a problemas económicos o de cualquier otra índole financiera, pero seguiría mintiendo.

Permíteme que te ponga en antecedentes…

Como bien sabes, cuando mi esposa falleció hace menos de un año, intenté disipar el dolor de su ausencia, hinchiendo mi tiempo con un sinfín de obligaciones que me impuse, que consistían en viajes, visitas sociales, conciertos y demás vacuas demostraciones de que la vida seguía siendo la misma. Y cuando creía que había engañado al tiempo de duelo, a todos vosotros, y a mí mismo, con mi fingida fortaleza, ha sucedido lo impensable.

Te suplico, mi querido amigo, que no me consideres un esposo afligido que ve aquello que no existe, que imagina aquello que no puede ser, que se deja llevar por el recuerdo y ello nubla su mente… Elisabeth, ha vuelto, o tal vez nunca se fue, pero, juro por mis antepasados y mi honor, que ella sigue aquí, conmigo, en esta casa. De aquí el motivo de mis noches insomnes y de esta misiva.

Necesito ayuda, mi querido amigo… pero no creas que te la pida para disipar su espíritu o para esclarecer mi mente, sino para ampliar y reformar nuestro más bello rincón del jardín, el cual por mucho que me pase las noches sin dormir estudiando su diseño, no logro darle una forma y acabado, como solo tú sabrías crear.

Espero tu visita lo antes posible para estudiar el proyecto.

Con afecto,

Robert de Bresnich

domingo, 20 de julio de 2014

Bruschetti



Bruschetti,  se alejó del lugar de los hechos con paso firme y sin mirar atrás. 

Nunca se arrepentía de hacer desparecer a un arrepentido. El honor lo era todo para él, viniera el vínculo de donde viniera. Para él, un juramento era algo por lo que dar la vida. Le asqueaban aquellos que sucumbían y derrotados y sin honor, hablaban.

No entendía la debilidad, no entendía la cobardía y no entendía por qué acababan haciendo tratos con aquellos que tiempo atrás habían despreciado infinitamente. En los dos sentidos. Porque odiaba con la misma intensidad, a aquellos que habían jurado defender la ley y con deshonor, se pasaban a su mundo.

Se estremecía cada vez que veía de refilón a altas horas de la noche, en una cadena desfasada a Michael Corleone, besar a su hermano Fredo. Él mismo derramó una lágrima, la única en su extensa vida, que ofreció al sacrificio de tener que pasar por la misma situación. Y lo entendía. Lo entendía muy bien, porque cuando quien te traiciona es alguien de tu familia, de tu misma sangre, entonces el dolor es inconmensurable. Pero, el honor, lo es todo, y no entiende de conciencia, porque se rige por sí mismo.

Animales, calaña, delincuentes, asesinos, bestias inmundas… así eran calificados por los medios, por la gente de la calle, por los hipócritas políticos, pero nunca veían más allá… nunca encontró a nadie que aceptara que antes de nada estaba la dignidad, sí, la dignidad con la que acarrear, hasta las últimas consecuencias,  el destino que cada uno elige para sí mismo.

Y ahora, alejándose más y más de su último trabajo… sentía como el corazón se le empequeñecía, derrota tras derrota, porque su percepción del honor, lo sabía, era una quimera arcaica que ya existía tan solo entre unos pocos… de uno y de otro bando.

miércoles, 16 de julio de 2014

Todo o nada



Regalo al portador de mi sentencia, las horas que quiera cobrarse y le regalo alguna más, a cambio de un soplo más de tranquilidad.
Minutos también daría, por poder aplastar como a hormigas, a la desazón, a la insensatez, a la estupidez y a la inservible moralidad.
Accedo a que se requisen días, meses o años, por volver a la inocencia inicial, esa que por mucho que busque, sé que la perdí el día que todo me dio igual.
Incluso estaría dispuesta a donar, algunas horas más, por unos instantes asombrosos, donde mi can se pudiera comunicar, con palabras y sin gestos, como si fuera mi igual.
Y en un ataque de locura, entrego todos los años que me quedan por trabajar, por poder dejar de hacerlo y vivir sin reloj y sin fichar.
Y daría más minutos, más días, más años, por ser inmortal, para tener muchísimos más deseos que ansiar.


Estúpida controversia e ironía, que me hace entregar más tiempo de mi vida, al juez inmisericorde que juega con ella y tiene escrito el día y el lugar, para poder disfrutar más tiempo de mi tiempo con mis deseos saciados y aún por saciar…

jueves, 10 de julio de 2014

"Mía"







En la penumbra, seguía acariciando el dorso de su mano, rítmica y obsesivamente. Sabía  que en breve, esa mano, empezaría a enrojecer, y más tarde a doler. Pero no podía parar, porque estos movimientos, irónicamente, la serenaban. Le sucedía desde que empezó a obligarse a recordar.

Tuvo que olvidar para sobrevivir y ahora tenía que recordar, para poder seguir viviendo. Literalmente.

Los había citado a los tres, dentro de unas horas, en ese mismo salón que ahora se hallaba en penumbra. Uno de ellos era el asesino de su esposo.

Los recuerdos de ese siniestro día, fluctuaban débilmente en su subconsciente y pocos de ellos despuntaban entre brumas engañosas de  realidad o ficción. Pero solo uno era el recuerdo que necesitaba para desenmascarar al asesino, y éste se resistía a emerger, después de estar tanto tiempo sepultado.

Recordaba un abrecartas, un reflejo; recordaba un grito, no sabía si emitido por su dolor o el de su esposo. Recordaba unas palabras dichas con desprecio enfermizo “mía o de nadie más”. Y un olor… Después todo oscuridad. Silencio. Y tiempo de recuperación en un hospital donde la ayudaron a no perder la cordura.

Todo esto se lo debía a uno de ellos. Uno de ellos era un asesino, pero también uno de ellos sería en breve su difunto prometido, si jugaba bien sus cartas.  

Los tres habían sido amigos de su marido. Los tres, la habían ayudado después, con dulces palabras y buenas intenciones. Los tres, tiempo más tarde, acabaron confesando desear ocupar el lugar que había pertenecido a su amigo. Y los tres, dijeron en algún momento la palabra “mía”. Y esa palabra, la hizo reaccionar, recordar vagamente y admitir estar ante un inminente peligro. Uno de ellos, de eso estaba totalmente segura, dejó sabiamente en el tintero la continuación de la frase para no delatarse, porque aunque los tres sabían que ella no recordaba nada del incidente, uno había tenido la precaución de ser, lógicamente, discreto.

Y en unas horas, esperaba que su plan funcionara: reunión de los tres y proclamación del vencedor de tan marchito y demente trofeo, tras tres respuestas acertadas a tres preguntas… y si en unos días no había dos muertes más, sabría que el vencedor había sido la elección más acertada. Porque de algo estaba segura, la vendetta llegaría por fin, y lo haría de su propia mano. Esa misma mano, que ya empezaba a doler.

Cuando llegaron, les fue imposible ocultar la desilusión y estupor, cuando oyeron el diálogo sobre sus intenciones, pero sin más demora, planteó la primera pregunta.
-¿Quién de vosotros mataría por mí?
Ninguno de ellos contestó. El hielo se posó en el salón, dejando un vacío en su alma (¿y en las suyas?) que la estremeció.

-¿Quién de vosotros se mataría por mí?
De nuevo el silencio se afianzó a la estancia como el veneno en las venas… y de nuevo, los tres se miraron entre ellos y a ella, con suma desesperación.

Y por último, mientras su frente se perlaba con gotas de sudor febril, planteó la última pregunta, sabiendo que su plan no estaba funcionando y que tal vez… tal vez, ninguno de ellos era el asesino de su esposo…
-¿Quién …?

No puede acabar la pregunta, no puede con la estúpida puesta en escena, no puede, porque un olor a miedo la paraliza, un destello la ciega, y las imágenes se suceden sin piedad…

Aquella noche, de nuevo, la había insultado y despreciado. De nuevo la había hecho sentir un pequeño insecto a punto de ser pisoteado y por fin, con todo el coraje que pudo acumular, le dijo que lo dejaba. Él la cogió del cuello para amenazarla y ella, con la desesperación que otorga el instinto de supervivencia, cogió lo primero que tuvo a mano y acribilló su cuerpo con el abrecartas mientras él decía antes de morir “mía o de nadie más”.

Derrotada calló al suelo, con un llanto estremecedor que disipó el imaginario hielo instalado minutos atrás, llenando ahora el escenario de dolor y fuego.


La irguieron dulcemente, la sentaron en la butaca y uno de ellos, ofuscado por el amor enfermizo que sentía por ella y sintiéndose el más merecedor de los tres, dijo rudamente: “no te preocupes, no me importa lo que hiciste, pero quiero que seas mía para siempre”. 

Un grito espeluznante salió de lo más hondo del alma de esa mujer, mientras aferraba unas tijeras y le quitaba la vida, de nuevo, a alguien que se creía con derecho de posesión.