jueves, 23 de febrero de 2017

Tiempo






 ¡Cincuenta años! Los miraba de reojo y solo apreciaba su ancianidad, ¿qué otra cosa era una persona de esa edad, sino alguien a punto de estirar la pata? Tenía muy claro que cuando llegara a esa edad, desaparecería del mapa. No iba a dejarse engañar por esas frases hechas donde se ensalzaba la madurez tardía o la vejez plena de juventud. Pensar en pensiones y achaques, le producía desazones. No obstante era aún tan joven, que pensar es algo así, era una pérdida de tiempo.
Tiempo.
Y llegó esa fecha, donde faltaban días, para poner un cincuenta encima de una tarta bien blandita. ¡Era tan gratificante haber llegado a esa edad, en la que creía hace tan solo unos años (¿siglos?), que todo era feo, decrepito y absurdo, y sentirse tan bien!

El único problemilla, se lo daba su cerebro. Se lo estrujaba para llegar a saber si lo soñado lo había vivido, o lo vivido, soñado. Y la rodilla derecha, que le crujía a cada paso que daba, o la espalda que… en fin, que se sentía tan joven como hacía unos años (¿siglos?).