martes, 13 de octubre de 2015

AUTUMNUS



Un momento de pausa. Escuchar atentamente o simplemente, fijarnos en pequeños detalles, en un gesto, una mirada. Un momento mágico donde se descubre mucho más allá de las apariencias y se constata con sorpresa que no todo es como creemos...

Nunca creí que perdería mi libertad tan salvajemente, nunca creí que sentiría con la intensidad de ahora, pero así ha sido y si alguien me preguntara como he llegado a esto, no podría más que decir: el amor me obligó a ello. Lo demás no importa, siempre y cuando mi sonrisa sea autentica, mi estado de ánimo sea el adecuado y sobre todo, siempre, cuando me refugie  entre mis sábanas al llegar la noche, sienta paz y crea que ha sido la elección adecuada. La libertad, ahora, en estos momentos de mi vida, se compone de la felicidad desconocida que supone dejar de ser libre, aunque elegido libremente. Y cuando me lo está explicando su mirada no pierde un ápice de brillo, bien por ella, que ha renunciado a mucho, para obtener mucho más.

Un café un cigarrillo, me transportan a otro lugar. El otoño adorado, dora mis recuerdos con placer. Y sigo con la narración, un momento de silencio que ofrece palabras casi nunca pronunciadas de profunda sinceridad…

Me comenta que cuando sale al escenario, su imagen es aquella que él quiere ofrecer: melena larga y alborotada, mirada de locura incontenida que acompaña a sus gestos violentos y escabrosos, música ensordecedora y todo aquello y más, que el público presupone que tiene que ofrecer el líder y el grupo heavy más salvaje… no ven, como él sonríe al pensar que tras los focos, hay un arqueólogo de corazón lleno de romanticismo, un hombre educado y culto, amable, sincero, e incluso con un pasado donde la religión estuvo a punto de hacerlo suyo para llevarlo por otros caminos, con otro tipo de atuendo y puesta en escena. La verdad, no me lo imagino en este último escenario y rio con ganas, agradeciendo sus confidencias y rogando mentalmente que me dedique una canción y jamás una oración. 

Me explica azorada, un hecho acontecido hace tan solo unos días, y yo, que sé que tiene un corazón de oro, que es educada y correcta, que perdona cuanto puede y que siempre regala sonrisas sinceras, me hace estar atentísima a sus palabras… en el entierro de su tía, aquella odiosa mujer que durante años intentó destrozar la vida de su madre y la de sus hermanos, y que su madurez ayudó a perdonar, cuando fue a visitarla a su ataúd, para ese último adiós que de nada sirve, surgió de lo más profundo de su ser un “¡bruja!” que la dejó sin aliento, desconcertada y asustada… en algún lugar de su mente, de nada había servido su perdón, sus buenas maneras y sus intentos de que sus pensamientos hacia ella hubiesen sido controlados.  Ganó la verdad. Y yo aplaudo sin remedio, mientras ella me mira consternada.

Soy su vecina, y cada día la veo más triste en el rellano. Al final me explica que sufre como nunca en su vida. Nunca había sentido tantas maléficas palabras salir de una boca y lo que es peor, todo lo acompaña con eructos, ventosidades y miradas a todas partes, menos a ella… que no puede más, que necesita buen rollo, y que cuando lo mire, no tener esa sensación de que se equivocó en su elección. Quiere devolverlo, pero la fecha de caducidad ha caducado. Cree que en Navidad tendrá un regalo nuevo. No sé cómo explicarle que por mucho que un juguete de garantías, cada día los hacen más sofisticados y complicados. Con seis años y un robot graciosillo no debe ser nada fácil seguir con tu infancia como si nada.

Historias simples y llanas, que aunque cueste creer, dicen mucho más de lo que parece… 

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