sábado, 3 de marzo de 2018

Viaje




No es un escrito para contar alguna historia creada por mi imaginación, es tan solo un cúmulo de reflexiones sobre un viaje, que ni tan siquiera fue iniciático, así que, si no quieres perderte en sandeces de la mente humana, no sigas leyendo, porque, en serio, créeme, no vale la pena.

Cogí un tren de media distancia, después de casi cinco años, increíble pero cierto, para dirigirme a pasar el día en una ciudad inmensa y preciosa pero que me aturde cada vez más. Así que no hacía ni diez minutos que estaba en ese raudo artefacto a merced de la velocidad no gestionada por mis manos, cuando empecé a divagar. En lo primero que pensé después de tanto tiempo, no era en el inicio del viaje en sí mismo o en su desarrollo, sino en la fealdad de los edificios que siempre encuentras antes de llegar a una estación, es algo que me hace pensar en la majadería del ser humano y su estupenda sensibilidad como en algo realmente digno de eliminar del ADN de una vez por todas. No es posible, que la alegría que sientes de emprender un pequeño o gran viaje, se vea empañado con tanta monstruosidad edilicia.

Cuando llegué a mi destino, la marea humana me dejó sin aliento. Realmente habían pasado mucho tiempo, demasiado… me sentí tan fuera de lugar como una araña en un pastel de nata. Me dejé llevar, ¿qué otra cosa podía hacer? Además, tenía que salir de ese túnel lo antes posible, o habría empezado a gritar como una remilgada campesina de hace tres siglos en un museo de arte moderno contemporáneo.

Logré mi objetivo, con una serenidad (que no sentía) y una desenvoltura (que tampoco sentía) que habría engañado al más cosmopolita del planeta (de hecho, creo que los engañé).

Allí fuera, por fin, me estaba esperando la persona con quien había decidido pasar ese día tan especial. El frío, el viento, la marea de gente y la contaminación acústica, hicieron imposible mantener una conversación relajada, así que decidimos posponerlo para la hora de la comida y dedicarnos a pasear… pasear para mi significa ir a comprar a la tienda del pueblo y volver a casa, todo esto me lleva como unos diez minutos de media, o salir a comprar tabaco, que sí, lo habéis adivinado (si alguien me está leyendo, que lo dudo) también me lleva unos diez minutos.

¿Y por qué escribo sobre algo tan banal? Pues porque me he convertido en alguien que nunca pensé que llegaría a ser: una mujer timorata, de mediana edad, a la que pensar eso de “como está mundo” no hacía más que martillear mi cabeza… pero, no me aflijo, ahora que soy consciente de mi pequeñez de miras por haberme oxidado en tanta zona de confort, voy a volver a convertirme de nuevo en una veinteañera alocada e insensata.

Lo juro, por este sol que me alumbra y estas nubes que insisten en taparlo.

2 comentarios:

  1. La falta de costumbre nos intimida siempre aunque nos esforcemos en ocultar nuestra incomodidad, sumado a eso lo rápido que se dan los cambios (para bien como para mal) en este mundo de tecnología superveloz. Pero la apertura mental para enfrentar las nuevas situaciones marca la diferencia y por allí está la forma de ir superando el shock inicial que nos acobarda. La juventud no vuelve, eso es una realidad, pero intentar sostener el alto el espiritu que nos impulsaba por esas épocas siempre es válido.
    Un abrazo

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