viernes, 9 de noviembre de 2018

Dudas







Tuve que cerrar la estancia donde me encontraba, porque el día había llegado a su fin. Cuando apagué las luces y me envolvió la oscuridad, decenas de imágenes se colaron en mi cerebro como un virus en plena reproducción. Todas espeluznantes. Asesinos en serie, zombis, vampiros, hombres lobo… todos estaban ahí, para cobrarse a una víctima, pero esos seres no me aterraron tanto, como los espectros que querían acercase a mí para hablar conmigo de su situación, reírse de mi terror o simplemente para que, con solo imponer su presencia, yo cayera fulminada por un ataque al corazón y llevarme con ellos. Del interruptor de la luz hasta la puerta, hay como 20 metros. Sabía que, en un momento u otro, algo o alguien me aferraría por un brazo o por el cuello, me mordería, me destriparía, me abduciría o me rozaría sutilmente o brutalmente. Todas las posibilidades eran válidas y factibles, os lo aseguro. Y mi corazón, a punto de estallar, me avisó de que algo no iba bien, porque me quedé paralizada sin poder hacer nada más que sentir como se derretía mi voz en la garganta, como mis articulaciones se negaban a obedecer el instinto básico de supervivencia sacándome de allí y como mi vista, aun teniendo los ojos cerrados, me hacía ver aquello que no debería existir.

¿Cómo llegué hasta la puerta de salida indemne, librándome de ese micro mundo aterrador? No lo sé. De hecho, no recuerdo absolutamente nada del final de esta historia, tan solo el inicio.
Así que, me asalta una temible duda… ¿sigo viva? Y si así fuera, ¿por qué tengo esta sensación de ser etérea?, ¿por qué siguen sangrando unas heridas irreconocibles en mi cuerpo y, sin embargo, paradójicamente, la misma sangre las cauteriza y vuelta a empezar? y ¿por qué mientras escribo esto, no veo mi reflejo en la pantalla del ordenador? ... 

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