viernes, 18 de diciembre de 2015

Feliz Navidad



Seguir sonriendo y volver a ser niña... seguir soñando... ¡Te tengo, Vida!

martes, 13 de octubre de 2015

AUTUMNUS



Un momento de pausa. Escuchar atentamente o simplemente, fijarnos en pequeños detalles, en un gesto, una mirada. Un momento mágico donde se descubre mucho más allá de las apariencias y se constata con sorpresa que no todo es como creemos...

Nunca creí que perdería mi libertad tan salvajemente, nunca creí que sentiría con la intensidad de ahora, pero así ha sido y si alguien me preguntara como he llegado a esto, no podría más que decir: el amor me obligó a ello. Lo demás no importa, siempre y cuando mi sonrisa sea autentica, mi estado de ánimo sea el adecuado y sobre todo, siempre, cuando me refugie  entre mis sábanas al llegar la noche, sienta paz y crea que ha sido la elección adecuada. La libertad, ahora, en estos momentos de mi vida, se compone de la felicidad desconocida que supone dejar de ser libre, aunque elegido libremente. Y cuando me lo está explicando su mirada no pierde un ápice de brillo, bien por ella, que ha renunciado a mucho, para obtener mucho más.

Un café un cigarrillo, me transportan a otro lugar. El otoño adorado, dora mis recuerdos con placer. Y sigo con la narración, un momento de silencio que ofrece palabras casi nunca pronunciadas de profunda sinceridad…

Me comenta que cuando sale al escenario, su imagen es aquella que él quiere ofrecer: melena larga y alborotada, mirada de locura incontenida que acompaña a sus gestos violentos y escabrosos, música ensordecedora y todo aquello y más, que el público presupone que tiene que ofrecer el líder y el grupo heavy más salvaje… no ven, como él sonríe al pensar que tras los focos, hay un arqueólogo de corazón lleno de romanticismo, un hombre educado y culto, amable, sincero, e incluso con un pasado donde la religión estuvo a punto de hacerlo suyo para llevarlo por otros caminos, con otro tipo de atuendo y puesta en escena. La verdad, no me lo imagino en este último escenario y rio con ganas, agradeciendo sus confidencias y rogando mentalmente que me dedique una canción y jamás una oración. 

Me explica azorada, un hecho acontecido hace tan solo unos días, y yo, que sé que tiene un corazón de oro, que es educada y correcta, que perdona cuanto puede y que siempre regala sonrisas sinceras, me hace estar atentísima a sus palabras… en el entierro de su tía, aquella odiosa mujer que durante años intentó destrozar la vida de su madre y la de sus hermanos, y que su madurez ayudó a perdonar, cuando fue a visitarla a su ataúd, para ese último adiós que de nada sirve, surgió de lo más profundo de su ser un “¡bruja!” que la dejó sin aliento, desconcertada y asustada… en algún lugar de su mente, de nada había servido su perdón, sus buenas maneras y sus intentos de que sus pensamientos hacia ella hubiesen sido controlados.  Ganó la verdad. Y yo aplaudo sin remedio, mientras ella me mira consternada.

Soy su vecina, y cada día la veo más triste en el rellano. Al final me explica que sufre como nunca en su vida. Nunca había sentido tantas maléficas palabras salir de una boca y lo que es peor, todo lo acompaña con eructos, ventosidades y miradas a todas partes, menos a ella… que no puede más, que necesita buen rollo, y que cuando lo mire, no tener esa sensación de que se equivocó en su elección. Quiere devolverlo, pero la fecha de caducidad ha caducado. Cree que en Navidad tendrá un regalo nuevo. No sé cómo explicarle que por mucho que un juguete de garantías, cada día los hacen más sofisticados y complicados. Con seis años y un robot graciosillo no debe ser nada fácil seguir con tu infancia como si nada.

Historias simples y llanas, que aunque cueste creer, dicen mucho más de lo que parece… 

sábado, 5 de septiembre de 2015

Leyendas sin pasión




Verano, era un clasista y un tirano.
Primavera, era un sensiblero, afeminado y un soñador.
Otoño, era un nostálgico empedernido.
E Invierno, un egocéntrico cascarrabias.
Hace muchísimo tiempo,  se implantaron unas pautas climáticas que tras muchas luchas, ganaron estos cuatro. Se dividieron el  planeta. Aunque Invierno y Verano, en la batalla inicial, consiguieron más terreno para ellos… los cuatro se avinieron a la perfección… aunque entre ellos subsistía alguna que otra rivalidad oculta.

Verano, ya desde un principio, demostró que lo suyo era hacer sufrir a unos pocos. Demostraba un clasismo y una tiranía, a veces, completamente insoportable. Según de que medios contases, se hacía adorar u odiar con la misma intensidad. Pero ahí estaba siempre, para recordar a quien osara dudar de su amistad con el astro rey.

Primavera, era una dulzura. Todo le parecía bien. Los colores impregnaban su momento. A todo daba un sentido, un halo de belleza, de romanticismo… era tanto su empeño, que había empezado a sobrepasarse un poco creando incipientes alergias, pero a él le tenía sin cuidado, lo importante era demostrar que él era el mejor, el que mejor vestía al mundo y el que mejor lo dibujaba. Sí, era un poco sensiblero, pero casi todos lo admiraban.

Otoño, sin embargo, lo empapaba todo de nostalgia, de colores ocres y marrones, de suave y fría brisa, de hojas caídas que ayudaban a los escritores a encontrar inspiración. Se sentía siempre en perpetua melancolía y se dejaba mimar, con canciones de antaño, guisos caseros y pañuelos en el cuello, que prometían un reencuentro en casa, cálido y especial.

Invierno. Invierno, era terrible cuando se levantaba de mal humor, escupía, bufaba y lloraba continuamente. Era un cascarrabias de cuidado, a la menor provocación, causaba estragos. Tenía un humor tan cambiante, que a veces resultaba temible, aunque extrañamente, casi todo el mundo lo adoraba en un modo u otro.  


Así me lo contaron hace muchos años, cuando era niña y así se siguen narrando estos estados climáticos entre nosotros, aquellos que vivimos en un entorno maravilloso y acogedor de  perfecto hormigón, felices de nuestro entorno antiséptico y monocorde. Todos sabemos que son leyendas absurdas de los mayores, pero algunos, como yo, a veces nos preguntamos, si hay algo de verdad en esas fantasías… ¡Nah!

martes, 25 de agosto de 2015

Cambios




Tanta cebolla, me va a matar. 
Lloro cuando la corto e incluso, solo cuando la miro. 
Debería cambiar esa manía de poner cebolla a todo. Y dejar de llorar.

Voy a cambiarme al ajo, a ver si también cambia mi manera de llorar. 
Mi aliento se resentirá, pero mi mirada dejará de sangrar. 

jueves, 13 de agosto de 2015

Tormenta





Nunca supieron quien empezó, aunque tampoco, algunos de ellos, recuerdan muy bien, como acabó…

Siete amigos, una cala desierta, mucho alcohol y la adrenalina disparada… cuando despertaron entre vómitos comprobaron con terror, que el agua azul estaba teñida de rojo, la arena marrón era un manto blanco y grisáceo y el cielo… el cielo presagiaba tormenta.

Se conocían desde pequeños, eran vecinos y compañeros de juegos. Con casi los mismos intereses y sueños. Educados y con la justa sensibilidad para querer luchar, de mayores, contra las injusticias. Leían los mismos cómics y novelas, y jugaban a los mismos videojuegos. Eran siete amigos orgullosos de su amistad.

Esa noche, jactanciosos por cómo les había ido la vida y exultantes ante sus nuevos destinos, celebraban su partida a diferentes universidades, así que tal vez, durante un tiempo se distanciarían, pero creían poder con ello sin perder un ápice del compañerismo que sentían.

Al alba, los restos de comida, estaba esparcida por doquier, una gaviota se acercó sin sigilo, es más con su estridente graznido avisó a sus compañeras del festín que había encontrado. Y así, por algo tan inocente como la supervivencia de un ave carroñera, se desató la tragedia… no, nunca supieron quién de ellos despertó primero y empezó a tirar la primera botella que impactó rompiéndose en mil pedazos y matando a traición a una de ellas, tampoco supieron nunca que les sucedió, cómo llegaron a despertarse con ese instinto asesino sin control. Las botellas detonaban contra ellas sin tregua, uno de ellos,  para facilitar la labor, blandió el cuchillo con el que horas atrás habían untados inocentes rebanadas de pan y ahora se había convertido en objeto letal, y otros, las remataban retorciéndoles el cuello, allí donde el cuchillo no había logrado penetrar. Sus escasas ropas, sus caras, sus brazos, impregnados de sangre, alguna pluma cubría sus cabezas, el rumor era ensordecedor. Y las gaviotas, no paraban de llegar y ellos no cejaban en su empeño de asesinarlas a todas. O a casi todas. Era una visión dantesca.

La devastación. La violencia. En unos instantes, seres imberbes, educados, agradables y sin un precedente de violencia en sus vidas, se habían convertido en unos vulgares y violentos asesinos. Cayeron desfallecidos y cuando despertaron entre vómitos comprobaron con terror, que el agua azul estaba teñida de rojo, la arena marrón era un manto blanco y grisáceo y el cielo… el cielo presagiaba tormenta.

Lo recuerdo como si fuera ayer, aunque han pasado treinta y cinco años… siempre lo cuento a modo de relato de terror a mis nietos, que se entusiasman con esta narración como si fuera real, si ellos supieran… nunca más volví a ver a mis cuatro amigos. Desaparecimos el uno para el otro, después de aquella demostración de instintos desconocidos e impensables en nosotros.
Estudié la carrera de psiquiatría intentando averiguar que empuja a un ser humano a perderse en la violencia en el momento más inocente e inesperado, la respuesta está en mí desde entonces y ahora.
Nunca pude dejar de matar desde ese maravilloso crepúsculo. Llevaré mi secreto a la tumba, mi idílica familia nunca sabrá, mi entorno, mis  nuevos amigos, seguirán respetándome y mi nombre quedará inmaculado y recordado, generación tras generación. Aunque antes de que este final llegue, tengo cuatro ciudades que visitar… en ellas moran aquellos que saben la verdad.

Presagiaba tormenta… me quedé solo con los dos más valientes, con los que pude aunar fuerzas para limpiar un poco esa masacre. La cabeza me daba vueltas. Mis manos manchadas de sangre me estaban hablando en susurros, encontré el cuchillo entre el manto de cuerpos inertes y algo se desató en mí. En un abrir y cerrar de ojos, mis dos amigos yacían con los ojos abiertos ante mí, sin vida… la sensación de absoluta libertad y éxtasis que se desató en mis venas, me produjo un poder inexplicable. Borré todo indicio de mi acto. 
Horas más tarde mi avión tomó rumbo a una nueva vida…

domingo, 9 de agosto de 2015

Silencios






Y ahí lo tenía, enfrente de ella, ajeno a todo… y en silencio.
Había huido de él y de lo que representaba, durante más tiempo del que quería admitir, porque no solo fue el periodo en el que se fue de casa para liberarse por fin, sino, mucho antes.
No era un ser con el que se pudiera razonar, comunicar, o pedir un simple consejo, no se podía acceder a él, y no era por su complejidad, sino por su estúpida sencillez. Solo le importaban las apariencias, su trabajo y su dinero (parte del cual, escondía muchas veces para no tener que derrocharlo en cosas tan superfluas, como en un regalo para sus hijas).
Y ahí lo tenía ahora… exigiendo cuidados y atenciones, creyéndose merecedor por derecho.
Sus frases seguían siendo las mismas; sus creencias fingidas, las de siempre y su modo de demostrar  su extraño cariño, inmutable… así que todo seguía igual.
Cuando tomó la decisión de acogerlo para ofrecerle esos cuidados que necesitaba, creyó que tal vez, por fin, podría haber un acercamiento, un despertar de emociones, un acuerdo, o simplemente, un poco de gratitud o alegría, pero no fue así.
Muchas veces lo observaba, creyendo ver un brillo en su mirada, un guiño a un momento de ternura, un reconocimiento a la buena vida que ahora gozaba, un agradecimiento al cielo por su buena suerte… pero eran imaginaciones suyas… nada de eso existía ahora, como nunca existió antes.
Pero ahí estaba… y ella decidió que olvidaría, silenciaría sus pensamientos. Era inútil querer que los demás sean o sientan como uno desea y que, aunque fuera su padre… aunque fuera su padre y jamás hubiese demostrado ese cariño paternal, ella ejercería de hija y le otorgaría ese amor incondicional.

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Y ahí la tenía… atenta a todo, pero en un forzado silencio... agotada, con brillo en los ojos, al cual no sabía darle un sentido muy acertado, pero temía que fuera producido por lágrimas ocultas en la oscuridad.
Querría decirle tantas cosas, pero no sabía cómo hacerlo, no conocía muy bien las palabras que debía utilizar y además, cuando encontraba una adecuada, la olvidaba enseguida o si tenía la suerte de retenerla unos instantes más, no lograba encontrar el momento adecuado para expresarla, y los gestos… los gestos eran parcos y sin memoria, así que era inútil intentar abrazarla, cuando costaba tanto acoplar ahora algo tan simple, a tantos años de carencia afectiva.
Era consciente a veces, de no haber sido un padre atento a otras necesidades que no fueran  comer, vestir y estudiar, pero por aquel entonces, no podía permitirse arrumacos superfluos cuando tenía que dedicar su tiempo a trabajar y ofrecerle lo básico. Sí, escondía muchas veces el dinero, para no tener que gastarlo en cosas inútiles, pero lo guardaba porque nunca se sabía que podía pasar.
A veces, creía ver en ella destellos de desilusión, tristeza, sacrificada aceptación y dolor, y de nuevo, cuando intentaba explicarse, su mente se refugiaba en alguna parte, donde los sentimientos no dolían y donde se sentía seguro. Había cosas de este mundo que no entendía y una de ellas, era la complejidad de los sentimientos.

Ahora se sentía mimado y cuidado, y aunque ella no lo supiera, él se lo agradecía enormemente. Era consciente de su carácter agrio y de su egoísta comportamiento, pero… ahí estaba ella, con esa mirada, compleja e intensa, inaccesible a su mente simple y llana… pero antes de morir, intentaría ofrecerle un gesto o una mirada, donde ella encontrara la paz y entendiera, que, ante todo fue padre y después se dejó llevar, por la simpleza de su carácter, la imposición social y la simple y absurda rutina vital.

lunes, 5 de enero de 2015

Cosas de la Luna






Mi querido niño, mi creación… te miro y me das pena… abandonado y casi sin vida. Me recuerdas esos parajes desérticos donde solo se oye el viento y el siseo de tiempos mejores gravado y súbitamente borrado en el polvo.
Nunca quise atarme a ti, pero me exigías cada vez más y más, y me aterraste con tu constante demanda ficticia, llegando al punto de creerte siempre desnutrido y yo tu constante fuente de alimento. Absurdo, lo sé, pero real.    
Te he casi abandonado, sí… pero sigues conmigo, porque no puedo dejar de tenerte en mi vida, eres mi pequeña gran obra, mi pequeño gran logro… mi pequeño gran oasis de cuentos aún por finalizar.
Muchas veces, entro a visitarte a oscuras, en las noches sin luna, con la sola iluminación de una pequeña pantalla que te trae a mí, con más cariño que nunca… con más intimidad. Y te leo, te releo, pensando en que todas esas historias, sus comentarios, mis amigos, las risas y sorpresas regaladas y la vida inmensa tras una pantalla… te echo de menos, mi querido niño, mi creación… perdóname si puedes, y si no, olvida que te he arrinconado solo por un instante efímero y… por un bien mayor.










Mis queridos jueveros… mis queridos Juan Carlos, Natalia, Pepe, Alfredo, San, Matices; Rodolfo, Demiurgo, Gloria, Sergio Astorga… mi querida Mari Carmen Azcona, y mi querida y salerosa, Elena; mi querido Spaghetti, estimada Victoria…no os nombro a todos los que habéis estado pero todos seguís estando gravados con mil especiales letras… gracias y ¡feliz año a todos, feliz vida! 
Y… hasta ahora.