domingo, 9 de agosto de 2015

Silencios






Y ahí lo tenía, enfrente de ella, ajeno a todo… y en silencio.
Había huido de él y de lo que representaba, durante más tiempo del que quería admitir, porque no solo fue el periodo en el que se fue de casa para liberarse por fin, sino, mucho antes.
No era un ser con el que se pudiera razonar, comunicar, o pedir un simple consejo, no se podía acceder a él, y no era por su complejidad, sino por su estúpida sencillez. Solo le importaban las apariencias, su trabajo y su dinero (parte del cual, escondía muchas veces para no tener que derrocharlo en cosas tan superfluas, como en un regalo para sus hijas).
Y ahí lo tenía ahora… exigiendo cuidados y atenciones, creyéndose merecedor por derecho.
Sus frases seguían siendo las mismas; sus creencias fingidas, las de siempre y su modo de demostrar  su extraño cariño, inmutable… así que todo seguía igual.
Cuando tomó la decisión de acogerlo para ofrecerle esos cuidados que necesitaba, creyó que tal vez, por fin, podría haber un acercamiento, un despertar de emociones, un acuerdo, o simplemente, un poco de gratitud o alegría, pero no fue así.
Muchas veces lo observaba, creyendo ver un brillo en su mirada, un guiño a un momento de ternura, un reconocimiento a la buena vida que ahora gozaba, un agradecimiento al cielo por su buena suerte… pero eran imaginaciones suyas… nada de eso existía ahora, como nunca existió antes.
Pero ahí estaba… y ella decidió que olvidaría, silenciaría sus pensamientos. Era inútil querer que los demás sean o sientan como uno desea y que, aunque fuera su padre… aunque fuera su padre y jamás hubiese demostrado ese cariño paternal, ella ejercería de hija y le otorgaría ese amor incondicional.

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Y ahí la tenía… atenta a todo, pero en un forzado silencio... agotada, con brillo en los ojos, al cual no sabía darle un sentido muy acertado, pero temía que fuera producido por lágrimas ocultas en la oscuridad.
Querría decirle tantas cosas, pero no sabía cómo hacerlo, no conocía muy bien las palabras que debía utilizar y además, cuando encontraba una adecuada, la olvidaba enseguida o si tenía la suerte de retenerla unos instantes más, no lograba encontrar el momento adecuado para expresarla, y los gestos… los gestos eran parcos y sin memoria, así que era inútil intentar abrazarla, cuando costaba tanto acoplar ahora algo tan simple, a tantos años de carencia afectiva.
Era consciente a veces, de no haber sido un padre atento a otras necesidades que no fueran  comer, vestir y estudiar, pero por aquel entonces, no podía permitirse arrumacos superfluos cuando tenía que dedicar su tiempo a trabajar y ofrecerle lo básico. Sí, escondía muchas veces el dinero, para no tener que gastarlo en cosas inútiles, pero lo guardaba porque nunca se sabía que podía pasar.
A veces, creía ver en ella destellos de desilusión, tristeza, sacrificada aceptación y dolor, y de nuevo, cuando intentaba explicarse, su mente se refugiaba en alguna parte, donde los sentimientos no dolían y donde se sentía seguro. Había cosas de este mundo que no entendía y una de ellas, era la complejidad de los sentimientos.

Ahora se sentía mimado y cuidado, y aunque ella no lo supiera, él se lo agradecía enormemente. Era consciente de su carácter agrio y de su egoísta comportamiento, pero… ahí estaba ella, con esa mirada, compleja e intensa, inaccesible a su mente simple y llana… pero antes de morir, intentaría ofrecerle un gesto o una mirada, donde ella encontrara la paz y entendiera, que, ante todo fue padre y después se dejó llevar, por la simpleza de su carácter, la imposición social y la simple y absurda rutina vital.

6 comentarios:

  1. me ha gustado mucho tu entrada, las relaciones de un padre" sencillo" más bien egoísta y distante con su hija, los dos puntos de ver el mismo tema
    en fin que no deberías distanciar tanto tus entradas, por que son preciosas

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  2. Interesante mostrar ambos puntos de vista, lo que revela cierta incomunicación entre los dos. Pero es más defendible el de la hija.
    El padre insiste en considerar superfluos a los arrumacos, que son gratuitos, que tanto habría agradecido su hija. Y es un error no mostrarle el agradecimiento, esperando un momento final para intentar demostrarlo.

    Bien escrito.
    Un abrazo.

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  3. Has logrado encontrar un eslabón imperceptible que comunica unos sentimientos cuya comunicación es tan complicada como cuentas.
    Ojalá ese eslabón llegue a ser perceptible.
    Besos.

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