martes, 25 de agosto de 2015

Cambios




Tanta cebolla, me va a matar. 
Lloro cuando la corto e incluso, solo cuando la miro. 
Debería cambiar esa manía de poner cebolla a todo. Y dejar de llorar.

Voy a cambiarme al ajo, a ver si también cambia mi manera de llorar. 
Mi aliento se resentirá, pero mi mirada dejará de sangrar. 

jueves, 13 de agosto de 2015

Tormenta





Nunca supieron quien empezó, aunque tampoco, algunos de ellos, recuerdan muy bien, como acabó…

Siete amigos, una cala desierta, mucho alcohol y la adrenalina disparada… cuando despertaron entre vómitos comprobaron con terror, que el agua azul estaba teñida de rojo, la arena marrón era un manto blanco y grisáceo y el cielo… el cielo presagiaba tormenta.

Se conocían desde pequeños, eran vecinos y compañeros de juegos. Con casi los mismos intereses y sueños. Educados y con la justa sensibilidad para querer luchar, de mayores, contra las injusticias. Leían los mismos cómics y novelas, y jugaban a los mismos videojuegos. Eran siete amigos orgullosos de su amistad.

Esa noche, jactanciosos por cómo les había ido la vida y exultantes ante sus nuevos destinos, celebraban su partida a diferentes universidades, así que tal vez, durante un tiempo se distanciarían, pero creían poder con ello sin perder un ápice del compañerismo que sentían.

Al alba, los restos de comida, estaba esparcida por doquier, una gaviota se acercó sin sigilo, es más con su estridente graznido avisó a sus compañeras del festín que había encontrado. Y así, por algo tan inocente como la supervivencia de un ave carroñera, se desató la tragedia… no, nunca supieron quién de ellos despertó primero y empezó a tirar la primera botella que impactó rompiéndose en mil pedazos y matando a traición a una de ellas, tampoco supieron nunca que les sucedió, cómo llegaron a despertarse con ese instinto asesino sin control. Las botellas detonaban contra ellas sin tregua, uno de ellos,  para facilitar la labor, blandió el cuchillo con el que horas atrás habían untados inocentes rebanadas de pan y ahora se había convertido en objeto letal, y otros, las remataban retorciéndoles el cuello, allí donde el cuchillo no había logrado penetrar. Sus escasas ropas, sus caras, sus brazos, impregnados de sangre, alguna pluma cubría sus cabezas, el rumor era ensordecedor. Y las gaviotas, no paraban de llegar y ellos no cejaban en su empeño de asesinarlas a todas. O a casi todas. Era una visión dantesca.

La devastación. La violencia. En unos instantes, seres imberbes, educados, agradables y sin un precedente de violencia en sus vidas, se habían convertido en unos vulgares y violentos asesinos. Cayeron desfallecidos y cuando despertaron entre vómitos comprobaron con terror, que el agua azul estaba teñida de rojo, la arena marrón era un manto blanco y grisáceo y el cielo… el cielo presagiaba tormenta.

Lo recuerdo como si fuera ayer, aunque han pasado treinta y cinco años… siempre lo cuento a modo de relato de terror a mis nietos, que se entusiasman con esta narración como si fuera real, si ellos supieran… nunca más volví a ver a mis cuatro amigos. Desaparecimos el uno para el otro, después de aquella demostración de instintos desconocidos e impensables en nosotros.
Estudié la carrera de psiquiatría intentando averiguar que empuja a un ser humano a perderse en la violencia en el momento más inocente e inesperado, la respuesta está en mí desde entonces y ahora.
Nunca pude dejar de matar desde ese maravilloso crepúsculo. Llevaré mi secreto a la tumba, mi idílica familia nunca sabrá, mi entorno, mis  nuevos amigos, seguirán respetándome y mi nombre quedará inmaculado y recordado, generación tras generación. Aunque antes de que este final llegue, tengo cuatro ciudades que visitar… en ellas moran aquellos que saben la verdad.

Presagiaba tormenta… me quedé solo con los dos más valientes, con los que pude aunar fuerzas para limpiar un poco esa masacre. La cabeza me daba vueltas. Mis manos manchadas de sangre me estaban hablando en susurros, encontré el cuchillo entre el manto de cuerpos inertes y algo se desató en mí. En un abrir y cerrar de ojos, mis dos amigos yacían con los ojos abiertos ante mí, sin vida… la sensación de absoluta libertad y éxtasis que se desató en mis venas, me produjo un poder inexplicable. Borré todo indicio de mi acto. 
Horas más tarde mi avión tomó rumbo a una nueva vida…

domingo, 9 de agosto de 2015

Silencios






Y ahí lo tenía, enfrente de ella, ajeno a todo… y en silencio.
Había huido de él y de lo que representaba, durante más tiempo del que quería admitir, porque no solo fue el periodo en el que se fue de casa para liberarse por fin, sino, mucho antes.
No era un ser con el que se pudiera razonar, comunicar, o pedir un simple consejo, no se podía acceder a él, y no era por su complejidad, sino por su estúpida sencillez. Solo le importaban las apariencias, su trabajo y su dinero (parte del cual, escondía muchas veces para no tener que derrocharlo en cosas tan superfluas, como en un regalo para sus hijas).
Y ahí lo tenía ahora… exigiendo cuidados y atenciones, creyéndose merecedor por derecho.
Sus frases seguían siendo las mismas; sus creencias fingidas, las de siempre y su modo de demostrar  su extraño cariño, inmutable… así que todo seguía igual.
Cuando tomó la decisión de acogerlo para ofrecerle esos cuidados que necesitaba, creyó que tal vez, por fin, podría haber un acercamiento, un despertar de emociones, un acuerdo, o simplemente, un poco de gratitud o alegría, pero no fue así.
Muchas veces lo observaba, creyendo ver un brillo en su mirada, un guiño a un momento de ternura, un reconocimiento a la buena vida que ahora gozaba, un agradecimiento al cielo por su buena suerte… pero eran imaginaciones suyas… nada de eso existía ahora, como nunca existió antes.
Pero ahí estaba… y ella decidió que olvidaría, silenciaría sus pensamientos. Era inútil querer que los demás sean o sientan como uno desea y que, aunque fuera su padre… aunque fuera su padre y jamás hubiese demostrado ese cariño paternal, ella ejercería de hija y le otorgaría ese amor incondicional.

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Y ahí la tenía… atenta a todo, pero en un forzado silencio... agotada, con brillo en los ojos, al cual no sabía darle un sentido muy acertado, pero temía que fuera producido por lágrimas ocultas en la oscuridad.
Querría decirle tantas cosas, pero no sabía cómo hacerlo, no conocía muy bien las palabras que debía utilizar y además, cuando encontraba una adecuada, la olvidaba enseguida o si tenía la suerte de retenerla unos instantes más, no lograba encontrar el momento adecuado para expresarla, y los gestos… los gestos eran parcos y sin memoria, así que era inútil intentar abrazarla, cuando costaba tanto acoplar ahora algo tan simple, a tantos años de carencia afectiva.
Era consciente a veces, de no haber sido un padre atento a otras necesidades que no fueran  comer, vestir y estudiar, pero por aquel entonces, no podía permitirse arrumacos superfluos cuando tenía que dedicar su tiempo a trabajar y ofrecerle lo básico. Sí, escondía muchas veces el dinero, para no tener que gastarlo en cosas inútiles, pero lo guardaba porque nunca se sabía que podía pasar.
A veces, creía ver en ella destellos de desilusión, tristeza, sacrificada aceptación y dolor, y de nuevo, cuando intentaba explicarse, su mente se refugiaba en alguna parte, donde los sentimientos no dolían y donde se sentía seguro. Había cosas de este mundo que no entendía y una de ellas, era la complejidad de los sentimientos.

Ahora se sentía mimado y cuidado, y aunque ella no lo supiera, él se lo agradecía enormemente. Era consciente de su carácter agrio y de su egoísta comportamiento, pero… ahí estaba ella, con esa mirada, compleja e intensa, inaccesible a su mente simple y llana… pero antes de morir, intentaría ofrecerle un gesto o una mirada, donde ella encontrara la paz y entendiera, que, ante todo fue padre y después se dejó llevar, por la simpleza de su carácter, la imposición social y la simple y absurda rutina vital.