jueves, 13 de agosto de 2015

Tormenta





Nunca supieron quien empezó, aunque tampoco, algunos de ellos, recuerdan muy bien, como acabó…

Siete amigos, una cala desierta, mucho alcohol y la adrenalina disparada… cuando despertaron entre vómitos comprobaron con terror, que el agua azul estaba teñida de rojo, la arena marrón era un manto blanco y grisáceo y el cielo… el cielo presagiaba tormenta.

Se conocían desde pequeños, eran vecinos y compañeros de juegos. Con casi los mismos intereses y sueños. Educados y con la justa sensibilidad para querer luchar, de mayores, contra las injusticias. Leían los mismos cómics y novelas, y jugaban a los mismos videojuegos. Eran siete amigos orgullosos de su amistad.

Esa noche, jactanciosos por cómo les había ido la vida y exultantes ante sus nuevos destinos, celebraban su partida a diferentes universidades, así que tal vez, durante un tiempo se distanciarían, pero creían poder con ello sin perder un ápice del compañerismo que sentían.

Al alba, los restos de comida, estaba esparcida por doquier, una gaviota se acercó sin sigilo, es más con su estridente graznido avisó a sus compañeras del festín que había encontrado. Y así, por algo tan inocente como la supervivencia de un ave carroñera, se desató la tragedia… no, nunca supieron quién de ellos despertó primero y empezó a tirar la primera botella que impactó rompiéndose en mil pedazos y matando a traición a una de ellas, tampoco supieron nunca que les sucedió, cómo llegaron a despertarse con ese instinto asesino sin control. Las botellas detonaban contra ellas sin tregua, uno de ellos,  para facilitar la labor, blandió el cuchillo con el que horas atrás habían untados inocentes rebanadas de pan y ahora se había convertido en objeto letal, y otros, las remataban retorciéndoles el cuello, allí donde el cuchillo no había logrado penetrar. Sus escasas ropas, sus caras, sus brazos, impregnados de sangre, alguna pluma cubría sus cabezas, el rumor era ensordecedor. Y las gaviotas, no paraban de llegar y ellos no cejaban en su empeño de asesinarlas a todas. O a casi todas. Era una visión dantesca.

La devastación. La violencia. En unos instantes, seres imberbes, educados, agradables y sin un precedente de violencia en sus vidas, se habían convertido en unos vulgares y violentos asesinos. Cayeron desfallecidos y cuando despertaron entre vómitos comprobaron con terror, que el agua azul estaba teñida de rojo, la arena marrón era un manto blanco y grisáceo y el cielo… el cielo presagiaba tormenta.

Lo recuerdo como si fuera ayer, aunque han pasado treinta y cinco años… siempre lo cuento a modo de relato de terror a mis nietos, que se entusiasman con esta narración como si fuera real, si ellos supieran… nunca más volví a ver a mis cuatro amigos. Desaparecimos el uno para el otro, después de aquella demostración de instintos desconocidos e impensables en nosotros.
Estudié la carrera de psiquiatría intentando averiguar que empuja a un ser humano a perderse en la violencia en el momento más inocente e inesperado, la respuesta está en mí desde entonces y ahora.
Nunca pude dejar de matar desde ese maravilloso crepúsculo. Llevaré mi secreto a la tumba, mi idílica familia nunca sabrá, mi entorno, mis  nuevos amigos, seguirán respetándome y mi nombre quedará inmaculado y recordado, generación tras generación. Aunque antes de que este final llegue, tengo cuatro ciudades que visitar… en ellas moran aquellos que saben la verdad.

Presagiaba tormenta… me quedé solo con los dos más valientes, con los que pude aunar fuerzas para limpiar un poco esa masacre. La cabeza me daba vueltas. Mis manos manchadas de sangre me estaban hablando en susurros, encontré el cuchillo entre el manto de cuerpos inertes y algo se desató en mí. En un abrir y cerrar de ojos, mis dos amigos yacían con los ojos abiertos ante mí, sin vida… la sensación de absoluta libertad y éxtasis que se desató en mis venas, me produjo un poder inexplicable. Borré todo indicio de mi acto. 
Horas más tarde mi avión tomó rumbo a una nueva vida…

2 comentarios:

  1. No está claro cuanto hay de verdad en lo que cuenta el narrador personaje, parece capaz de mentir hasta en su rol de narrador personaje.
    Pero da la sensación de que las llegadas de las gaviotas desencadenó la violencia, como si fuera una enfermedad contagiosa. ¿Y que tal si fue así? ¿Que tal si el protagonista aún tiene esa enfermedad de la violencia?
    Saludos.

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  2. La tiene... la tiene. Esa "enfermedad" es parte de su ser.
    Saludos.

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