domingo, 15 de abril de 2018

Cordura







Si tu estado de ánimo es una basura, inútil intentar animarte; cuando no se puede, no se puede. Eso es lo que me decía mi gato de cerámica desde la repisa de esa chimenea que nunca encendí porque temía que el cadáver que tenía en su conducto, al final cayera con un estrépito de huesos y ropa maloliente y me diera un susto de muerte (toda chimenea que se precie, cadáver que contiene, como es sabido). Llegué a creer que había algún tipo de gas toxico y alucinógeno subterráneo que me hacía oír voces (como las de ese gato aguafiestas) y que me hacía pensar y actuar en un modo nada coherente, desde luego, esa podría haber sido la única explicación plausible ante tanto desvarío, pero no, es una estupidez. Cuando llegué a esta casa en medio de la nada para superar mi reciente viudez, yo era una persona cabal, creo, pero ahora me he convertido en un despojo humano. Me dice mi perro de terracota, el que está bajo la lámpara (que es el más simpático de los que me dan consejos en la casa) que es solo el dolor de la pérdida y la soledad; me gustaría creerlo, en serio… el otro día vi un cervatillo mientras tomaba el café en el porche y me quedé allí plantada con la taza en la mano esperando oír que consejo me daría, pero se me enfrió el café sin obtener ninguno, tal vez solo me hablen los objetos inanimados (aunque la verdad, es que están más animados que yo).
En fin, debería poner fin a esta estupidez y empezar a preparar la comida, porque la verdad es que no creo que me ayude en nada poner por escrito mis intrascendentes cosillas, cuando la sabiduría de mi sartén puede aportarme una estabilidad y un punto de vista siempre diferente (es una resabida, lo sé, pero nadie como ella para esclarecer mis pensamientos).

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