jueves, 10 de julio de 2014

"Mía"







En la penumbra, seguía acariciando el dorso de su mano, rítmica y obsesivamente. Sabía  que en breve, esa mano, empezaría a enrojecer, y más tarde a doler. Pero no podía parar, porque estos movimientos, irónicamente, la serenaban. Le sucedía desde que empezó a obligarse a recordar.

Tuvo que olvidar para sobrevivir y ahora tenía que recordar, para poder seguir viviendo. Literalmente.

Los había citado a los tres, dentro de unas horas, en ese mismo salón que ahora se hallaba en penumbra. Uno de ellos era el asesino de su esposo.

Los recuerdos de ese siniestro día, fluctuaban débilmente en su subconsciente y pocos de ellos despuntaban entre brumas engañosas de  realidad o ficción. Pero solo uno era el recuerdo que necesitaba para desenmascarar al asesino, y éste se resistía a emerger, después de estar tanto tiempo sepultado.

Recordaba un abrecartas, un reflejo; recordaba un grito, no sabía si emitido por su dolor o el de su esposo. Recordaba unas palabras dichas con desprecio enfermizo “mía o de nadie más”. Y un olor… Después todo oscuridad. Silencio. Y tiempo de recuperación en un hospital donde la ayudaron a no perder la cordura.

Todo esto se lo debía a uno de ellos. Uno de ellos era un asesino, pero también uno de ellos sería en breve su difunto prometido, si jugaba bien sus cartas.  

Los tres habían sido amigos de su marido. Los tres, la habían ayudado después, con dulces palabras y buenas intenciones. Los tres, tiempo más tarde, acabaron confesando desear ocupar el lugar que había pertenecido a su amigo. Y los tres, dijeron en algún momento la palabra “mía”. Y esa palabra, la hizo reaccionar, recordar vagamente y admitir estar ante un inminente peligro. Uno de ellos, de eso estaba totalmente segura, dejó sabiamente en el tintero la continuación de la frase para no delatarse, porque aunque los tres sabían que ella no recordaba nada del incidente, uno había tenido la precaución de ser, lógicamente, discreto.

Y en unas horas, esperaba que su plan funcionara: reunión de los tres y proclamación del vencedor de tan marchito y demente trofeo, tras tres respuestas acertadas a tres preguntas… y si en unos días no había dos muertes más, sabría que el vencedor había sido la elección más acertada. Porque de algo estaba segura, la vendetta llegaría por fin, y lo haría de su propia mano. Esa misma mano, que ya empezaba a doler.

Cuando llegaron, les fue imposible ocultar la desilusión y estupor, cuando oyeron el diálogo sobre sus intenciones, pero sin más demora, planteó la primera pregunta.
-¿Quién de vosotros mataría por mí?
Ninguno de ellos contestó. El hielo se posó en el salón, dejando un vacío en su alma (¿y en las suyas?) que la estremeció.

-¿Quién de vosotros se mataría por mí?
De nuevo el silencio se afianzó a la estancia como el veneno en las venas… y de nuevo, los tres se miraron entre ellos y a ella, con suma desesperación.

Y por último, mientras su frente se perlaba con gotas de sudor febril, planteó la última pregunta, sabiendo que su plan no estaba funcionando y que tal vez… tal vez, ninguno de ellos era el asesino de su esposo…
-¿Quién …?

No puede acabar la pregunta, no puede con la estúpida puesta en escena, no puede, porque un olor a miedo la paraliza, un destello la ciega, y las imágenes se suceden sin piedad…

Aquella noche, de nuevo, la había insultado y despreciado. De nuevo la había hecho sentir un pequeño insecto a punto de ser pisoteado y por fin, con todo el coraje que pudo acumular, le dijo que lo dejaba. Él la cogió del cuello para amenazarla y ella, con la desesperación que otorga el instinto de supervivencia, cogió lo primero que tuvo a mano y acribilló su cuerpo con el abrecartas mientras él decía antes de morir “mía o de nadie más”.

Derrotada calló al suelo, con un llanto estremecedor que disipó el imaginario hielo instalado minutos atrás, llenando ahora el escenario de dolor y fuego.


La irguieron dulcemente, la sentaron en la butaca y uno de ellos, ofuscado por el amor enfermizo que sentía por ella y sintiéndose el más merecedor de los tres, dijo rudamente: “no te preocupes, no me importa lo que hiciste, pero quiero que seas mía para siempre”. 

Un grito espeluznante salió de lo más hondo del alma de esa mujer, mientras aferraba unas tijeras y le quitaba la vida, de nuevo, a alguien que se creía con derecho de posesión.

8 comentarios:

  1. Parece que esas no son las palabras más adecuadas para conquistarla.
    Que bien escrita esta historia.

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    1. Gracias, Demi.
      Un placer que te haya gustado.

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  2. UF! Fuerte y tremenda historia. Ese mia y de nadie más da miedo. Muy buen texto Juji.
    Un abrazo.

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    1. ¡Hola, San! Un besazo enorme y encantada de que te haya gustado, aún siendo tremenda :)

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  3. Muy bueno. Tenía ganas de volver a probar el sabor de las letras y además de ello, han tenido un sabor exquisito, con una atmósfera perfecta y un cuento con varias sorpresas que estremecen.
    Un abrazo muy fuerte, amiga.

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    1. Ya te explicaré como surgió la historia :)
      Un placer verte por aquí y que siempre estés ahí.
      Besazo.

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  4. Wau!!! quina desició, quina força...Ufffff...
    A vegades es millor menjar-se la vendetta amb patates... per seguir vivint, mal que pesi una tonelada...
    Que bé que hagis tornat, és un gustàs llegir-te.
    3 petons

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    1. Sense paraules.... només puc dir: Gracies pel teu entusiasme.
      Una abraçada de les que fan mal :)

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